Meditación

Creí, hasta ahora que pocos son los locos que se preguntan acerca de por qué estamos aquí. Bueno, pocos son los locos que expresan abiertamente eso. En realidad, me constan pruebas más que de sobra como para responder todo eso y más. Véase la enorme producción literaria acerca del tema y, si no, cualquier expedición intelectual en cualquier religión. Pero si bien no tiene éxito como conversación de bar, tiene cierto éxito en el interior de los casas, cuando una persona goza de cierta soledad.

***

Lo vi saliendo de la una honda cueva. Erguido y con paso firme, no marcial, pero recto y elegante. Sus pisadas dejaban una huella casi espiritual en la adusta tierra que rodeaba estas montañas, muy seca, pelada, parda hasta la extenuación de los sentidos. Y así es. Lo vi salir de allí como casi todos los días. El enigma inconmovible me suscitaba una curiosidad, como una especie de magnetismo, que animaba a ir allí y verificar justo a la hora que, efectivamente, estaba, y salía. Yo siempre oculto, normalmente me encaramaba a lo alto del lomo del monte, tras unos pequeños árboles de los pocos que por la altura crecían.

También indagué en el interior de la caverna. Con el amanecer cobraba algo más de luminosidad el interior por la llevada en mayor cantidad de los rayos del Sol. A pesar de eso llevaba una lámpara que iluminaba apenas, pero que servía, que no es poco ni despreciable. El aire cavernoso era realmente húmedo y frío. Las paredes se mostraban como las de un túnel, angostas pero con el suficiente ancho para ir desahogado a pesar de las estalagmitas que brotaban del suelo. Tenía cierto aspecto arcilloso, pero escondía cierta porción de cristales de yeso, blandos, pero que daban un trasfondo de prototípica cueva. Oía además caer algunas gotas de agua pero en el fondo podía distinguir lo que parecía una caída de agua.

El rumor del choque de ésta con las rocas bramaba por todo el canal donde avanzaba ojo a visor. Tendría que haber en la desembocadura del pasadizo algún final en una suerte de ensanchamiento, un río subterráneo, una cascada, probablemente. El ruido no dejaba lugar a la confusión. En cierto sentido podía sobre alerta, porque igual podría haber algo inesperado, misterioso. Mi pensamientos me delataban como novato en expediciones aventurescas. Era más de la vida tranquila en el pueblo. Curtido en el arte de la agricultura, y más de tierra firme a la luz del sol que de trasnochar en búsquedas de santos griales.

Ese toque de novedad impregnaba lo que para mi estaba siendo una auténtica experiencia. Aunque no dejaba de tener en mente que el objeto de todo era desvelar qué demonios, perdónenme la expresión, aguardaba en el fondo de la cueva y por la cual aquel hombre la frecuentaba como quién religiosamente acudía a misa. De todas maneras no podía escaparme de la realidad en el globo de la imaginación porque la tortuosa forma de la caverna no dejaba de requerir atención. Pequeñas piedras y filos, a veces los suelos se tornaban peligrosamente resbaladizos. Invitaban a una exhibición de patinaje. Algo que no me podía permitir si quería acabar ileso, sano y salvo.

El bramido del agua cayendo contra la roca se hizo ante mis ojos al término de una abertura que concedía una visión panorámica de un mar dentro de la montaña. La cascada provenía de un afluente de más arriba y caía sobre un embalse. Ese mar, calmo ya, y solo perturbado por la sonora caída del agua. Quedaba poco lugar donde constatar la tierra firme. La luz tampoco me dejaba ir mucho más allá de unos pasos hacia delante. Mi campo visible era reducido. De repente, logré distinguir algo detrás de la cascada, como una silueta que transparentaba la cristalina agua. Intenté mover la lámpara para permitirme más luz… Se trataba de un hombre. Estaba en la parte posterior de la cascada, tras ella, escondido, en estado de quietud. Meditativo. En su mundo. Era como una isla pequeña que ocupaba de rodillas según conseguía vislumbrar.

Me puse nervioso en aquel momento. No deseaba ser visto. La extrañeza de aquel hombre me asombraba pero al mismo tiempo no me despertaba seguridad ninguna ¿Qué pasaría si me viera? Decidí regresar. Había visto suficiente. Había sido increíble encontrar ese remoto lugar, inesperado del todo, desconocido desde luego. Sobre todo saber que siempre hay alguien donde menos lo esperas, en lo que menos esperas.

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