Recuento

Es labor de todos y cada uno, incluso de los que tan en el inmediato presente dicen vivir, recopilar las vivencias de ayer y de antes de ayer. Llegar más allá del historial de un navegador y forzar hasta sus límites en estas fechas tan señaladas la capacidad de atraer cual imán los momentos que han marcado un año, sin más prejuicios, que el ánimo investigador de un historiador. Alguien dijo que somos nuestro pasado, y éste lo formamos con una sucesión infinita de presentes que cuando nos percatamos se han convertido en actos pretéritos. Por eso la autobiografía bien confeccionada en el interior de cada uno es garantía de mejora, porque se transforma en el timón con el cual evaluamos todo futuro y porvenir; pero más allá también consta de un elemento mágico que permite revivir los momentos que merecen consideración especial como quién ve una película o escucha una preciosa sinfonía de cientos de movimientos con temor a llegar a la coda.

Esta sucesión de presentes tiene un doble sentido ¡y sino miren en el diccionario inglés! También llueve, no sé si a gusto de todos, pero una cantidad considerable de regalos, presentes que podríamos decir para continuar con este truco del lenguaje, que van a reflejar invariablemente nuestra imagen en los demás por cuánto los regalos son la sospecha, el brillo o la huella que marcamos en los demás. Uno regala por cuanto cree agradar al regalado, de ahí ese instinto, prueba de fuego al mismo tiempo, que nos informa de la percepción de uno en las mentes ajenas. Un dato a remarcar en la historia que íbamos rememorando porque no vivimos aislados, ni podemos subirnos a la arrogancia de suponer los demás como meros seres actuantes, serviles a nuestros fines. En cambio, de la más honesta forma, hasta las inferencias sobre nuestro trasluz en nuestros seres queridos forma parte de ese libro mnemotécnico que poseemos con el recorrido de todo el año.

Los psicólogos como servidor se afanan siempre en transmitir el mensaje que nuestros recuerdos, menos nuestras impresiones, se ajustan como una pieza en un puzzle en la verdad de los hechos. Son apreciaciones subjetivas que se pueden ajustar, para nuestro bien o nuestro mal, indistinto realmente, pero dependen de su director de orquesta: uno mismo. Por eso el inventario de recuerdos no es mero afán de soñador con alas, capricho de psicoanalista ni rutina de historiador, sino una labor de reconstrucción para amueblar la mente ajustando todos los trastos en su sitio debido. Es típico del efecto del desorden desbordarnos, producir ese efecto vagueza -que no placebo- que termina con las uvas en un estercolero y se sigue de una cuesta de enero más fría que lo marcado en los termómetros. De ahí nuestra labor de recuento en momentos como este, éste preciso, en el cual escribo con soltura sobre el mismo tema que reflexiono, estilo Platón pero sin sus atuendos, estilo Descartes pero sin sus pelambreras, estilo Nietzsche pero sin recluirme en los Alpes.

Al mismo tiempo reconozco que en este recapitulado de momentos de colores tan variados gustos, sean buenos, malos, tristes y amargos, como brillantes o eufóricos; y hasta los neutros que mantienen la ecuanimidad anímica en estado de equilibrio, acompañado de la mejor de las músicas, que admite la más viva imaginación y refuerza el trabajo de la reconstrucción, todo sea por haberme quedado con un año mágico al margen de sus altibajos; fluctuaciones como las de la bolsa pero invisibles en los periódicos o telediarios.

Dueños de la virtud y la desidia

Una lucha constante durante el día

Dueños de nuestro cuerpo y destino

Una lucha fraguada en el desatino

Una tormenta monumento del desorden

Encuentra paz a nuestra orden

Ese es el mensaje final de todo. La autoría de nuestros actos es responsabilidad única nuestra. Ese bagaje de historia y deshistoria que transportamos allá donde viajamos es fuerte del orgullo más exacerbado como de la angustia más inhóspita. He ahí la batalla por la paz en la guerra, de rendir cuentas, antes que nada, a nosotros mismos. Ninguna satisfacción puede ser más enormemente apreciada como el reluciente, sólido y denso oro de la caja fuerte de una memoria que registra los pasajes que nos marcan, ennoblecen como los que inducen a recapacitar.

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