Esclavitud del alma

Niños encadenados con nulas posibilidades de escapar, harapientos, hambrientos, viviendo al límite, si es que a eso se le puede denominar vivir. El amo, hombre de buen vestir, de elegancia, porte, y prestigio indudables entre sus iguales, los somete a la peor tortura que podrían ustedes imaginar. Ya no son los golpes, los latigazos que desgarran como en las películas, ¡esos castigos! las espaldas hasta el más triste de los escenarios posibles, cuando el seco golpe ya es indoloro porque el dolor es la condición habitual del esclavo; aun más es, simplemente, la prisión y la dependencia absoluta del verdugo. Toda una ofensa a la condición humana desde la perspectiva actual, aunque no siempre fue así… Sin embargo, no toda la esclavitud es así. No, hasta es una caricatura, aparte de grotesca, interesada por los esclavistas y cómplices. Mientras pensemos que sólo eso es la esclavitud, nos sentiremos seguros en nuestra burbuja de cristal, seguros de ser hombres y mujeres libres, sin amos y algunos sin dioses.

El niño del pijama a rayas es cosa de la historia, de uno de los pasajes peores de los legibles en los libros. Mejor ni leerlo, pero mejor es también saberlo y conocerlo, porque son cosas que han pasado y hasta podrían regresar en la historia futura por este caos implanificable en el que vivimos. Ahora pega fuerte el escenario de pánico cuando el trabajo es un bien no escaso sino de lujo, la vida se ha convertido en un camino de rosas con muchas espinas y el bienestar material, o ha menguado, y para el que no, ha precedido una pérdida de horizontes: porque ya pocos saben lo que deben o quieren hacer. Todo está en el aire enrarecido que el relativismo proporciona. Las viejas guías Michelín han pasado a ocupar los viejos estantes para dar lugar a un revoltijo de vacuas ideas inspiradas en culturizadores programas de televisión, prensa facilona dedicada a inconmovibles corazones, y un halo de superficialidad exento de límites como de prudencia.

Los sonsonetes hipócritas son la llama que mantiene la coherencia en este mundo por más paradójico que resulte. Sí, aquellos que ya no rezan a Dios porque éste ha pasado de moda, pero escriben su dedicatoria con todo su cariño en las manos de los gobernantes, concediendo que ellos no pueden gobernarse a sí mismos ¡pero que no son minusválidos psíquicos! Aunque en algunos puntos lo parecen. Alguien podría calcular sus necesidades y podría ser responsable con sus vecinos, amigos, familia, comunidad; pero es mejor delegarlo a que la despersonalizada solidaridad sea producto de la sustracción del producto del trabajo, viaje a manos de personajillos con vocación pública, y después, confiar en que se dirija donde allí haga más falta. El amigo, por supuesto, no comprobará si sus dioses de carne y hueso cumplen con su cometido, pero plácida estará su alma. El amigo no exigirá a los demás, como un valor personal, que sean como cree que debe ser una persona que vive en sociedad, ¡pero ni el más mínimo de los atributos positivos y deseables! Nada. El elemento que cierra la criba es, ni más ni menos, si alimenta el ego propio, si es satisface la desvirtud hedonista propia… En fin, allá cada cual reza el dicho popular, allá, en realidad, todos nosotros que nos convertimos día a día en lo que más despreciamos ser (o lo que en el pasado, inocentes, despreciábamos ser).

Yo no me abstengo en comentar que esta es la esclavitud del alma. La misma que constriñe el espíritu humano en una cámara de cristal, aislada, siempre reluciente, pero siempre preso de ella. Vemos de todo, pero no podemos salir, porque la interacción con el medio infunde pavor, hacer algo en contra de lo que nuestro reflejo en la pared de cristal nos dice, es considerado raro, pérdida de tiempo, inconsciente, friki, o algo así. Y creo que sabe el lector qué es reflejo… La sacudida de las esperanzas de futuro es el mal menor cuando las del presente no son solo oscuras sino navegan en una deriva cuyas coordenadas ya han desaparecido de todo mapa. Este es el punto de no retorno. Espero no llegar. Sin embargo, la invitación de este paradisíaco lugar la tenemos todos, y nombro como paraíso, porque no es más que donde la tentación fuerza a navegar. Allí, a la esclavitud, de la manera más nihilista posible, hasta vaciar de contenido todo el firmamento, no el de las estrellas ni el de los astros: el de la vida misma.

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