Por qué no soy liberal

Hablar de liberalismo es como hablar de casi, en su integridad, de la política en sí, porque su amplitud es tan enorme, como la literatura que lo respalda, que sería insondable como por mi parte pretencioso conocerlo entero. Por eso iré focalizando donde encuentro los problemas y los conflictos que quiero resolver y de donde, al final, obtengo como conclusión en firme: no soy liberal.

***

El primer liberalismo, que es al mismo tiempo el más popular, que quiero comentar es el político, el liberalismo político. Comprende todos los objetivos de ahondar en los derechos políticos bajo la democracia en la cual todos los hombres y mujeres, al mismo tiempo ciudadanos y ciudadanas, puedan participar en el gobierno y elegir a sus representantes. Presenta, además, una clarificación de los poderes del estado -que no perderé el tiempo en enumerar ni describir- con el fin de separarlos y crear un respeto, antes de nada por la soberanía popular, después por los derechos fundamentales de los ciudadanos. El liberalismo político es el padre de la democracia liberal en la vivimos en occidente y que tiene por antagonismo a los regímenes autocráticos, reprobables y deleznables. Por otro lado, muchos autores han fijado que el liberalismo en su íntegra expresión tiene su lugar natural en la democracia de tal manera que no hay liberalismo sin democracia y no hay democracia sin liberalismo.

El segundo liberalismo es el económico, mucho menos popular, y mil veces vilipendiado por presentar como modelo el capitalismo. Las economías modernas se abrieron históricamente a los cambios científicos y tecnológicos, así como los aumentos de riqueza consecuentes por medio de la libertad económica, antes seriamente restringida en el antiguo régimen. Consiste básicamente en la tenencia privada y libre de los medios de producción y los bienes y mercancías; así como exige de la más mínima intervención pública en la economía. Dicho esto, pues, liberalismo económico es incompatible con altos impuestos, con privilegios económicos, con concesiones administrativas arbitrarias, con el compadreo con los políticos para obtener favores graciosos, etc. En la actualidad, ciertamente, no hay liberalismo económico, o si acaso se puede conceder que existe en pequeña y controlada dosis. Vemos como la Administración Pública controla más de la mitad de la economía, regula el uso de la propiedad y privilegia con derechos económicos a empresarios, banqueros, algunos sectores de trabajadores concretos, etc.

Por último está el liberalismo real. El liberalismo real es el que se aplica con tal nombre, el que asocia la teoría con la práctica, el que compite con el marxismo real o con el socialismo real. Mientras que los modelos teóricos muchas veces son complicados de discutir por dificultades inherentes al escrutinio del valor simbólico del lenguaje, sus entresijos y trampas, la realidad admite la comprobación empírica de si funciona o no la teoría. El liberalismo real tiene además una historia que contar desde que se empezó a aplicar en los tardíos años del siglo XVIII o del XIX según el país. El resultado no es uniforme desde luego pero cabe sintetizarlo en breves líneas: ha supuesto escapar de las economías del áncient régime donde predominaban los monopolios y privilegios a grupos concretos y ha permitido la modernización económica, la movilidad, el progreso, etc. Antes bien, su devenir ha sido dramático porque su acción no ha consistido más que en la coacción, aquello que tanto ha repudiado la teoría, como la expropiación de tierras comunes para individualizar sus propietarios; privilegios a las industrias para que su contaminación aun perjudicando a terceros saliese gratis, reprimir muchas veces la capacidad asociativa de ciertas capas de la población así como, una vez permitida, canalizarla en aparatos diseñados ex proceso por el poder. Ha supuesto rupturas en los modos de vida abruptos y causa de anomia social en muchas ocasiones. Ha creado el estado moderno, sus administraciones, pulido la recaudación de impuestos, roto las costumbres de los lugares por imposición y otras maravillas. Más en la actualidad ha perseguido la expansión ilimitada de crédito concediendo privilegios a los bancos y ha creado un frenesí por la producción tan exacerbado que ha olvidado que el homo economicus solo era un constructo teórico, no real, del ser humano. El liberalismo moderno se ha tecnocratizado.

Ahora queda decidir entre el mal menos malo y el bien hipotético y responder a ¿de verdad el liberalismo se ha aplicado bien? Es decir, igual que suele ser común preguntarse sobre si el marxismo se ha aplicado bien o si en verdad lo que falla es la misma teoría, habrá que hacer el mismo ejercicio de honestidad con el liberalismo. Mi conclusión determina que el liberalismo es imposible. El liberalismo ha creído en un ser humano con capacidad de limitarse a sí mismo su ambición por el poder y su capacidad autojustificatoria de casi cualquier acto. Ha supuesto mal que somos, o podemos ser, imparciales, y ha dimitido en explicar por qué hay contratos como el contrato social que son válidos cuando no los he consentido. El estado, así como su legislación, expresa las relaciones de poder en la sociedad en donde los bloques ideológicos, religiosos, económicos y de todo tipo influyen sobre toda decisión del legislador, que en falso nombre del pueblo, gobierna parcialmente, siempre valorativamente, debido a que no somos seres omnisapientes ni robots lógicos, sino seres en poder de una riquísima subjetividad, donde nacen bellezas artísticas y las motivaciones más nobles como los demonios más satánicos. Dicho lo cual está claro que en España los liberales progresistas o exaltados del XIX destruyeron las instituciones tradicionales que cohesionaban la sociedad española de un modo aterrador y rupturista, así como los liberal-conservadores fueron tan ingenuos como para, primero, aceptar esas rupturas, como para también frenar todo desarrollo económico en un marco internacional y plural. Eran burdos intervencionistas en la práctica que inundaban con hipotecas a la gente, como ahora: la hipoteca de la deuda pública. Que no pararon de subir los impuestos y el saqueo no se estrechó nunca, sino que aumentó exponencialmente en la medida de las posibilidades del mismo. La más gloriosa aplicación del liberalismo fue perpetrada en los Estados Unidos de América donde fue todo tan brillante como incompleto por el caso de los negros, como pronto manchado por el nacionalismo económico, proteccionismo, y toda una suerte de incipientes intervenciones por la libertad pero que al tiempo cavaban su tumba.

Del neoliberalimo de los 70 y 80 y sus posteriores seguidores, cabe decir que lo único salvable ha sido su discurso que no la práctica. Aunque ha sido algo de los menos malo, no deja de poseer con justicia ese epíteto (malo) que dicta alejarse inmediatamente de todo lo que toca. De las contradicciones de los gobiernos tecnocráticos platónicos con la soberanía nacional democrática, liberal-política, de los estados, con la UE ni hablo de tamaño despropósito que hila fino en la más irreverenda como insana senda hacia el manicomio, ¡pero bajo diagnóstico de megalomanía! La democracia liberal ha parido dos monstruos infames aunque con bellas teorías y narrativa a sus espaldas: el estado corporativo de las grandes empresas con el estado (y bancos) en mitad de organizaciones internacionales como la ONU, la UE, la OMS, la OMC, el FMI, etc. Se trata del paraíso de homogeneizar y etiquetar a la raza humana hasta convertir nuestra dignidad y libertad en un número (sanitario, del DNI, de la educación, o miembro anónimo de millones de estadísticas). El segundo de los monstruos es el más amable: El estado de bienestar. Es una estructura clientelar donde se convence a la gente que sin él (y sin pagar lo que cuesta) no tendríamos más que miseria cuando por la puerta de atrás refuerza el aparato opresivo del gobierno corporativo antes descrito. El estado del bienestar vende igualdad a cambio de la dignidad y libertad humanas; asume el papel de obligar a qué educación recibir, a qué servicio sanitario acudir y qué pensiones (y cuando dejar de trabajar) recibir. Por supuesto, los intermediarios públicos como privados de éste se forran por el bien común y, para que no cante demasiado, al sector privado se le oprime vía regulaciones para que no puedan ofrecer buenos servicios e impuestos para que sean más caros. Así hasta parece que el fruto del expolio y el robo es bueno, o sea, legitima el estado bienestar que, a su vez, oculta el estado corporativo. Pues bien, los partidos llamados liberales defienden ambos, véase el PP, el FDP en Alemania, los liberal-conservadores de todos los países, y hasta los liberals americanos o ingleses. Curiosamente, los partidos socialistas o social-demócratas solo defienden el estado de bienestar y no el otro así que por lo menos de discurso son mejores.

El liberalismo como pregona la teoría es un error, no tan horroroso ni allá lejos como el marxismo por supuesto, pero a fin de cuentas un error a superar. En los últimos años el liberalismo es el error que cimenta el odio a la libertad, la desconfianza hacia la acción no planificada por una autoridad y el abuso asimilado con sonrisas y alegres cantos de los gobernantes y allegados a los ciudadanos. Se ha convertido en un motor de destrucción masiva de las ilusiones y de las aspiraciones más justas de los ciudadanos. Ha conseguido desmentir la máxima que predicaba que la democracia y la libertad son hermanas, así como que el liberalismo es posible solo en democracia. Pues bien: la democracia es lo contrario a la libertad, porque el gobierno colectivo sobre la propia vida de cada uno como si yo (y usted) perteneciera a otras personas y todos fuéramos esclavos de todos al mismo tiempo. Es ridículamente patético pensarlo. Y en cuanto al liberalismo que solo puede sobrevivir en democracia, tampoco encuentro nada cierto en este aserto porque el liberalismo es, así de claro, imposible. Mi lector, abrumado por la cantidad de desvaríos que está absorbiendo, se preguntará por qué pienso yo que comprende la democracia. Yo le respondo: la democracia implica una dialéctica de órdenes colectivas y de órdenes individuales. Lo que disponen los representantes o lo votado en referendos vs. lo que usted cree mejor para usted y hace en consecuencia son su vida. El desenlace es una lucha sectorial, intervenciones mediante, de todos los sectores públicos, entre oprimidos y beneficiados, saqueados y privilegiados. Un juego que incapacita a la estabilidad y que promueve el conflicto ante la inminencia de la sed del poder. La social-democracia es la teoría que más se ajusta a la suma de los dos factores en pie de guerra: estado de bienestar y estado corporativo; con la crítica que lo que les liga no es el antagonismo sino la codependencia.

No soy liberal porque quiero la libertad.

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