El caballero azul vs. el rojo

Un sentimiento extraño asalta cuando se esboza una fría mueca de pérdida. Es el mismo cuando se ve el objetivo como imposible y fuera del alcance de todo anhelo, por más profundo que sea, humano. Es como las mareas enrabietadas que crujen las maderas de las embarcaciones de ayer y hoy. No es como cuando la tempestad anida en un presente tan hostil que no deja espacio siquiera a presentar la rendición. Es más reflexivo. Tiene el talante altivo, mira al frente, firme como buen capitán en cumplir con el último de los códigos éticos de la navegación sabiendo que su destino está ya escrito. Es mirar sin desdén hacia el final de las consecuencias, escrutando los pormenores, en el infinito. Teniendo en mente el frío de la derrota final.

Es como una amarga bebida que apenas calma la sed sino con es con dolor al gusto. Semejante, el viento otoñal que cubre ese momento toda emoción más viva hasta el extremo de ahogarla en un pesimista lucidez. La misma de los momentos en los que se sienta la cabeza y se examinan con más cerebro que corazón los hechos y se comprueban los errores. Se aceptan sin cejar en los aires intelectuales. Embriaga en sincronía una templada, a la par que enjuta, ira piadosa sobre uno mismo. Más allá de la condescendencia sobre uno. Más allá de los llantos encadenados de los momentos de desesperación. Con mucho menos magia, encanto, quizás con menos sabor. Solo es ese toque de dulce amargor tan difícil de explicar y que podría llevarme líneas y líneas hasta crear una faraónica descripción; casi para regalársela a la futilidad.

Contemplas con intencionada ingenuidad como la simpleza gana a las proezas de complejidad. Con elegancia, o incluso sin ella, pero armado de una pizca de suerte, el caballero de rojo suele ganar. El mismo rojo que señala el peligro, la advertencia o la prohibición. También el que comprende el color de la sangre en sus tonos más opacos, fuertes y aversivos a todo intento de fraguar una efímera paz. Niegas reconoces en el adversario cualquier talento, por mínimo que éste fuere. Quieres dejar el error en exclusiva en el un ser reflexivo, desamparado de todo freno a esta deriva que se inicia aquí pero carece de sentido del vértigo ni sufre de fatiga. Poco después se atisba razón en el caballero rojo. No fue del todo la casualidad, ni menos tan sólo el fallo propio. Sin embargo, persiste en la categoría de inaceptable. Por lo menos quieres retener la esperanza de poder competir en otra chanza si ya no es posible optar a otra oportunidad.

Esta condena lleva al auto-ostracismo. A refugiarse en una cavernícola existencia, despojado de todo pudor por lo rudo, reflejado en un espejo como un mero ser humano sin magia ni poderes especiales. Alimenta la disciplina con el alma. Busca el autoperfeccionamiento como un deber inexcusable. Lo es ¿de verdad lo es? Ya todos los movimientos son pilotados rítmicamente dirigidos a una meta, no sé se sabe de nuevo destinada a caer en saco roto, pero en la que anida una motivación inocente, casi pueril, vestida de seriedad y madurez. Alguna vez ganará el caballero azul.

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