El conocimiento positivo y negativo

Una guía fundamental es la que acompaña a la libertad, la que posiciona como verdad la creencia sobre el libre albedrío, y esa guía no puede ser más que las normas que uno se dé a sí mismo.

¿Por qué la ciencia no puede responder al libre albedrío y, como mucho, puede negarlo o apartarlo como mera ilusión?

Básicamente porque el método científico presupone el determinismo: intenta conseguir regularidades en los hechos sobre los que formular hipótesis, después comprobarlas, y así terminar en teorías completas donde todo se enlaza por la causalidad. De esta forma, lo indeterminable es imposible de descubrir. La ciencia ‘positiva’ (no confundir con positivista) se centra en la experiencia y las hipótesis son producto, apriori, pero bajo el velo de la inconmensurabilidad -esto siguiendo al positivismo- del relativismo axiológico. Es decir, los valores, los axiomas primeros, de todo desarrollo lógico ulterior de donde se deduce e induce, son dados no por la misma lógica ni el lenguaje matemático sino por algo fuera de todo cuantitivismo o logicismo. El libre albedrío, empero, es una categoría negativa, no positiva, porque se descubre -o puede descubrir- por omisión por lo ‘no determinable’, o por los huecos que dejan los márgenes de confianza que ya pueden ser del 99% en ciertas correlaciones, pero no del 100%. Antes bien, unas de las premisas básicas para negarlo es que, si bien ahora no somos capaces de la determinación absoluta de todo, nadie podría negar que, de seguir avanzando, sí fuera posible; o que, por lo menos, no cabe razón con la que presuponer áreas de indeterminismo, o de azar, sino que, es más cuerdo pensar en que todo tiene sus leyes que lo gobiernan. Siguiendo esto, el método científico, si bien parte de hipótesis formuladas con axiomas inconmensurables, los enunciados si son verificables o falsables probabilísticamente, de forma aproximativa, contrastándolos unos con otros en la experiencia, lo ‘positivo’. Así, este método conseguiría la neutralidad axiológica; en otras palabras, que ese relativismo que apuntábamos antes no afecte a los resultados de la ciencia, siendo ésta, bien hecha, imparcial y exenta de sesgos más allá de los errores en los mismos estudios o en las técnicas usadas.

¿Deberíamos seguir este método y negar todo lo ‘negativo’ o lo que es invisible?

Había un economista francés decimonónico que decía para su disciplina que había que descubrir lo que se ve pero más importante es lo que no se ve. Descifrar, predecir y explicar lo invisible es la tarea de otros. El problema es la validez de estos negativos para que no se convierta en una suerte de metafísica, misticismo injustificable o, como sugería en su época Kant, pura especulación. Así pues, estas cuestiones han de ser comprendidas por medio de la reflexión en cualquier caso y, aun más, en la filosofía del lenguaje y la epistemología, más que de la mente. La primera vendría a colación de que, en efecto, toda explicación científica se compone en realidad de unos enunciados con pretendida lógica que los sustente entre sí. La epistemología, como comprenderá el lector, indagará cuál es la forma de obtener el conocimiento fiable teniendo en cuenta lo anterior.

La sorpresa final.

Hay una forma fácil y mucho más simple de lo esperado de  auspiciar la realidad radical del libre albedrío, al menos, a mi entender que resulta, creo, hoy por hoy, incontestable. Dentro de la explicación científica todo enunciado se debe explicar, a su vez, por otros; es algo necesario si no no sería explicado (lo que se llamaría indecidible). Esto implica que A se debe explicar por B ¿pero cómo explicamos B? Tenemos varias opciones: A se explica por B, B por C, C por D ad infinitum. Otra versaría en la explicación de A por B, B por C y C por A creando un círculo sin principio. Una última se compone por A explicado por B y éste por C. C, sin embargo, rompería el círculo o la regresión al infinito. Este es el llamado trilema de Munchhausen.

Vayamos a la realidad. En todo estudio científico, con formulación axiomática en enunciados lógicos o matemáticos, las premisas se deducen unas de otras (y hasta a veces esto siquiera es posible) pero, en cualquier caso, se explican a sí mismas, en círculo. De esta suerte que el pensamiento racional no puede explicar la misma racionalidad y, evidentemente, la realidad no se explica a sí misma si no que la explicamos nosotros. Esto crea una triangulación cuya ignorancia nos advierte de caer en una contradicción performativa, esto es, que nuestro enunciado sea contradictorio con sus presuposiciones. La explicación A de un hecho supone inmediatamente la justificación -que carece- del método usado, además supone una propiedad de determinación o que es determinable -de no ser así no se podría explicar- pero ambas cosas no son comprobadas ni verificables. Son supuestos contenidos en la explicación eminentemente prácticos, pero paradójicamete inexplicables. Esto nos sitúa a aceptar las cautelas y la prudencia de evitar esa omnipotente posición de creer poder explicar todo y, por omisión, aceptar que existe el azar y un punto ciego donde anida el libre albedrío.

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