Adiós, metafísica

Una de las mayores penalidades de la humanidad es la defensa de conocimiento sin fundamento, o en otras palabras, cuando el fundamento se encuentra en una creencia metafísica e inalcanzable. No se trata, pues, de erradicar las creencias, que no es el caso, sí, sin embargo, cuando se usan para justificar acciones sobre los demás, que no creen. La consecuencia es obvia: yo pienso que el mundo debe ser así, entonces, estoy legitimado a usar la fuerza hasta que sea así. Como se evidencia, pocos en sus cabales son los que por una remota creencia invierten su vida en una cruzada. Esto no es así cuando hablamos de creencias muy aceptadas y extendidas. En este caso el grupo aporta la unión hace la fuerza y se prodiga en el apoyo a autoritarismos. La metafísica es, por definición, invariablemente especulativa y no falsable ni verificable, de manera que todo arsenal argumentativo es inocuo para quién no ve, ni quiere ver. Este es el peligro que se ha mostrado y sigue mostrándose hoy día al cual, creo, es deber dar caza y combatir desde la raíz. Ahora bien, cabe que haga un esfuerzo en definir cómo podemos llegar a una autoridad legítima en el acto del conocimiento y cómo hacer posible el diálogo, o más llano, la convivencia, terreno abonado a la malinterpretación y relativismo.

Hay dos cuestiones de enorme relevancia por igual pero que navegan en planos diferentes de la realidad, donde, en virtud de su separación, no son incompatibles. La primera es la sociología del conocimiento y la segunda la ocupa la epistemología. En otro campo, podría hablarse de la sociología de la ciencia y de la filosofía de la ciencia. El problema de las metafísicas afecta no al diseño de un método correcto, o su descripción, dentro de un ámbito del conocimiento concreto, sino a cómo aceptar la verdad. La verdad comporta poder, de influencia, que se ejerce sobre los que aceptan un aserto como verdad. Hasta la ciencia dura se legitima es su aceptación, no por sí sola, para lo cual, si alguien sólo y por su cuenta, siguiera un estudio al cual la comunidad le hiciera oídos sordos, aun en el supuesto que llegara a la verdad epistémica, no sería reconocida como tal. Por eso, el problema del conocimiento no es si funciona, o sirve, o es explicativo, sino si es aceptado bajo la debida consideración. En este punto es donde se evidencia el exabrupto inherente a toda metafísica creada en la propia cocina sin invitados. Una creencia infundada, al margen de la validez epistémica, puede ser compartida por hasta multitudes, pero no les otorga derecho ninguno a aplastar a los que no las comparten. Y si la impusieran sólo puede ser calificado con justicia ese acto como violencia. La violencia más allá de la agresión material al cuerpo de la persona se produce cuando un acto no es consentido, no voluntariamente aceptado. La única llave que disponemos los humanos contra la voluntad de alguien para aceptar algo es, sin duda, la imposición por la amenaza a sus bienes y cuerpo o a aquellas personas o cosas que más valora o agresión directa explícita. De esta suerte no es negable que imponer una idea sea violencia por el hecho que en ese momento se eluda la agresión corporal.

Pondré dos ejemplos ideológicos, y antagónicos por cierto, de violencia:

a) El Derecho Natural. Es el fundamento metafísico, normalmente, a través de Dios o de la Razón (especulativa) de los derechos o libertades individuales. Por muy afín que se pueda ser a la defensa de estos derechos es impropio, y hasta un insulto al fin de la defensa de los derechos individuales, el uso de la fábula o de la fantasía. Incluso para un creyente católico debe ser así pues su creencia será realidad para él, no para el que no la comparta donde justamente su derecho acabará ¡incluso para ser coherente con lo comulgado por el propio Derecho Natural!

b) El Marxismo. Creo que no necesita presentación por lo conocida de la doctrina filosófica de Marx. Bien, en el terreno normativo Marx, pese a su condición de materialista, no puede escapar de aludir a cierta metafísica porque ignora la voluntad de los individuos, los sujetos cognoscentes, para los cuales, no se puede aplicar la doctrina más allá de los que la suscriban. Es más, presuponer la lógica de las clases se rompe empíricamente cuando hay un desclasado. Es decir, aunque su análisis pueda ser valioso no puede ser la justificación de acciones violentas -que en caso de realizarse por el fin de la lucha de las clases, se dirían que no constituyen violencia porque son legítimas-.

Para terminar, se ha ver que la violencia está íntimamente ligada a la voluntariedad o consentimiento, en consecuencia, deja un hueco necesitado de relleno en esta exposición: ¿qué entendemos o supone el respeto a la voluntad? En este caso, por motivos de extensión, como al escaparse de los objetivos -más modestos- de este artículo, seré tanto breve como, espero, explicativo. La expresión de la voluntad constituye en sí un acto, que podemos categorizar como acción humana, y no distinguible en tanto acto de cualquier otro (un acto motor, cognoscitivo…). Hasta aquí fácil. La cuestión de fondo que se abre a discurso es la naturaleza de un acto, de un acto humano en concreto cuyas conclusiones repercuten en nuestro entendimiento de voluntad de inmediato. Un acto comprende un espacio y un lugar, además de una base material para actuar, así como se divide lógicamente en un fin y medios para llegar a él. Sea pues el propio cuerpo al cual corresponde íntegramente el gobierno por su propia persona -voluntad-, como aquellos medios materiales que le son reconocidos -propiedad-. De una manera simple se puede ver: cuando alguien pide prestado algo, en ese mismo instante, reconoce la posesión de la persona sobre su cuerpo material como la propiedad de aquello que pide prestado. Actuar contra el dominio legítimo sin autorización voluntaria de la persona sería violencia. Está claro que la frase el fin no justifica los medios cobra más sentido y vigor que nunca.

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