La psicología social como ciencia con luces y sombras: no a la ideologización

Reconozco que es complicado definir cuál es el alcance de los campos de la psicología social y de la sociología. Cualquiera diría que convergen en demasiados puntos salvo en uno, en el método. Mientras la primera se enorgullece de la cientificidad de sus investigaciones fundamentadas en el método científico convencional de las ciencias físicas, la segunda nada en una anarquía epistemológica de difícil solución. Por otro lado, si el objeto de estudio es semejante ¿debería una primar y hasta hacer desaparecer la otra? Sería una de las preguntas más interesantes. La respuesta no admite simplismos desde luego porque la literatura de ambas es mastodóntica y los esfuerzos, tanto presentes como históricos en el desarrollo de ambas no son nada desdeñables. Pese a todo he de adelantar que la psicología social no está exenta de problemas, precisamente, por su metodología y la sociología, que difiere, en apuntar a los sucesos sociales más que en las interpretaciones y procesos individuales, conoce su punto débil en la especulación.

Antes de nada, he de exponer que cualquiera de estas ciencias en sus desarrollos más comunes contienen muchos presupuestos, incomprobables, o por lo menos solo intuible su veracidad -y solo en grado aproximado-, que después interpretan los resultados de las investigaciones empíricas. En otras palabras, partimos de una forma de entender las cosas y con ella damos sentido a los resultados fríos de los experimentos o de la observación. A raíz de esto, Javier Pons Díez en un paper titulado “¿Hay vida más allá del cognitivismo? Encontrando respuestas en la psicología social” intenta realizar una fuerte crítica a los presupuestos de la ciencia cognitiva en la investigación social. Además, no conforme con eso, propone numerosos modelos alternativos dentro de la psicología social europea o de la psicología social de la liberación latinoamericana. Entiéndase que esta ciencia es actualmente comandada por las investigaciones norteamericanas y, a juicio de este autor, mediatizada por el american way of life. O sea, por el individualismo, el racionalismo, etc.

Ciertamente, el modelo actual comprende que el ser humano es una máquina que recibe, procesa e interpreta y emite información. Asimismo como defendía Aaron Beck, las cogniciones, todos estos procesos mentales, son la causa de las conductas, y no sólo de las públicamente visibles, sino también de las emociones o de los sentimientos. Aunque la neurociencia con Damasio o LeDoux han profundizado en este campo de las emociones y sentimientos  con interesantes resultados, no han dejado de alabar a Spinoza, el primer filósofo moderno acusado de ateísmo velado y determinista, ni de individualizar los procesos mentales en los individuos como de ellos partiera todo. Así, los enfoques alternativos acometen la dificultosa empresa de ligar la sociología, cualitativa, observacional e interpretativa, con la psicología social basada en la realidad psicosocial y en la determinación de los procesos mentales en la sociedad. Muchos incluso aducen ciertos valores ideológicos como la igualdad socioeconómica al tiempo que critican el individualismo cognitivista por su papel conservador, legitimador del orden social y de las desigualdades. Reclaman, pues, pensamiento crítico.

Llegado a este punto se hace indispensable responder si la psicología social como ciencia debe tener algún papel en el debe ser de las sociedades, si está legitimada la ciencia para hablar de cómo transformar la sociedad como, por ejemplo, José Luis Álvaro reclama en esta publicación. Si somos honestos, evidentemente, no. El riesgo es claro, la ciencia dejaría sus propósitos de describir y explicarnos el mundo y sus misterios a un papel como prolongación de las ideologías políticas con fines claramente de dominar nuestras vidas y planificarlas. Pese a la fuerza de mi descripción, no crea el lector que exagero, pues, en primer lugar ¿qué es ideología? Una ideología es un sistema o conjunto de ideas, valores sobre como gestionar las relaciones del estado con la sociedad. En otras palabras sobre como ejerce la coacción el estado sobre las personas. Evidentemente, todos tenemos una idea sobre cuáles son las mejores relaciones para normalizar la sociedad pero, espero, que, si estamos en democracia se lo dejemos a los ciudadanos con capacidad de voto el decidirlo y también dejemos a los filósofos políticos y de la ética contribuir a guiarnos, así como el resto de los científicos sociales como los economistas. De esta suerte no sólo soy escéptico con las ideas de la ciencia transformadora y social, sino que la considero uno de los mayores peligros de nuestros tiempos. Es la forma de legitimar una ideología como ciencia cuando, por supuesto, la ideología no es ciencia.

El segundo apartado de notable interés conmina a explicar el anarquismo metodológico en el que se embarcaría la ciencia social, en concreto, la psicología social si acepta cualquier modus operandi con tal de personalizar, contextualizar, e intrumentalizar sus objetivos ¿cómo podría discriminar cualquier chapuza, lisa y llanamente incoherente, de la investigación seria y fina? De ninguna manera. Con los paradigmas actuales ya es difícil, con este paso adelante, aun más, por no decir imposible porque equivale a abrir las puertas al todo vale. Sin olvidar que el trasfondo, al menos de todos enfoques humanistas y críticos convergen en la defensa de los mismos valores con escasísimas diferencias. Es decir ¿romper el pensamiento único o imponer un pensamiento único? Parece de derecho propio el que la desigualdad sea un ultrajante problema, sin embargo, con ánimos de crear controversia, a mi me da igual que haya gente que cobre cien veces más que yo. Mis valores son distintos: yo creo en el mérito, en la libertad individual, y por supuesto que si uno gana honestamente más no tiene culpa que otros ganen menos y, de hecho, guste o no, la acumulación de capital no menoscaba al resto ni condena a la pobreza sino que facilita el aumento de la riqueza de los demás. Pero, quien quiera rebatir esto no podría recurrir a la psicología social, sino a la economía, y de forma científica. Tendría que rebatir si el enorme incremento de riqueza de, v.g. el s.XIX hasta nuestros días ha sido una invención burguesa. En cualquier caso, dejando estas discusiones, el fondo es el siguiente: la desigualdad no maltrata la mente ni socava el bienestar de nadie salvo que uno lo piense así (realidad construida) , lo que lo empobrece es el no tener lo suficiente para vivir bien y los condicionantes sociales como la delincuencia, la falta de relaciones personales positivas, etc. La prueba es: a mi me da igual, no me afecta. No siento envidia por pasear por un barrio de ricos ni por ver un Ferrari aparcado.

Dicho lo cual no alabo el paradigma cognitivista, al cual veo muchos errores en su concepción hecha a medida de la metáfora computacional pero obviamente aludir a motivos ideológicos es caer bajo, no sólo eso, sino autocontradecirse, porque los motivos ideológicos no se suprimen, se sustituyen. Es decir: acuso de que la ciencia está ideologizada a tal signo, pues yo la ideologizo a otro signo. Genial. Hemos arreglado el problema. Si conviene a mis intereses políticos es “crítica”, sino es “defensora de los problemas sociales o ciega ante ellos”. En definitiva, coincido con Javier, hay vida más allá del cognitivismo, daré por clave, el contextualismo o conductismo radical, pero no es precisamente ideologizar o politizar la ciencia, por favor.

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