La libertad de los modernos

En la política siempre parece que estamos condenados, al menos en las democracias, a contemplar la existencia de dos grupos sociológicos, llamados sin acritud derecha e izquierda, los cuales se disputarán el poder político en defensa de programas antagónicos. Normalmente, se entiende que la izquierda, desde la Revolución Francesa, promueve o representa el cambio social y la derecha, desde el mismo punto histórico, el orden establecido. Sin embargo, los contenidos a lo largo del tiempo de los dos bloques macro-ideológicos no es invariante. La izquierda de los derechos sociales data del siglo XX, antes más bien representaba el individualismo liberal. La derecha ha pasado de defender el antiguo régimen al conservadurismo social y liberalismo moderado. Se han cambiado los papeles, casi.

Pero el lev motiv de este artículo no es la mera reseña histórica de los contendientes políticos de la eterna batalla de las urnas. Es una reflexión más profunda de los valores últimos que guían las corrientes ideológicas, en su recorrido histórico, y más allá de la dualidad, tan manida como imprecisa de la zurda y la diestra. Rescato del siglo XIX a Benjamin Constant, un filósofo político francés que diferenciaba los dos conceptos de libertad que en el mundo moderno se baten en duelo, y me atrevería a decir, que siempre se han enfrentado. Decía:

La independencia individual es la primera necesidad de los modernos, por lo tanto no hay que exigir nunca su sacrificio para establecer la libertad política. En consecuencia, ninguna de las numerosas y muy alabadas instituciones que perjudicaban la libertad individual en las antiguas repúblicas, resulta admisible en los tiempos modernos.

La libertad de los antiguos representa el concepto que, desde los antiguos griegos, se entiende, como la participación en el gobierno, en la política, en la toma de las decisiones colectiva. En otras palabras, como señala él, es la búsqueda de ampliar la libertad política. La libertad de los modernos es, al contrario, la búsqueda de la no interferencia del poder político en la vida de cada uno. Es la libertad individual.

En la actualidad, y hablo del mundo en general, existe una tendencia aguda a usar el concepto de libertad de los antiguos en vez de la de los modernos. Esta tendencia está colectivizando en estamentos a la sociedad. Ya se deja de considerar como único cada ser humano, si no que se le apareja invariablemente a una clase, un estamento, un grupo social, por el cual, bien obtiene representación política (o es representado), bien es usado por las estadísticas de algún tecnócrata del gobierno. Mientras que para los modernos cada individuo, sea mujer u hombre, debería ser eso, un individuo, orgulloso de su unicidad, ahora se trata de uno entre su grupo que le condiciona a ser como los demás. Si has nacido mujer, caso de los más visuales, debes sentir como las representantes de los colectivos de las mujeres dicen. Otros, como traje a colación en uno de mis artículos, intentan rediseñar el modelo de masculinidad para homogeneizar a este grupo. Si no posees los medios de producción, indiferente de tus aspiraciones o de tu sector, eres un trabajador más, al más puro estilo obrero diecinuevechesco. Tu representación política, pues, o en la vida social, es a través de los sindicatos que, además, te representan quieras o no. Tal como los tres estamentos con Luis XVI representaban a la nobleza, al clero y al tercer estado, quisieran o no, porque su adscripción procedía de la sangre, no de la voluntad.

La humanidad ha vivido sumida en toda su evolución en la tiranía -desde el punto de vista de los individuos- de los colectivos, como la familia, cuya única cabeza con poder política era el padre; o cuando ésta, o junto con clanes, por ejemplo, heredaba el oprobio de los delitos o faltas morales de los ascendientes. Es típico ver en las películas escenas donde cuando el honor de uno de los integrantes de una familia es manchado, al mismo tiempo, toda la familia queda proscrita en el lado oscuro de la gente de mal ver. Además, los hijos de los hijos de aquella familia adquirían el mismo tratamiento sin tener, por supuesto, culpa de nada. Otro de los colectivos son los estamentos, como nombré antes, tan prominentes en la época de las monarquías tradicionales donde los privilegios o las condiciones de servidumbre o esclavitud se heredaban. Parece lógico, desde este punto de vista, que en los siglos de la Razón, se buscara la forma de romper con los yugos que ataban a las personas individuales a colectivos. Esta fue la causa de la Ilustración: reclamar que el hombre era mayor edad para tomar sus propias decisiones.

Pues bien. Creo haber dejado claro al lector avispado que en la más presente actualidad el cambio social es, paradójicamente, una involución al pensamiento decimonónico del antiguo régimen. La sociedad se colectiviza y politiza. La interferencia del estado en todos los recovecos de la vida de los individuos es cada vez mayor y la gente aplaude a los grandes salvapatrias que realizan grandes obras por el pueblo, pero sin el pueblo. Se buscan salvadores en el gobierno para que dobleguen a todos los individuos a ellos. Desea, sin querer posiblemente, una mayoría de gente volver a ser súbditos, resquebrajar el estado de derecho, y tener todas las instituciones bajo control de unos pocos, a los cuales, cientos de colectivos se arriman buscando sus intereses, muy al estilo de Maquiavelo. Esto no es cosa de la izquierda o de la derecha, que son conceptos mudables con amplia facilidad en el tiempo, es común, de hecho, a las dos vías por las cuales se canalizan los simbolismos de la política. El miedo a la libertad de los modernos, o individual, asciende, disculpando toda destrucción de la autonomía personal urdida por los poderes públicos, a los cuales, como ungidos por la corona, se les debe pleitesía y obediencia por el bien común.

Si examinamos la idea de multiculturalismo no es más que un escondite a la idea de cada ser humano debe ser tratado de un modo diferente dependiendo de su procedencia cultural -como si algo así pudiera ser objetivable-. La idea de empleo fijo -vitalicio- es no más que un sustituto a la idea antigua de que el hombre ha de estar anclado a la tierra donde nace. Renovada en conceptos como las primas por antigüedad, que no por productividad, las bonificaciones por sus títulos académicos, que no por su valía en el trabajo real, y el control obligatorio de los sindicatos y patronales del valor de su trabajo. La idea de la empoderación de los colectivos deprimidos históricamente no es más que transmitir un castigo de generación en generación a los colectivos que la corrección política admite como privilegiados, que se discrimina, con resuelto uso del lenguaje, de forma positiva. Así en una sucesión interminable.

Una dinámica que no tiene en absoluto nada de revolucionaria ni de avance social, salvo que pensemos que el derecho medieval fue el más moral y avanzado. No tiene nada de revolucionario dividir la sociedad en colectivos y que éstos detenten el poder político a través de la representación. No tiene nada de cambio social hacia algo nuevo eso. Más bien, es la prueba de una involución, no se sabe si por las limitaciones humanas o por estar encerrado en su propia psicología, empero, la astucia de cualquier observador pone sobre aviso que esto, sí, esto de ahora, ya lo hemos leído en los libros de historia.

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