Espada y pluma

Las espadas narran sus historias escribiendo en sangre. La pluma deleitaba con su peculiar tinta a escritores embaucados en su elegante proceder. Los objetos que cuentan historias por sí mismos. También hay lugares, de esos que se añoran, de esos sobre los que se ha vertido sangre en batallas o tinta documentándolos para la posteridad. Para todas estas cosas basta la palabra sea como esté simbolizada en un trozo de papel cualquiera, que siempre será un botón a viajes ensoñadores para aquellos que atesoren su experiencia.

Me gustaría caminar en una senda en donde no se cruzaran ramas espinosas, con pinchos, o estuviera exento de dolor para no tener que driblar por sus resquicios libres. Reconozco que mis intentos de realizar esta fantasía han sido ponderados hasta destacar su inutilidad total. No puedo ser inmune a las formas punzantes que se me presentan, que inevitablemente me veo obligado a plantar cara o sufrir las peores de las consecuencias. Aun así es reconfortante pensar de vez en cuando lo contrario como dosis de optimismo ilusorio, pero no menos sanador, que permite esclarecer las estrategias para conseguir el santo grial a buscar. Antepone un norte en el caos y convierte una sucesión de obstáculos en una intermitencia de logros, sueños y dolores llevaderos. Especialmente cuando lejos te encuentras.

La época de los enquistados pensamientos al  aire se los llevó el viento porque cuando es tu turno no hay que pasar palabra, sino actuar como se espera, no lo demás de uno, más tu propia conciencia sobre ti mismo. La atmósfera se  torna pesada, austera, plúmbea de colorante de la imperenne vitalidad.

Trabas a mi libre arbitrio me has impuesto,

abstrusas torturas para un alma perdida.

Me recomiendan olvidar pero yo he querido esto,

alumbrar lo imposible con un táctica urdida.

Raída la servidumbre que no desearía al resto,

abatimiento ni frustración romperán mi suerte merecida.

La salvaguarda de la cordura la encuentro en la disciplina más estoica que jamás he conocido. Un ancla de notable peso que me exime de la capacidad de ser conmovido con el azote de la marea. Mantengo firme la posición como si me fuera mi en ello. Como si considerara este taponamiento de mi libertad un precio a pagar; que al mismo tiempo realimenta un reto y un anhelo. Se parece a una conspiración interior por esclavizar el cuerpo a los designios más arbitrarios y espurios que una mente traza en la lista de sus caprichos.

Cuando rompes la baraja, cuando invitas a la entrada a tu casa a los desafíos, cuando te deshaces del miedo a la cadena perpetua, no esperes retornar al punto de partida. Cuando lo pienses y abras los ojos verás lo lejos que queda, no en el tiempo, sino que tus manos ni extendiendo al máximo los brazos, podrán siquiera rozar lo caído al pozo… de los olvidos. Este es el paseo por las dificultades que merodea en mis reflexiones. Este es el que lleva la rivera del río, comenta en un parque, sobre su cesped, la ignominia de centenares de kilómetros sobre los cuáles volar. Éste es el que carcome con vistas a ambos lados de una ciudad grandiosa, enorme, cosmopolita, como el mejor lugar donde perderse. Allí donde las posibilidades de ser reconocido disminuyen al margen de lo posible pero improbable. Allí donde las espaldas han curtido una robusta historia en las manos de miles de hombres y la pluma ha derramado más tinteros que en ningún sitio. Ahora me siento heredero precisamente de esos dos instrumento de lucha, pero también de arte. Es la sensación de una responsabilidad de la que no puedo desembarazarme al adquirir y he de rendir cuentas porque el que la escogió fui, sí, fui yo.

Así estoy entre anhelos y tomando música como comida para calmar ansiedades. Desde el remoto lugar por insignificante donde escribo, estilo una espada y pluma metáforicas pero no menos radiantes de eficacia. Corrosiva, peligrosa, de complejo manejo pero placentero uso para virar la realidad hacia donde yo la quiero ver; donde quiero verte. En mi tintero reposa mi sangre…

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