Un año difícil

Termina un año. Otro más que añadir a la cuenta. El tiempo, sin embargo, no conoce de corchetes, de paradas ni cedas el paso. Ponemos puertas al campo, pero convenimos en reconocer un pequeño parón de reflexión a propósito de las fiestas navideñas y, entre Navidad y Reyes, Fin de Año mediando, recogemos las luces y las sombras de lo que llamamos ‘año’. Esos 365 días o, en ocasiones, 364, que dan tanto de sí como pasan tan corriendo -o volando- como es el último abrir y cerrar de ojos con la última campanada. Acabado ese momento como un suspiro, el sabor de la última de las uvas -si tienen esa costumbre-, un brindis de Champagne, una fiesta por todo lo alto y un despertar ya, más consciente, sereno y en calma, en año nuevo. Sé que de todos modos el tiempo me fascina porque es tan real como ficticio; varía tanto en nuestra percepción como exactos son los relojes que pretenden medirlo. Es tan volátil como intangible, y tan pendenciero o despiadado cuando menos uno lo sospecha. Es incorruptible hasta el punto de gobernar nuestras vida con mano de hierro. Impone disciplina y huye veloz con las distracciones, con la diversión y el entretenimiento. Y eso, de fin de año en otro, es, perdonen la obviedad, un año.

Muchos viven atados en la dictadura del tiempo pero paradójicamente son ellos los que ponen en hora junto con la del telediario sus relojes. Otros dirían que no es más que la cuantificación de un fenómeno inevitable, a saber, que el Sol salga y se vaya; empiece la función diurna y acabe en la nocturna -eso al menos mientras no se esté en las regiones polares, claro-. Otros consideran el tiempo oro, una oportunidad que se consume a cada segundo, o menos, y concurre en incitar a la búsqueda, eludir la quietud como los reparos a abandonar toda cómoda posición. Sea cual fuere la filosofía, existe, está hay y lo tocamos en su incorporeidad en muchos momentos con la vista centrada en la muñeca, en el móvil o con el tic-tac del aparato que corona la pared.

Dicho esto, sin prisa pero sin pausa, adaptándome a las ondas que marca mi reloj, aquel que configuro según gusto y posibilidad, paso al recapitular el año:

Ha sido un año más de la monótona e insoportable agonía de la crisis, de sufrir, y maldecir, los rugidos de la misma, como compadecerse de los llantos e indignarse por las perversidades. Esto no conviene en cambios. Lo seguimos viviendo. No ha sido endógeno de este año, pero traza cronológicamente la unión del anterior año con el próximo en algo que seguirá persistiendo con furibunda rapacidad. Pero ha sido un año más donde se han hecho cosas. No sé las que usted ha hecho, sus proyectos, ni los inspiradores momentos que ha vivido pero, desde luego, algo hay que merece relucir como oro pero en la caja fuerte de cada uno, la inviolable, de la memoria. Y este es el bagaje de cada cual porta, o soporta, como bien puede. Desde este planteamiento recurrimos al balance, espero sin una copa de más para mantener la mente fresca y lúcida. Saque usted sus conclusiones.

Las mías son heterogéneas al punto que me cuesta establecer un punto donde mensurar todo el equipaje que he cargado este año. Mi balance será complicado de hacer en conciencia, más vale dejarlo volar como cuando las hojas de papel son llevadas por los aires arrastradas por una ráfaga espuria de viento. No llegaré a saberlo. Ni importa. Cuando lo piense, estaré en el próximo planteando las bases de un comienzo, no renegando de un final. Ahora que, con relación a este blog, harto de contenidos más o menos inútiles -hasta ahora lo conforman muchas palabras entrelazadas con distinta suerte, mucha a juzgar por el lector-, espero que haya iluminado a alguien, asomado una sonrisa, cometido el serio delito de llamar la atención y, aún mejor, contribuir a aprender algo, donar una idea como quién dona un kilo de arroz y pasar un buen rato. Eso es lo importante.

He escrito sobre variedad de temas pero sé que entre los textos como estos, que tratan de hacer poesía en prosa, llover en el desierto e iluminar la noche, ha habido un hilo conductor. Éste se ha expresado en otros temas más profundos como la opinión, informada, o los dedicados a los rifirrafes de la filosofía o de la ciencia. Este hilo ha sido no de cobre sino de oro; u microchip henchido de superconductores a fría temperatura pero redactado en la calidez de unas reconfortantes cuatro paredes. Hablamos de la libertad, de la voluntad y por qué somos como somos. Son las preguntas que, individualmente, o como sociedad, surgen en el camino de explicar algo que quizás siempre se nos escapará o cuya satisfactoria explicación no es más que mirarte en el espejo, ahondar en la introspección y dar por evidente lo evidente: aquí estamos. Aún así, tozudo yo, y otros muchos insatisfechos sin el correspondiente esfuerzo intelectual, seguimos erre que erre. Y, puedo asegurar que no cesaré porque a toda verdad le rige la finalidad de romperse, hacerse añicos y ser sustituida. A todo día le aguarda su noche como a toda vida le sigue la muerte. Ante todo es correr con la muerte a las espaldas, rozando fría la piel, y con ojos en un porvenir realizado por nuestro hacer mientras soportemos la carrera. Con esto, y más. Feliz año nuevo, querido lector.

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