Otro

Su brazo se alzaba sobre su cabeza balanceándose de un lado a otro en señal de despedida mientras emprendía su paso hacia la dirección opuesta a donde quedaba plantado. Volvió la cabeza y bajó el brazo. Siguió el paso imperturbable, irremediable, ya, traspuesto, hacia una vocación que el destino daría cuenta, pero la cual, para mi resultaba más que una incógnita, un atisbo de la insignificancia de lo que somos, de nuestras más que demostradas limitaciones… Ese es el atavismo de la impotencia cuando la posibilidad más extraña, no inspeccionada por la fría lógica, sino por un paso adelante en el escudo de las corazonadas, se incumple, rompiéndose así el hechizo por donde asoma siempre la ilusión, así mortificando las almas, cuando no los corazones si se prefiere expresar así. No obstante, la cordura, en un arrebato de transparencia, intenta justificar bien la situación de mero espejismo pasajero, como una ensoñación muy vívida o bien como suceso cuya probabilidad renunciamos a contemplar haciéndose, al cabo, el más inevitable de los finales.

Esas imágenes quedan como un meteorito impactadas en la mente, dejando una huella profunda, cual cráter. Allí donde los minerales preciosos, cuando no exóticos emergen, en este caso, no son más que el historial de recuerdos asociados a la pérdida. Es cuestión de tiempo que el peso de la atónita conciencia se rebele contra los hechos, símbolo de la actitud más vital como también del más imposible de los anhelos: el no tener control sobre todo. Pudiera darse el caso, igual sí, de un retorno alguna vez, de un nuevo “avistamiento”, sin embargo, aunque por un breve tiempo sirve de anestésico diario, con la madurez es preceptivo colocar las cosas en su lugar, así como los muebles adornan, embellecen, pero también cumple su función práctica en una casa, eso en la mente. La magia se queda en la literatura, en el cine o en el teatro; los exabruptos de la realidad, que de impredecible pasa a pesadilla donde andamos encerrados en un túnel sin salida, han de ser reposados para ser asimilados y volver a ver la extensa gama de colores que baña al mundo.

Pero el sofá juega malas pasadas. La inactividad, por el suspiro, la autocompasión y los anhelos infructuosos pueden cometer la imprudencia de ganar terreno, excesivo, e injustificado. Sentado delante de la caja tonta, tumbado en una nube mental, o un atracón de palomitas con la películas más chapucera e interrumpida por paros publicitarios. Esta marea renuente del duelo son los coletazos de la marea alta después de la tormenta, del tifón o del huracán, cuya escapada, en el ojo del mismo, encuentra placidez a cambio de autoengaño y de posponer el día del juicio final, o sea, entendamos, encarar los hechos. La apática mirada se dirige a propios y extraños, un estado de zombificación indebida, que actúa como un veneno inhibidor de proporcionar las razones para la vida, sin embargo, campa a sus anchas, o envenena sin visos a remisión en el suministro diario de la droga letal. Aquella que mantiene entumecido el instinto de superación o cercena de manera brutal la autoestima.

Esos ánimos que no llegan porque no se buscan. Es como ese amor platónico que no se buscó, y jamás llegó a contagiarse de realidad. Es lo de siempre. Los aires de renovación son necesarios, de cambios, quizás, de rutina, aun con el precio de dejar la implacidez de la serena letanía por el riesgo de la tormenta de los cambios, siempre, con sobresaltos, son incertidumbre, de esa que retira a los menos valientes pero encoge hasta a los atrevidos e intrépidos. Y eso es porque la variedad de las opciones, de las posibilidades, son tan amplias que todo cálculo queda en una fútil maniobra disuasoria para uno mismo para ganar confianza dentro del torbellino. ¡Envíame a un ángel! De esos que calman las tensiones internas y arreglan la ansiedad como el mecánico el motor. Pide lo que quieras, pero sabes que tú eres tu ángel y tu diablo, conviven, o malviven, en ti.

Son las visicitudes de la vida que sazonan el camino y animan a los mejores momentos a disfrutar al máximo, y hasta por encima de las posibilidades. Pero la resaca produce sus contraefectos, ante los cuales indefensos casi nos encontramos, una vulnerabilidad con sabor amargo, temporal, pero destructiva a más no poder.

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