Cárcel de palabras

No existen preguntas sin respuesta, sólo preguntas mal formuladas.

Los vampiros, seres temidos por su sed de sangre humana, sus furibundos ataques y despiadada existencia, tienen un efecto hechizante en mucha gente y hasta a veces la literatura los convierte en los buenos de la película. Sus enemigos naturales, hombres-lobo, licántropos, consuman el paradigma de la doble personalidad, de la paranoia, controlada, eso sí, a los días de luna llena. Todo ser sobrenatural cumple con la máxima de poseer puntos débiles por los cuales su vulnerabilidad alumbra esperanzas de reducirlos. Los dos se han aliado con la raza humana, más débil, en un acto de tolerancia o, quién sabe, de simple soberbia. Un protectorado por enemistad con la otra facción poderosa o una forma de ganarse el trofeo al mejor tirano, el que contenta a su pueblo pese a sus fechorías compulsivas. Sin olvidar el amor esquivo a la vida al límite, con innumerable suma de riesgos pero con dosis interminables de cargas emocionantes. También se vislumbra entre ambos, el tan frío como inconfesable deseo de sufrir el síndrome de Estocolmo. Donde la pleitesía al poderoso comete es correspondida en su máximo grado de arrogancia, la sumisión voluntaria.

Las historias de ficción aparejan sentidos difícilmente explicables y cuya interpretación se antoja como un crucigrama irresoluble en un idioma exótico. Sin embargo, no se puede dudar que guardan similitudes inevitables probablemente, porque muestran todas las flores, de todos las clases y especies, que es capaz la humanidad de fabricar entre sus individuos. Aunque la posibilidad de repetición de un genoma humana corresponde a un número mayor que el total de átomos en el universo según se estima, salvando a los gemelos homocigóticos, los rasgos humanos son más contables que las infinitas combinaciones de altura, peso, aspecto, timbre de voz, color de ojos… Una misteriosa regularidad perturba al afectar a casi todo, inundarlo con unos denominadores comunes de compleja descripción, y aun así, de indudable y cierta existencia. La clasificación es inmune a los ataques de las nuevas novelas, del nuevo cine y cuánto sea que pueda narrar una historia. Una inmunidad que consiste en la nada modesta posibilidad de indicar una etiqueta a todas y cada una de ellas. A todos los personajes, a todos los hechos, incluso al ritmo de los acontecimientos.

Quedan respuestas sin resolver. Quizás. O quizás sean preguntas mal formuladas. A buen entendedor breves explicaciones le valen, pero ¿qué pasa con el preguntador? Claridad y concisión también debe. Hay cuestiones llevadas por el viento y otras que navegan izando la bandera como interrogante en alta mar. A veces una buena pregunta es saber cuál, o cómo, formular una buena pregunta. Esa es la base que con suspicacia manipula la base de toda respuesta. Una pregunta en el momento y lugar oportunas puede provocar un estímulo tan sutil como penetrante a la hora de invitar a una unívoca respuesta. Prueben a preguntar lo mismo pero con distintas palabras.

Aquella digresión versaba sobre la labilidad de este lenguaje a la hora de adentrarnos en el conocimiento real de lo que somos, seremos, hemos sido. Una oración bella mueve más que una minuciosa e incisiva frase. En este sentido no veo por qué no afirmar que somos presos de una lista de vocablos bien escalonados en lo llamado como gramática, cuyo poder en manos de algunos dominan como criaturas sobrehumanas a todos los demás, incapaces del análisis básico o de percatarse de la crítica al sentido que respalda toda palabra. Un síndrome de Estocolmo de lo más extraño. Una resistencia a salir de las líneas escritas, convencionales, enlazadas por la gracia de la tradición, y en donde sus líderes aprovechan su innato poder de dominación. No espero que nos comuniquemos telepáticamente porque no es posible, no espero que con convirtamos en máquinas sin corazón ni expresión alguna. Simplemente espero una rebeldía a la hora de hablar con palabras para referirse a palabras o hablar con significados usando palabras. Un pozo hondo distancia lo primero de lo segundo, pero también un trecho cuya travesía no estriba en su brevedad, para quién haya sido preso del mayor ente de dominación. No existe discurso que hile graciosamente los anhelos de los perdedores con el de los ganadores como iguales, existen discursos que hacen de las condiciones fatales un orgullo falaz que protege los numbers one de someterse a competición de nuevo, y de nuevo otra vez.

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