La abdicación de la igualdad ante la ley

La igualdad figura el segundo de los objetivos -no situados por orden de importancia sino de mención- del viejo lema de libertad, igualdad y fraternidad. Una de las palabras más ambivalentes en sus mil connotaciones políticas, como lo ha demostrado el devenir de los años, a cuya interpretación se han sumado cientos sino miles de tratadistas y pensadores, sin llegar a un único consenso o, todo lo más, dejándolo en un concepto dual: igualdad ante la ley e igualdad de resultado (o riqueza). En el anterior post dejé claramente explicada la deriva involucionista de la política, en general, vigente. Una deriva involucionista que clava sus raíces en las más antiguas teorías que han regido la civilización desde sus albores, como la Antigua Grecia o la travesía medieval. La cuestión no es casual, ni menos inocente, sino que parte, por lo menos tiene un enorme peso específico, de la interpretación de la igualdad en clave política.

El Estado de Derecho, como el freno, por fin, a la dictaduras y tiranías donde los poderosos cambiaban las reglas -o estaban por encima de ellas- a su gusto de manera que cabía distinguir entre súbditos y gobernantes, supuso el punto de inflexión al tiempo que el paliativo para este problema: el del poder. De esta suerte la igualdad no podía sino ser entendida como igualdad ante la ley. Que todos los ser humanos, libres de privilegios como de servidumbres, en responsabilidad con sus propios actos, dieran cuenta de ellos ante las mismas normas. Pero… la carne es débil, y rápidamente, no tardaron lo más mínimo, en surgir reinterpretaciones en forma de igualdad de resultado, en virtud de la cual, cada individuo se somete a contentarse independiente de su suerte, esfuerzo o virtud, a los mismos resultados que el más mediocre de su colectivo. Esta igualdad, sin embargo, presenta una insalvable incompatibilidad con la igualdad ante la ley puesto que, el mero hecho de diferenciar cada colectivo, comporta un tratamiento jurídico, a ojos de la ley, distinto. La justicia, pues, no es ciega, tiene ojos, y discrimina por los motivos que los políticos consideren.

Hemos de decir que había ciertas razones en la época para que esto sucediera. No obstante, la vieja Europa navegaba en mitad de dos aguas, siempre entre guerras, y con unas condiciones de trabajo en las primeras etapas, como, aun más importante quizás, un cambio de estructuras desorientante, que invitaba a todo menos a la quietud. Precisamente, distintos atropellos y desigualdades ante la ley, como la prohibición de asociación a los trabajadores, y todo tipo de pedradas contradictorias con los principios de las revoluciones, promocionaba brotes marchitos, advenedizos de los cambios por la justicia. El utilitarismo, o la búsqueda de la producción de riqueza social, había suplantado por mucho a la libre evolución de la sociedad. La centralización del poder corrobaraba estos cambios con dinamita en las instituciones previas. El único país que consiguió evadir este terremoto fue Estados Unidos, con la suerte, que al ser de nueva creación, las instituciones se fabricaron con la nueva ideología.

Pero aun así, estamos en el siglo XXI. Muy lejos de aquellos tiempos pero convirtiendo la época de mayor prosperidad económica de la historia de la humanidad en una rotulada por el retorno de la pobreza a los países desarrollados. La ingeniería social, es decir, los tejemanejes políticos a lo largo del tiempo en pos de los mejores fines, con inspiración inmediata en la igualdad de resultado, han socavado parte del progreso y se han arrogado el imperio no sólo de la ley sino de la moralidad o del bien colectivo. El escudo de la democracia sirve para convertir la voluntad inferida del pueblo en ley arbitraria con predadores efectos. El mecanismo es bien sencillo, toda acción política procede en base al robo a unos para dárselo a otros. Cuando unos engordan, entonces cambia la dirección del saqueo o, mejor aun, se superpone un saqueo a otro. La confusión de la dirección en que viaja el dinero público es tan opaca que nos resulta casi imposible concebir el modo de descubrir quién sale ganando más, si el desfavorecido o agraviado o el potentado paradójicamente. Así, países como China han pasado de su época comunista de tener el 84% de la población en la miseria absoluta a solo el 4% que presentan los datos más actualizados. España, o los países europeos, con enormes PIBs per cápita, aparecen episodios tan sufridos como los de aquel país pretendidamente pobre con sospechosa normalidad. Cierto es que no todo es riqueza en bruto. Con más razón se desnuda el deshilachamiento social que brota en forma diversa como ausencia de valores, relativismo, ausencia de dirección o aspiraciones y desprecio del mérito.

Este imperio de la ley se ha convertido en el imperio de los iguales desigualmente tratados. Las buenas intenciones se han en el motor de desigualdades de trato por motivos de sexo, cultura, ideología o creencias, edad o cualquier condición por extravagante que esta fuere. Todo por el también antediluviano ideal del todos de la mano y felices. El robo de la identidad individual, la dirección no sólo de la economía sino de las tendencias sociales, de las instituciones, de las normas o la corona moral encarnada en la democracia pare, como los sueños de la razón, los peores monstruos. Engendros creados en la inocencia de intenciones, pero de realidad sin paliativos. No es sorprendente como la cohesión social cede ante la inoperancia de unos dirigentes a los que se les ha delegado la universidad del Bien. Objetivo tan ambicioso que hasta Platón reconocía en Républica que habría que mirar a la tierra y conformarse con la falibilidad de los humanos corrientes. Pero si el filósofo griego deseaba un rey-filósofo perfecto y se conformaba con la aristocracia o con el gobierno de los mejores, en la actualidad intentamos el gobierno de un pueblo ilustrado y nos hemos conformado con una casta, puede que aristocrática, pero no por ser de los mejores desde luego.

Esas son las crónicas de la igualdad, así mal entendida.

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