Los cambios no siempre son para bien

La idea de progreso, etiqueta de largo y amplio uso, muchas veces se corresponde con la urgencia de que, con el trascurso de los años y de las décadas, la humanidad tienda a ir subiendo los peldaños de una escalera hacia su mejoramiento. Esta escalada a veces se consigue como dicen, por medio de conquistas, otras por la tecnología moderna que nos dota del elenco de facilidades y comodidades en nuestra vida que nadie jamás habría soñado en la mayor parte de la historia de la humanidad. Sin embargo, no todo es una espiral ascendente ni todo progreso queda exento de crítica cuando se enfrenta a demostrar por qué se le debe llamar progreso. En este caso, consultando con una amiga, encuentro el tema para rellenar una entrada más en este espacio. Os cuento:

Una de las críticas más habituales que se pueden escuchar en repetidas veces a la juventud de hoy en día, y no precisamente por carcas de generaciones alejadas en el tiempo, es el inconformismo, la despreocupación, el egocentrismo quizás y aun la indisciplina. ¿Qué tiene de verdad? Apriori, toda opinión sobre el tema va ha estar manchada del juicio de su escritor y a su vez su lector la regará de la pericia de su interpretación. Esto es evidente cuando casi todo versa sobre percepciones personales y no sobre hechos concretos, objetivos, mensurables y evaluables con la precisa matemática. No obstante, no socava el hecho, pese a las dificultades, que pueda alumbrar algo de interés dentro del cajón de la crítica social, manido rincón donde depositar los zumbidos de lugar donde vivimos. Ahora bien, datos apuntan a que el inicio en el consumo de drogas en más temprano, tanto de alcohol como las ilegales pese a que la crisis económica ha moderado los consumos. El número de ni-nis, ni trabajan ni estudian, se ha incrementado. Cierto es, por una parte, la enorme dificultad por encontrar trabajo; pero no es excusa para poder formarse, huir de este asolado país en busca de aventuras o rebuscar debajo de las piedras algo que muchas veces… ¿Y por qué no? El autoempleo. Dentro de las aulas es consabido el incremento de la indisciplina, carencia de respeto y muchos excesos producto de los tiempos o… ¿este es el resultado de los mimos, la educada irresponsabilidad, el ‘todo vale’ o, como corona de espinas, el ‘ola k ase?‘.

Otro punto es el juego. Eso tan propio de niños y de no tan niños. El idealismo, la inocencia y, eso, cositas tan monas. Al margen de la dominación de los videojuegos de la infancia suplantando los juguetes tradicionales, parece haber una pubertad más acelerada y niños y niñas de 12 quieren hacer como los de 15 cuando tres años en aquella etapa de la vida es más que un mundo. Parece notarse un incremento de la violencia, puramente física y también la sexual. Normalmente se suelen vertir las culpas en la exposición de videojuegos y películas violentos cada vez más sangrientos entre otros. Hasta cierto punto, por supuesto, todo lo que vemos, percibimos, etc. nos influye. Los procesos de socialización han subvertido su dirección hacia algo ignoto ahora, impredecible del todo, y quizás escalonadamente desadaptativo.

A mi modo de ver, es el nihilismo más profundo el que ronda por la sociedad en estos días de hecatombe, pero también en los días de felicidad pagada a crédito. Es la filosofía del pesimismo relativista, que valida casi todo atropello porque las cosas son así ¡qué le vamos a hacer! consigue volcar las responsabilidades en los demás. Son siempre todos menos uno y algunos propagandistas de nuestro compungido determinismo hacia ser, en palabras de Hobbes: “el estado de naturaleza, el principio, un estado de todos contra todos, que hace que la vida humana sea solitaria, pobre, fea, tosca y corta”. Él se refería a la anarquía, creo aquí análogo a la anarquía de valores. Los jóvenes, apuntan las encuestas, son casi apenas participativos en asociaciones de todo tipo y se preservan de la vida social en una especie de egoísmo hedonista. La falta de perspectivas laborales que tradicionalmente ha respondido al ¿para qué estudiamos y perdemos este tiempo? corrobora la tendencia mencionada. Si no hay nada que hacer, no te dejes la espalda en tan arduas tareas y disfruta, que esto es breve, carpe diem.

Para no confundir al lector, no se trata de regresar a estrecha y estricta moral tradicional, ¡ni allá lejos! Pero no obstante, el estado de radical dependencia (falta de independencia) económica conlleva un parasitismo encumbrado, encima, como ideología. Reza así: Que me den todo, que es que no puedo. Por otro lado, los valores que en encuestas recientes los jóvenes españoles han refrendado como son, por orden, los amigos y la familia, se distancia del progreso individual en el trabajo y el dinero por ejemplo y por paradójico que parezca ¡que le pregunten a los americanos sobre esto ja, ja! Cabe esperar un estancamiento social de la productividad. Otro lazo de interés recala en las contradicciones debidas al aleccionamiento público en cuestiones como la ecología, la igualdad, etc. que si en la práctica son verborrea habitual de todo discurso medianamente serio, de espaldas murmura un “haz lo que digo, no lo que hago”. Esta es la falta de implicación que detesto personalmente. En un entorno más personal la superficialidad acampa a sus anchas, creo que más que antes, y con suficiencia. De primera mano he sufrido el no sentirme nada valorado no por mis esfuerzos, sino por la endivia tan corrosiva a todo aquel que se desliza fuera del pasotismo reinante.

Finalizo con un breve comentario a la simplicidad de las cosas. No son necesarios tantos datos ni tantas mierdas que vienen a confirmarnos lo que nuestros ojos presencian y nuestros oídos advierten. Ir a su bola es el modo de vida más extendido; las aptitudes buenas se rechazan y deben ser escondidas y camino se abre complejo entre lo simple de la vida de siempre, de los niños que juegan, de los adolescentes que hacen el capullo a tiempo parcial y los jóvenes adultos que hacen sus pinitos en un mundo complejo, competitivo y exigente, hacia una infantilización prolongada en un estado de crisálida eterna o de cáscara que no termina de romperse. Para nostálgicos: ¡menudo mundo de Metapods!

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