Ellos, los críticos

Oigo y reoigo los embistes del pensamiento crítico por doquier. Siempre existe esa coletilla de decir que cualquier información se ha de tratar, como si de un laboratorio se tratara, con pensamiento crítico. Sin embargo nadie me ha señalado qué es eso, o que, al menos, lo distingue el pensamiento del común. Deduzco, así, por ciencia infusa, qué asemeja alguna suerte de actitud inconformista con la realidad, pero sobre todo viendo donde se aplica es al caso de algunos temas políticos manidos; y con afán reformador de la realidad social. No se usa la expresión en la ciencia porque se supone que ésta ya es crítica, que es progresiva y reformadora de la sociedad con los descubrimientos e innovaciones. Es, más bien, sobre las opiniones, sobre las pesquisas ideológicas tratando de separar con tino la mena de la ganga.

Si digo la verdad me he cansado. Se ha sobrevalorado la intención de crítica y reflexión. Tanto que se usa el término casi de carrerilla e irreflexivamente. A mi las coletillas no me gustan. Rellenan vacíos. Decir que hay que reflexionar es de mente cuadriculada, y mejor, por ánimos reformadores, ulteriormente bondadosos, decir que es crítico. Pero lo crítico es el punto al que se ha llegado de vaciado de las expresiones y de vocablos que sí, un día significaron algo con contenido y no como mera vanidad de sabiondo. Ese no es el objetivo, en serio. No lo es. O no debería.

El reflejo del punto ciego es la amenaza más visible -paradoja al canto- en este caso. Se mira con estrecho criticismo todo, y sin embargo las conclusiones propias no son examinadas con la misma determinación crítica ni reformadora ¡Ah, sorpresa! ¿O acaso hay una ensoñada perfección detrás de juicios tan consumados? Si acaso la típica excusa es “todos cometemos errores”. Sí, menos los demás que pueden obtener el mismo beneficio de la duda, ¿no? Porque el mal nos asola. Ellos no pueden ser críticos por algún extraño determinismo epistémico que aun no he desentraño o… Quizás es que no puedo. Claro, mi imposibilidad ha sido decretada por sacrosanto destino inapelable, ¡ni en los tribunales de la Unión Europea! ¡Ni en la ONU! Supongo que habré de vivir con ese peso encima. Me acostumbraré a rendir obediencia a los críticos, posibilitados par excellence en tales tareas.

Trágico (cómico) es el día en que te percatas de ser un revisionista, un reaccionario cuanto menos, un peligro a las manos de la policía del pensamiento (crítico). Que debes ser aplacado y tu libertad de expresión ha de ser, sino cercenada, por cortesía, acallada por respeto y tolerancia. Sabes que eres un proscrito de la corrección y del progreso. A veces mola serlo. Es como algo cool, nuevo, avant-garde, extravagante pero remolón. Pero con los mismos despropósitos a sufrir que el resto que se adentra en las dunas de un desierto de arena fina, al sol, unos pocos y nada halagüeños. Ni menos amables con el personal. Ser tachado como intolerante, incongruente, interesado, ideologizado, acrítico, vamos que sí, chalado. Casi estaban por patentar un registro en la lista de los diagnósticos psicológicos de nuevo cuño preciso para este tipo de casos. No abundan pero sí sostienen cierta presencia. Perturbador ¿no?

En cualquier caso citaré a uno de los filósofos no proscritos cuyo nombre no revelaré a fines que no lo alisten con el resto de negreros. Para un diálogo comunicativo han de suponerse ciertas cosas, una que se dice la verdad, otra que el interlocutor entiende el mensaje, es inteligible; que se cumplen con las normas sociales y con el debido respeto a la autoridad (estás o no autorizado a decir qué; y quién eres para decirlo) y por último que, en última instancia, refleja tu verdadero pensar, no otro, falsado. Yo cumplo, por lo menos lo pretendo, con esto. Por eso ni inconmovible visión, que es la que pienso, puedo, es cierta y es entendible, que está en cristiano, vamos. Ya cada cual…

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