‘Chaospolitan’

Todo en este mundo se mueve, muta, cambia y fiel a su hiperactividad imparable, sigue un curso que al mínimo despiste perdemos toda referencia. Me recuerda a la diferencia de los antiguos griegos de cuando el caos parió al cosmos, y con ello la ciencia. Antes se creía que todo el universo se regía por designios ininteligibles, habitualmente en manos de divinidades azarosas e impredecibles, después se vislumbró que no, que había regularidades, leyes, reglas… Pero son tantas las cosas que casi su determinismo se queda en mera declaración, cuando se vive un auténtico caos, sobre todo en los temas humanos. Nosotros tan enlazados como cualquier objeto con las leyes de este universo y sin embargo tan impredecibles como uno de esos dioses de la antigüedad.

Esto es como la amenaza fantasma. No sabemos que pasará, unos hablan de la incertidumbre inerradicable, como un ente bipolar que intriga por su misterio pero al mismo tiempo contiene la semilla de aterrarnos con su caótica expresión. El ladrillo de la ciencia se basa en querer romper este muro que separa lo incognoscible de lo cognoscible. Y a fin de cuentas los resultados han sido con el paso de cientos de años, y mucho más acentuado en los últimos cien, increíbles. Se ha desafiado todo lo incierto con la doctrina de lo cierto. Se han rebasado las barreras de la imaginación, incluso de los visionarios más soñadores, con creces a lo largo del tiempo y casi hoy día ni podemos imaginar qué se está gestando para sorprendernos en un futuro que ya no es tan distante.

A pesar de todo echemos un vistazo al mundo, dividido, aun en países cuyos habitantes quizás ni saben qué es todo esto. Todavía nadan en las nubes de la creencia para explicarse este mundo que les ha tocado hostil a más no poder. Habitan en lugares que otros abandonaron hace más de un siglo o viceversa, habitamos un mundo con cien años de avanzadilla sobre el resto. El progreso llega, pero siempre lento, sin pausa, pero al ralentí, poco a poco, con cuentagotas. Las mentalidades no son ajenas a eso. Por eso siguen alzándose voces que no podría llamar con otro nombre sino es medievalistas, en honor a tan oscura época aunque tan prolífica como inspiración artística. Hablamos de la gran convergencia donde los retrasados en esta carrera exploran los medios de los avanzados, o aquel supuesto fósil que revive y ahora busca su lugar en otro tiempo.

Pero todo tiene su lado turbio. Ahora somos números que rubrican estadísticas. Al menos una parte de nosotros lo es. El resto, en la vida normal, esperemos no comportarnos como tales, como unos más que siguen distribuciones estadísticas. Algunos llegan a decirnos que somos meros consumidores, no personas, y ciertamente tenemos un componente de tales. Pero también somos personas pero solo al lado de quiénes nos concede semejante consideración. Más allá de ello. Aparte de la apariencia humana no hay nada más. La personalidad es algo que se gana con esfuerzo y en caso de no ganarla firmas su pérdida. Es un trabajo, éste, individual, costoso pero necesario. En esto no tenemos certeza por mucha teoría de la mente que haya. Aquí es donde los cálculos representan la inutilidad más absoluta. Donde las intuiciones ganan en peso hasta convertirse en casi juegos de azar con cierto truco, la maña en su manejo.

Vivimos en ‘chaospolitan’. A pesar de la ciencia del cosmos y la desdivinización de la vida.

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