La conmoción de tener que elegir

El pensamiento sociológico empieza con personalidades como Saint Simon, Max Weber o August Comte. Su definición es tan concisa como abstracta, una ciencia sobre lo social, en resumidas cuentas cualquiera que mastique detenidamente este significado podría incluir prácticamente todo. Y así es. Fue, de hecho, Comte el que profetizaba la “nueva religión” y que esta nueva ciencia positiva sustituyera al mito, la teología y la moral y la política que siempre habían tenido su ground en el gobierno de la sociedad. Por otro lado, si bien persiguiera el estudio de la sociedad también contenía indisoluble el afán de actuar para con la sociedad y producirlos. Antes bien, ¿cómo una ciencia positiva -o al menos pretendiendo tal orientación- podía producir una dirección ética? Este tema es más oscuro pero bien podría resumirse en clave de sol: la idea del Bien platónica asoma en el horizonte de la Sociología como ciencia como, en palabras de Rallo, constituiría una telocracia*.

No es sorprendente, pues, que los sociólogos amaran el antiguo régimen por muy sorprendente que parezca. En el antiguo régimen como bien Durkheim apuntaba, la solidaridad era mecánica y no orgánica, es decir, se producía por unos cauces dirigidos, consabidos y coactivos. En el capitalismo de laissez faire de la época, en el siglo XIX, dependía de las normas, de la educación, de las circunstancias, el que una persona aportara o se comportara (en el sentido más amplio) de un modo o de otro. De tal forma, la unidad de la sociedad, eso conocido como “cohesión social” se erosionaba y, por consiguiente, no era extraña que episodios de anomia, de disfunciones sociales o desviaciones emergieran con mayor frecuencia que en la guiada -y fácil- vida en el áncient régime. Durkheim además concebía la vida en sociedad como algo que precisaba de “disciplina”  en sus propias palabras, y por la fuerza del (supuesto) contrato social, más bien parecido al russeano, que no al de Locke.

Destilando estas palabras se esconde el miedo a la libertad individual y de cada cual pudiera perseguir sus fines según criterio personas en un marco de normas sociales que así, establecidas, simples y claras, permitiera a los individuos ese libre juego. Toman el riesgo y la incertidumbre como algo negativo hasta extremos del intento de erradicar tal “mal” cuando, podría decirse, es inherente a la vida. El concepto de solidaridad mecánica es per se un asalto a la autonomía individual y un punto a favor del autoritarismo. Primero, concibe la coacción como la forma ética de dirigir a los individuos y segundo, inevitablemente, para conseguir esto se necesita de una fuerte figura de autoridad con amplios poderes. En nuestro tiempo, el aporte por los impuestos alcanza cifras sobre el 50% de la renta del trabajador, dato que avala como el concepto está tan vivo como en la antigüedad con el menoscabo que la tecnología y la alta renta per cápita, a pesar de tal detracción, sigue habiendo gran libertad relativamente y el margen de actuación individual ha trascendido todos los imaginarios de siglos pasados para amplias mayorías. Antes solo reservado a los poderosos y más ricos.

Hannah Arendt era la filósofa alemana que pensaba en la elección como esclavitud y, sin embargo, no vislumbraba la obligación de seguir caminos preestablecidos como un problema, ni moral, ni vital en el desarrollo personal. En otras palabras, las aspiraciones emergentes de este tipo de pensamiento se encogen en la simple dicotomía de buscar el “rey bueno” que gobierne bien y huir del malo, el tirano, que no respete la armonía de la sociedad como organismo. No cabe duda, pues, del desprecio ilustrado de muchos pensadores, filósofos y sociólogos -ciencia preñada intencionalmente con este cometido-  hacia la libertad de los modernos o simplemente la libertad individual, la diversidad, la autorregulación, la escasa tolerancia hacia el error humano y su aprendizaje y desarrollos autónomos.

¿Conmociona tener que elegir?

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