El reinado

El conde de Ruritania, al mando de unos bastos territorios, prados bellos y simpares para el cultivo, regaba con despotismo la región. Su voluntad había de ser cumplida por encima de cualquier otro dictamen, más, en ausencia de rey, quedaba él. Inquilino de un reino convertido -o degradado- a condado. Pero oficialmente lucía su corona y se acomodaba en su trono de oro, en medio de una gran sala, enorme, de un palacio que hacía las mil maravillas del turista. Había despojado del espíritu de las leyes la zona. Hasta el extremo de ponerlas en mitad de un trance a la extinción absoluta, de tal suerte que calificaba su gobierno.

Uno de los pudientes cortesanos, ilustrado, y viajero voraz lector de bibliotecas yacía sentado en las afueras de una noble casa solariega. Algo informal para los cánones exigidos en la época, modesto si acaso, pero de espíritu imperturbable. Recibió con cierta irónica mirada al “rey”. Amigos, pero en parte. Solía pedir su majestad un relajamiento en las formalidades con los amigos cercanos, con ánimos, a buen seguro de mantener apoyos importantes o casi cruciales y determinantes.

– Veo que usted no pierde el tiempo nunca. Siempre atareado y cultivando el saber que en estos tiempos tan apreciable es.

– Gracias, señor. Sabe que mi vida versa entre estos estantes y los viajes, que sin duda, obedece a la comprobación de todo lo leído.

– Sabe que siempre me gusta que me cuente algunas de sus experiencias en lugares extranjeros. He tenido numerosas oportunidades de abundar por aquellos mundos pero el deber me lo ha obstaculizado casi siempre, y en otras, reconozco el confort de palacio, la calma y la ausencia de ruidos molestos o travesías peregrinas.

– Algo que no me puedo permitir – dijo Jorge abducido en un aura de misterio. El rey le miró inquisitivo a la sazón. No gustaba de intríngulis innecesarios, que tan malas experiencias daban, por lo general al menos.

– Explíquese amigo mío. – Admitió el rey en un tono entre solemne pero cordial y amigable, para no fruncir el ambiente.

– El conocimiento casi parece pensar por sí mismo. Vuela, no… Diría que no continúa sin cesar produciéndose, es como un manantial, como la fuente del río Alburios. Riega a su paso, y no cesa de hacerlo por los tiempos aun en los malos tiempos ¡y hasta cuando transporta sangre en las guerras! Dios no lo quiera, existe, sin embargo, conocimiento en todo, hasta en tales artes y en los de más allá.

El rey no se dejó obnubilar por los ánimos de su cortesano y fue directo – ¿Y cómo cree que podemos mejorar la situación de este pueblo? La gloria nos está siendo arrebatada y lamento no saber cómo retomarla para donarla a nuestros campesinos, nuestros comerciantes y todo el pueblo. – Ahora mantenía la atención con serio interés.

– Mi señor, con todos mis respetos, este pueblo ha sufrido… – le frenó en seco el rey.  Jorge tragó saliva. No sobraba. El rey removió su ímpetu para suavizar su expresión y cortésmente adujo – Mire, usted es brillante. Es de los mejores de todo el reino. Conozco ya de todo, sin embargo, su saber es inconmensurable para el resto de los mortales, sobre todo para aquellos que han de dedicar su vida a otros menesteres. ¿Entiende? No tengo tiempo, quizás tampoco la chispa ni al lucidez, pero en especial me arrolla el tiempo. Sea conciso. Jorge adulzó su prosodia, enderezada, prosiguió: como le decía, este pueblo ha sufrido, pero también se ha mantenido así por algunas malas decisiones.

– Malas decisiones… ¿malas decisiones?

– Así es. Estamos encerrados. No somos libres.

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