El rey de la ventisca

Las buenas palabras son reservadas por todo el año para lanzarse en horda en una misma época del año, cuando toca, donde manda la tradición. Una época de reconciliación, de reunión, de felicidad sin olvidar su atávica doble moral que amarran estas fechas donde la publicidad de las sonrisas tapa por completo la de los llantos, no por ello inexistentes. Es como en la típica americanada, en la que el protagonista o uno de sus más próximos amigos profesa odio a la navidad por ser la fecha en que todos, menos él, rezuman felicidad. Porque se le ha privado por años, por histerias de la vida, que han terminado perforando en los días de las reuniones hasta convertirlos en los días que uno se hace consciente de su soledad. Esa es la escena, la de la nevada, el mal tiempo con muñecos de nieve sonriendo; las risas en la cena familiar, y el otro mirando por la ventana, con traje como si fuera al trabajo, y con una botella de algún alcohol sobre la mesa ahogando el desahogo.

Un respiro para comprobar el frío del ambiente en el vaho expedido por la boca, la humareda ficticia de los cambios del contraste de temperatura interior exterior. Una mirada hacia delante, reflexiva, profunda como los nubarrones que se ciernen sobre el cielo y amenazan con alegrar con una lluvia de copos de nieve. Un tímido oxímoron que reparte a dos caras.

La televisión imparte clases de humor, superficialidad, conformismo, de viajes y preguntas tontas; de regalos y deseos de nuevo año, de recuerdos bonitos, quizás, con una última parte mirando hacia el agujero del otro bando oscuro de aquellos que les nieva con alevosía y cuyos muñecos de nieve muestran los labios caídos en señal de tristeza. No se sabe si es la mejor época del año para la rebeldía, para comentar el odio hacia lo hipócrita que en todo el trascurso del año no se dice, o sobre los perdones que sólo atisban conveniencia estacional con tal de recibir limosna entre familia y amigos. No se sabe si es mejor dejar las cosas como están al ver la ilusión personificada en la mayoría de los niños en la época que sus sueños se hacen realidad. No se sabe si es mejor vivir en la hipocresía, ponerse la máscara como todos, predicar una invernal pero calurosa despedida al año y vaticinar un mejor año si cabe.

– Este año no es el mío… Es el año de la indomable anarquía de proyectos en los que el terror al fracaso se ha amplificado hasta el calar el tuétano de los huesos que rechinan al frío. Desalmada alma. Frustración advenediza o censora de las posibilidades de descubrir una salida en el callejón cerrado a cal y canto. Soplos de viento que ignoran tu débil garganta. Lluvia que birla la ilusión ver la navidad blanca. Villancicos que taladran los tímpanos recordando donde estás y qué estás viviendo. En parte apocalipsis, en parte una revelación. Es como Scar, desprovisto de la fuerza, pero dotado de la vil inteligencia, sueña con el poder a toda costa y toda su imaginación es conspiración para alcanzar el fin de la anarquía en la que uno debe ser el rey de la ventisca. Es la lucha con Simba por el trono que garantiza la seguridad de la autoestima convertida en un reflujo de ambición por escapar del infortunio, no de la desdicha, sino de la injusticia natural ¡Un desafío a las mismas creaciones de la Naturaleza!

Por eso él aguardaba con el vaso de whisky admirando sus planes en silencio. Mirando la televisión con una socarrona sonrisa mientras su porte descuidado prueba que está desenmascarado. Por eso el quería ser el Scar de la traición victoriosa, de la ambición satisfecha y, en definitiva, el rey de la ventisca. Él estaba consumando el descreimiento total, ironizando sobre la rebeldía e interiorizando la frialdad del temporal en un corazón cuyos latidos se agitaban a las puertas del odio. Ya no hay ni siquiera máscara, o siempre la viste con naturalidad. Se la dejará el próximo año siempre porque protege de la ventisca, te hace reinar sobre ella, divisar el sufrimiento con indiferencia y pavonearse de la insólita sinrazón de la maldad porque, todo el mundo lo sabe, no existe lo bueno sin lo malo y alguien ha de ocupar el papel del segundo ¿no? Vuelve a sonreír. Esta vez, con mueca mentirosa. Condena al destierro. Él es el rey de la ventisca.

Replica:

No es tú y yo. No es vosotros y yo, o vosotros y nosotros. Es tú o yo. Vosotros o yo. No existe ‘nosotros’. Y he decidido: yo. No es nada personal. Es un duro trance. Es una necesidad que contrabalanza la luz con oscuridad; que hace del frío una sensación placentera. Que narra la desdicha desde la euforia. Que apaga el interruptor de la luz para admirar con ojos de gato la destrucción de las ilusiones. Pero todo es una gran mascarada. No existo, no existimos aquellos que reflexionamos con la disyunción y rechazamos la unión, los que convertimos desgracias en nuestro alimento…

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