Dios en tierra de nadie

I Can’t Remember Anything

Can’t Tell If this Is True or Dream

Deep down Inside I Feel to Scream

this Terrible Silence Stops Me

 

[…]

Landmine

Has Taken My Sight

Taken My Speech

Taken My Hearing

Taken My Arms

Taken My Legs

Taken My Soul

Left Me with Life in Hell …*

 

La imagen es devastadora. Se trata de la desprotección, venderse al diablo, a lo desconocido e imprevisible. Es un castigo el de la incertidumbre. Un camino de súbitos exabruptos insospechados que invita a buscar el calor de un ángel guardián en alguna parte. Donde sea. Como sea, a veces. La fe se genera no por capricho sino por un trasfondo cuya solución más inteligente para retener los desvaríos de la mente es ésta. Al menos, sentir en el interior el abrazo de que hay alguien siempre en la retaguardia protege; y también concede cierto sentido a todo, enlaza la historia personal con algo trascendente, que recomienda seguir adelante sin dilación.

Esta es la manera en que maltratamos nuestra libertad, le aplicamos grilletes donde no los había y nos abstenemos ritualmente de ciertos excesos. Las normas, según parece, provienen de un lugar más elevado, desde donde nos observan. En la práctica sólo reúnen unas pautas para no perderse en la inmensidad y servirse de guía para resolver los rompecabezas de los problemas que exigen dirimir bien del mal. No es malo el mecanismo. Es curioso. Es cierto. Es casi universal. A falta de códigos draconianos de reyes megalómanos, aplicamos vigorosamente el nuestro para con nosotros. Así el barco se mantiene a flote salvando todo escollo de inestabilidad, en cuyo nicho, isla donde la duda no existe, hallamos seguridad.

He escuchado no sin sorprenderme algunos que desean tirar por tierra esta solución maestra a la soledad del ser dubitativo. Unos que desean romper los grilletes que rompen las duras consecuencias de renunciar a las cosas en cada una de las elecciones. Sin excepción. Sin embargo, no gustan de hallarse solos. Buscan los mismos designios en un grupo amable, compinchado, en la camaradería. El refuerzo es la sonrisa del prójimo o su apoyo moral, y el mismo que, siendo guía unos de otros, cumplen con la misma función de borrar la incertidumbre. Crea en el corazón del grupo una especie de espíritu que mantiene la unidad. Místico, casi. Esto, sin embargo, carecen de toda capacidad de acción en la tierra de nadie. Cuando ya el decisor se encuentra en primera persona, aislado porque no conoce, y resueltamente en conflicto por la amenaza de la duda. La dependencia cobra sus impuestos, la ausencia de la autonomía. No funciona en un sistema abierto, solo en uno hermético, de clausura donde todo es predecible, en donde la decisión no cuenta porque todo está convenientemente decidido. Por todos y cada uno.

Por eso la tierra de nadie produce escalofríos y sólo es apta a los valerosos que contienen dentro de ellos la guía y la protección más férrea posible. Que rozan la inquebrantabilidad, como coraza de acero, puesta al hastío de puntas de pluma. Fútil intento de hacerle siquiera un rasguño. Aun más, el riesgo de lo impredecible lo halla confortable. El viento que oprime y zarandea de un lado a otro como reto a superar. El final del camino como cualquier incógnita de una ecuación inocente. La misma que señala el problema, la misma que impulsa a resolverlo. Por supuesto no es fácil. Siempre se desea a un dios en tierra de nadie pero no siempre, al uso, se encuentra. La cuestión es que no desespere. Todos tenemos uno.

—-

*One – Metallica.

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