Épica

Loneliness be over
When will this loneliness be over

Encima de una cumbre sobre un pináculo de roca al natural, con toda la crudeza de la madre naturaleza, se alzaba una especie de monasterio, de pequeñas dimensiones pero de belleza extraordinaria. Alrededor le amparaba una zona de basta foresta, frondosos árboles que tamizaban de verde la roca madre debajo, con ramas casi infinitas cruzándose como los chorros de los aviones en el día de actos festivos por la nación. El vergel albergaba además un aura espiritual de difícil definición que sobrecogía al tiempo que el inexperto correcaminos ascendía los caminos por el monte ¿Es el paisaje el que embriaga o todo es obra del aire limpio que se respira?

El sendero comprobaba su aspereza en sendas rocosidades, abruptas como tan peligrosas aberturas a la nada, con barrancos de bienvenida a los laterales y raíces de viejos árboles como único adalid de una salvación ante una posible desventura. Es espeluznante, emocionante a la vez. No deja indiferente, no puede. Ni el más ávido de los exploradores de este mundo puede detenerse inmune ante desafíos interiores tan potentes. Si así fuera, debería dejarlo, quedarse mejor en casa. Todo el mundo sabe que uno no viaja a los cinco continentes por vicio, sino por pasión…  El frío convenía en reunirse a su hora de siempre, en la temprana mañana con los restos del amanecer y la rémora de la larga noche. El equipaje no abundaba en los excesos, austero, valiente, quizás. Ese es el panorama, o era.

Aun no he contado por qué escala a este asolado lugar, remoto, pero del que caí enamorado ¡si es que pudiera ser víctima de ese sentir! La lejanía tiene su lado atrayente. No es lo mismo que la huida, ni asoma ningún escape de alguna escabrosa situación. No es mirar hacia otro lado ni dar la espalda. Es un acto de fuerza de mantener la firmeza hasta en la lucha contra la angustia más profunda. Es dar la cara hacia uno mismo y demostrar que si de algo es capaz es porque aun tiene la musa voluntad latiendo. No se trata, pues, del corsario del corazón atrapando ni escondiendo el botín en algún recóndito lugar, ni, por supuesto, se trata de la dama de la desesperación que invita a acercarse a los acantilados. No es la bienvenida, es cruzar de nuevo por un arco de la victoria y coronarse triunfador en la naturaleza, de donde ha venido el hombre en sus orígenes más salvajes.

La clásica carrera del correcaminos con el coyote siempre termina en una cómica llamarada de humor absurdo. Esto, sin embargo, resbala hacia la más seria de las pretensiones. Como la de responder a las preguntas filosóficas que siempre todo humano se ha hecho ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿para qué? Son lo caballeros ímprobos, que han pasado de la admiración a la abadía del deshonor los que emprendían el camino. Pero no solo ellos, mal ejemplo, peor figura. También los hombres que han desafiado las leyes de lo posible y buscan un nuevo reto. Los que cometen la satírica huida del mundo sensible por lanzarse de púa en la más espiritual de las piscinas. Los que rechazan el castigo de vivir incomprendidos o son habitantes de la soledad. Allí donde crece, brota y deslumbra.

Porque todos ellos son los pírricos perdedores de la batalla, una cuyas heridas las llevan a cuestas melladas en el cuerpo o injertas en la mente. Son los que se han atrevido conceder la posibilidad de errar y han terminado sucumbiendo en el descuido o en la negligencia. Son los que han armado el caballo y han caído al galope por una flecha inexpugnable. Son los que no tuvieron derecho a reclamar cuando el mundo se les venía encima y el dios Atlas cejaba en su tarea de no dejarlo derramar. Todos ellos, en verdad, han perdido a alguien. Pero dudan si se han perdido ellos mismos o a otra persona. Es un dilema que esta realidad presa de tres dimensiones no permite resolver. El candado de la verdad permanece en eterna hibernación, y no va a cambiar.

¿Un final? Épica. El correcaminos es cazado por el esforzado coyote. No hay bromas, no hay chiste, no hay vuelta atrás. Así son los finales tristes. Sólo queda buscar la paz y reconciliarse con uno mismo allende el mundo de los mortales.

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