‘Welcome to the jungle’: Francia

Todo tiene sus límites menos como refrenda día a día la política y su consustancial demagogia. La última patada en el trasero la veo en El Confidencial, sobre Francia, con el titular de “Pautas para una nueva Francia“. Es el último canto de sirena galo, pero de franceses limpios de orgullo, como gallos roncos, apenas con voz y cabizbajos. Parece que existe un enfrentamiento -bueno, no lo parece, lo hay, pero me gusta escribir con cierta prudencia- entre los partidarios de la Francia laica y de la Francia multicultural. Esto es debido a las presiones de los innumerables musulmanes inmigrantes o hijos de ellos que campan en el territorio francés. Situémonos: Francia ha sido el baluarte no sólo de la histórica revolución sino de predicar el estado neutral, aconfesional, laico, con escuela pública donde se prohíbe los signos religiosos y su enseñanza; así como de instituciones que buscan los ideales de antaño, ahora, como puse de manifiesto en cuarentena. Pues bien, en este punto del corazón ideológico galo atenta la presión musulmana en pos de permitir el burka en clases, por ejemplo -y si hacen esto, también entran los crucifijos obviamente-. Como consecuencia del poderíos fáctico de los lobbies musulmanes se ve posible replantear los mismos objetivos de la democracia liberal francesa. Y ahora, querido lector, vamos a luchar en territorio espinoso…

1) Si los objetivos del estado francés persisten por la vía de la consideración de todos los seres humanos, y más ciudadanos, iguales ante la ley, en su libertad y la dignidad, entonces debe de inmediato apartarse de las tentaciones de legislar para grupos ideológico-religioso y cultural. Si los individuos son los individuos, de donde provengan, sin discriminación, entonces, el resultado es taxativamente negativo a esta ofensiva antiliberal.

2) Si los objetivos del estado francés viran hacia la creación de distintas ciudadanías según la procedencia, su adscripción religiosa-ideológica o cultural, entonces, claramente, el estado debe derribar su aconfesionalidad y laicismo por el multiculturalismo o, hasta podría decirse, pluri-confesionalidad. Los ciudadanos los habrá franceses judeocristianos, musulmanes árabes, musulmanes africanos, habrá feministas liberales y de género, pero también convivirán con instituciones anti-feministas, homófobas y patriarcales.

El documento es más grave de lo que podríamos pensar. Se instalaría una policía del pensamiento para filtrar la prensa o los mensajes publicitarios bajo los cánones de referencia del ministerio pertinente, de acuerdo con el pacto tácito político con los grupos de ciudadanos de las diversas culturas. La reacción en Francia se hace notar con la intención de voto máxima al Frente Nacional, que defiende la diferenciación de dos ciudadanías, una de primera, francesa de pura cepa, una de segunda con restricciones, los extranjeros. También acoge un programa cultural gaullonista para hacer cacarear al gallo sin la ronquera al son de la Marsellesa, y con vistas en la bandera de la patria. Las consignas típicas de que los extranjeros ens roban, vampirizan los servicios públicos y causan disrupciones en el orden público consigue el vigor necesario para convencer a antiguos izquierdistas y moderados de derecha. Es normal, lo puedo entender, pero las soluciones no es el regreso al aislacionismo, el mercantilismo tan nefasto para todas las economías, el corporativismo y a la Patria fuerte, de banderín y puño en alto.

El mayor problema como siempre subyace en el empleo, la producción, que es, lo quieran o no, lo que hace a los países ricos o pobres. Los que más producen -para ellos o por intercambio con otros- son más ricos y los que menos, por consiguiente, menos ricos, o más pobres. Francia deriva a una política económica -en la que no me voy a centrar- de inconsecuente a depredadora, que goza de una excelente salud a un estado omnipresente de burocracias soviéticas e intervencionismo salvaje. Francia está económicamente estanca y se está convirtiendo en una jaula de grillos cuyo ruido pierde la cuenta de sus decibelios. Por otro lado, han presupuesto, que todo el mundo puede exigir a los demás -o a través de terceros- saciar sus propios caprichos, es decir, si tengo tales costumbres no tengo por qué integrarme, puedo exigir que ellos se amolden a mi. Esto como puede suponer el lector no conviene tratarlo rudamente, sino con la debida delicadeza.

  • Las costumbres y usos son prácticas que se forman por la interacción humana no intencionada -nadie puso en un decreto-ley que hay que guardar silencio en un portal de un edificio de viviendas a las 12 de la madrugada, ni de qué modo saludar, ni a qué hora es costumbre trabajar-. Todo es venía de antes. También las formas de tratarse (usted, tú), cómo pedir algo, cómo hacer negocios, reunirse, hacer amigos, ligar, etc.
  • La integración no incluye dimitir de las creencias, usos y costumbres de su lugar de origen, sino adaptarlas, respetar la de los demás que cuando son mayoría, normalmente se imponen por fuerza natural (y uno no tiene derecho a exigir que los demás cambien para satisfacer su egolatría) y cuando se está en un grupo junto con personas que comparten sus costumbres, sin problemas llevarlos a cabo, como en casa. El objetivo último es hacer de lo extraño lo hogareño, de lo desconocido, lo rutinario.

Así pues, no es autoritario pedir la integración de los inmigrantes o de cualquier persona tal como uno se integra en el grupo de sus compañeros de clase, de trabajo, de la asociación de vecinos o lo que sea. Sí es, en cambio, autoritario imponer tal cultura -alternativamente, prohibir o restringir otras-. También es autoritario dividir con distintos derechos culturales a los ciudadanos. O todos pueden hacer de todo, o nadie de nada. Si unas pueden llevar el velo, otros el crucifijo y otros la camiseta del diablo si quieren. Y así.

El costo sin embargo del multiculturalismo es dimitir de la defensa de los derechos humanos por crear clases -véase como en los Estados Unidos, sin leyes multiculturales ni protección adicional, desde hace decenas de años o siglos, se han instalado barrios italianos, chinos o japoneses sin problema-. Además de convertir las cuestiones privadas, los lances entre las personas distintas, en lances de la política, en asuntos públicos, a cuya resolución se establecen leyes e imposiciones.

El costo del comunitarismo, los puristas de la cultura endógena, reside en el mismo principio, la creación de clases, y el enfrentamiento. Además de una insana, si me permiten, exaltación de la patria o etnocentrismo pasado de revoluciones, que rechaza la crítica, se autocompadece de sí mismo, y comete actos de arrogancia.

Con eso sobre la mesa me decanto por el estado demócratico-liberal tradicional. Estados limitados, neutrales en la medida de lo posible, libertad individual e igualdad ante la ley. Mercados libres para abarcar las demandas de trabajo y prosperidad, servicios públicos sostenidos, ajustados, y reñidos con el principio de subsidiaridad. Esto, a expensas de otras soluciones más expeditivas sigue siendo la mejor dirección.

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