El ánimo del insomne

Esto, en la noche de insomnio, queda constancia… El sueño es aquel ruiseñor que halaga con las mejores historias en un mundo como el de los niños, donde no existe nada real, donde la responsabilidad sobre los actos es nula y donde los límites de lo posible carecen de las restricciones de las leyes físicas siendo las leyes de la imaginación. Es la imagen fiel en el espejo de la cobardía que anhela realizar mil y no consigue ni diez. No se confunda con la sana fantasía del que planea, busca enérgicamente, yerra pero repara sobre la marcha para triunfar. No, es el sueño de lo irreal y de lo imposible. La disonancia entre los entes de los mundos de las ideas y los de la realidad tangible, sensible y cruda.

De los creadores del ‘correr es de cobardes’ llega la producción de ‘los sueños de los cobardes’. Éstos, los más grandilocuentes como apartados del individuo que los reproduce en su mente, que en su privacidad es más que un mago, y hace y deshace a su antojo. Reconoce la precariedad de su existencia, que no sus dudas, sino, y sólo, el escaso píe sobre el sueño firme que tiene. Otros gustan de navegar y aventurarse por las aguas, donde como arenas movedizas, son traicioneras, inseguras, y dependen en su manejo de la maña y habilidad. Para los más, el aire, que recoge en Ícaro el sueño de todo hombre de alcanzar el sol, volar… El problema de los cobardes es que ni en tierra desean estar. Ni la seguridad del terreno les exime de la duda, de poner encontrar hasta el más nimio de los obstáculos que les proporcione todo un cuadro de objeciones sobre las cuáles escoger la retirada técnica.

Los forzudos de la antigua Esparta, rudos, tanto que han dejado en herencia el mismo calificativo de espartano como la ausencia de lujos accesorios, de rudimentarias condiciones y obtusas, o físicamente exigentes, lances. Ellos que no se detenían ni ante las tropas de Jerges aun conscientes de su inferioridad numérica, presentaban también la ausencia de los sueños con su anclaje a la parte más terrena de la vida. Una que dedicaban a unos valores más que a ellos mismos. Que vertían sus esfuerzos en demostrar el coraje por su comunidad a la que debía rendir todos los honores. Despreciaban lo inteligente del comercio, el trabajo o la cultura por el don a recibir a través del sacrificio constante y una férrea actitud ante la vida.

Se trata de un ejemplo extremo, inimitable en los tiempos que corren, que rasuraría todas las ideas bondadosas de la vida como un cuento de hadas, feliz y sin problemas. Ahogada en las miserias de deshojar las margaritas o de echar un currículum. Ellos, cuyas miserias conformaban hasta el pan de cada día, que entrenaban día, y hasta noche, a base de rasguños y moratones, apreciaban la brisa de primavera como un placer, un rato libre, al sol, tumbado, de relajación, como una bendición. Pero un día improductivo como una maldición, una falta a los valores y una mordida al amor propio en su lucha constante por mejorarse a sí mismo.

Es el ánimo en un día de insomnio donde el insomne busca la consolación en la historia de los grandes hombres. Busca reconfortarse en la crítica al sueño. Busca encontrar un motivo en la resistencia ante el ocaso del día para darle continuidad a otro. Y busca un soporte al frío cansancio que incapaz de redimir deberá, insomne, cargar en su totalidad.

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