Los monstruos del Bien

Se oye habitualmente alguna frase como la de “esto lo deberían hacer…” o “aquí deberían actuar ya”. Muchos debería lanzados al vacío como muestras de la injusticia que se palpa por los sentidos. Esa injusticia que se define por el sentimiento de aflicción que crea en el observador, de la indignación y que rememora el lado más oscuro de la imperfección humana. Por eso se sermonea con los debería. Sin embargo, el profeta de los debería y de la indignación es el que comete el pecado más capital, el de ignorar la llamada al deber que reporta a los demás. Es la persona cuya sensibilidad se conmueve con los accidentes ajenos y se avergüenza de la desidia de la sociedad donde habita por el terror de la imperfección y que, al mismo tiempo, es el contribuyente a la causa del mal más enconado. Porque él, ávido en detectar el mal gusto, lo aborrecible y reprobable es el que mira hacia otro lado y exige a personas que ni conoce, como si éstas estuvieran dotadas del don de la omnipotencia, el deber ineludible de actuar para subsanar el daño.

Yo pregunto ¿quién te ha ungido con la autoridad para dictar órdenes e imperativos a los demás? ¿Por qué tu tiempo no se puede desperdiciar en arreglar lo que tan velozmente reclamas como malo? ¿Quién te ha dotado de la importancia tan extraordinaria de velar por encima de los demás, o de estar por encima del bien y del mal? Lloras por la irresponsabilidad social del resto de los mortales porque tú sí tienes la iluminación de saber qué han de hacer y como tal tú, alma inquieta, estás exento de ello. Dices que es indigno el trato de una persona con otra que con buena voluntad no sólo denuncia sino actúa para con otra persona, cara a cara, de forma humana. En cambio, reclamas que lo digno es que una especie de ente impersonal pero formado por otras personas, se haga cargo y redima tus dolores de conciencia. Ese ente que el único conocimiento que tiene de ti es tu DNI, que legisla a todos tratándolos como números, e irremediablemente nunca es lo suficientemente bueno para saciar todas las denuncias que hieren los sentimientos ajenos.

***

Es hora de una transmutación de los valores. Porque la responsabilidad para con los demás no reside en el aire, ni en Dios, ni en la Autoridad. Nace en uno mismo en el mismo momento que has descubierto que tu vida discurre junto con otras personas; en el mismo momento que te percatas que tu interés personal a veces choca con el resto. En el mismo momento en el que percibes las limitaciones humanas pero simultáneamente cobras el sentido, como deber, de mejorar como persona. Cuando entiendes que no puedes exigir aquello que no cumples. Porque se predica con el ejemplo. También es el momento en que contemplas tu libertad como una responsabilidad porque si no lo haces tú, nadie debería hacerlo y muy probablemente nadie lo hará. En ese instante buscarás las respuestas a tus inquietudes en la razón, no en las sensaciones porque bueno y maravilloso es todo aquello reflejado en la gran pantalla de la imaginación, no así, realizable, y sobre todo ¿por quién? en este mundo.

¿Qué es la ilustración? No es más que la libertad. Cuando el ser humano es dueño de sus actos, responsable inmediato e irrevocable de ellos, en honor a su mayoría de edad de la que se ha visto privado por siglos y siglos. Es cuando reconoce el ser humano que no existe quién ni en el Cielo ni en la Tierra que ampare tu ignorancia ni te revele el futuro. Es, así mismo, un instante trascendental en que la carga de decidir sobre un horizonte de incertidumbre inerradicable es inaplazable y nadie le librará de ello. De esta fábula el cuento de ceder tus decisiones, hasta las más difíciles al bienhechor de turno, se torna como el error más inconsecuente de todos los posibles. Porque esa persona también se enfrenta a las mismas tesituras que tú, no escapa de la incertidumbre ni va a ser más preciso en decidir de lo que tú puedas ser capaz. Libertad es estar-en-el-mundo. Es tocar la realidad cuando no sabes si va a ser al tacto una agradable almohada o una espinosa planta o áspera superficie.

También comporta una de las más complicadas cosas que aceptar: que los demás también tienen libertad. Por eso la libertad reconoce la finitud, la parcialidad y la conmensurabilidad humana que representa como un prisma del cual solo participamos en una de las caras siendo ignotas nuestros ojos, como a nuestro control, el resto. El debería desciende de ser un mandato general a una máxima con la que trabajar y actuar en primera persona. El debería pierde su razón de ser para convertirse en un debo. Nos debemos a nosotros mismos en primer lugar, luego a nuestros semejantes o el prójimo como suele decirse. No cabe más remedio que apartar los absolutos e impartir prioridades, prelaciones de valores, ¿qué tiempo he de dedicar a esto o lo otro? ¿Cuánto esfuerzo debo realizar para este fin? y antes de nada ¿qué debo hacer?

Por último, la equivocación pasa de un mal a ser un neutro punto de inflexión de donde reflexionar en dirección al acierto. El error es el aprendizaje que recompensa la motivación para buscar lo cierto. El miedo a la equivocación ha de desaparecer y por supuesto no debe asociarse tan maliciosamente el error con la injusticia porque entonces estaríamos presuponiendo que siempre somos injustos porque no podemos dejar el vicio de equivocarnos debido a nuestra imperfección. La justicia, pues, no tendría sentido más allá de una idea irrealizable que convendría en el escepticismo más acérrimo. No. La justicia es el cumplimiento de la norma que ha sido pactada por voluntades; y como tal, si ha sido consentida. No es una equivocación fallar al cumplimiento sino un acto de despreocupación, poca diligencia o deliberio con mala fe.

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