El fantasma de la desregulación

Pánico, miedo e indignación son las reacciones más comunes ante las consignas anti-regulatorias dentro de la política que suponen las doctrinas, así llamadas, neoliberales. Ciertamente, parto de la base, primero, de que los neoliberales no existen, son simplemente, los autoproclamados liberales de la actualidad -después de la 2ª guerra mundial-. Pese a la imprecisión del término, así como su uso indiscriminado, prefiero, por mor de la precisión y el entendimiento, comentar algo sobre ese fantasma llamado desregulación, habitualmente vertido sobre los mercados, con especial inquina al financiero.

Como sabemos, todas las actividades, civiles y económicas, como sociales, e incluso, las no civiles, militares, son reguladas, es decir, se atienen a leyes, normas, reglamentos, del estado. De esta manera el ordenamiento jurídico prácticamente cubre todos los huecos posibles con fin de que siempre, todo acto, suscriba una norma que evite la arbitrariedad o favorezca el pavor de quedar al aire libre convertida en acto de libertinaje. La costumbre tiene un uso ínfimo en el actual ordenamiento jurídico y, así pues, el legislador posee el peso, como la autoridad y responsabilidad, de hacer lo inherente a él, poner las normas del orden. Con esto, existen ciertas doctrinas, liberales principalmente, que animan a la desregulación, a quitar paja, maraña y malas hierbas del entramado de leyes y normas de todo tipo que inciden sobre la actividad comercial en especial. Esto, independiente de su componente utilitario -es decir, si sirve o no a la sociedad- implica una interesante crítica por parte de otros sectores a modo de teoría. La réplica es casi nominalista pero revela un error clásico de los liberales: ellos no quieren desregular sino regular de otro modo, es decir, o con más concreción, regular de modo más favorable al respeto total a los derechos de propiedad -en el sentido anglosajón del término-.

¿Qué diferencia hay entre llamarlo de una u otra forma?

La desregulación cuando en el fondo se quiere decir proteger los derechos de propiedad implica, o presupone, que en ausencia de ley la propiedad privada prevalece como derecho natural, consustancial al ser humano. Regular a favor de la disposición, disfrute y usufructo de la propiedad por sus propietarios, sin embargo, constituye la forma correcta de denominarlo cuando no se presupone ningún derecho natural y, aún más, estando en la sociedad que estamos donde el protector, valedor y creador de todos los derechos es el Estado, sería la más correcta puesto que, innegablemente, aquí, todas las instituciones parten de él.

Esto ha dado a confusiones teóricas importantes que se trasladan a la práctica con inefable perversidad sin duda. Es habitual decir que la desregulación financiera de la época de Reagan y Thatcher fue la culpable de la crisis, de la tiranía del endeudamiento masivo como del empoderamiento en la vida social de este colectivo poco querido, el sector financiero. El caso es que depende de la visión de los desarrollos lógicos de los derechos de propiedad que tengamos podríamos llamarlo o no desregulación a las políticas en este ámbito de estos dos famosos e históricos políticos. Si admitimos por cierta la teoría de Huerta de Soto del 100% de coeficiente de caja en los depósitos, rápidamente comprenderemos que no fue una desregulación sino una regulación a favor de unos intereses. Si, en cambio, comprendemos que el respeto de los derechos de propiedad en el sector financiero exigiría otro tipo de modus operandi, como el de los economistas austríacos o los de la Escuela de Chicago, entonces tampoco hubiera sido una desregulación con justicia. Es más, por últimas, parece imposible, se hubiere hecho lo que se hubiere hecho, hablar de desregulación estando bajo un estado.

Quizás por estos motivos me veo como un escéptico de la desregulación. En primer lugar porque no soy creyente de los derechos naturales ya que los considero metafísica pura y dura; son derechos que no se explican, sino que se dan por hechos bajo unos determinados axiomas, ellos mismos, inexplicables. En segundo lugar, estando todas las instituciones dependiente del estado, es obvio que, sin duda, la misma regulación en favor del libre uso de la propiedad, estaría garantizada por el mismo estado; lo que no dejaría, pues, de ser una regulación ad hoc, no la ausencia de la misma. Quizás en un tercer lugar añadiría un conato pragmático para el discurso: como todo el mundo tiene una teoría distinta de los derechos de propiedad, sin consenso realmente, para evitar confusiones de lo que se pretende conseguir, lo más óptimo sería explicitar claramente las intenciones de las política más que aludir a la “retirada de la política” –des-. De esta forma los prejuicios sobre esto fueran más contenidos, por lo menos por la información sobre los efectos de las políticas de manera que la ilusión del descontrol, la sombra del libertinaje o los derechos regios sobre determinados sectores como cree la opinión pública, se transformaran en una noción de orden como otro cualquiera, pero con su peculiaridad, bien explicado, para qué y por qué.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Economía, Opinión. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s