Es hora de mirar hacia otros horizontes

A veces me gustaría pactar con el diablo para redimirme ante la falta de oportunidad que concede estar encadenado a un tiempo y a un espacio. Sólo queda el resquicio de la imaginación para salir de la cárcel que suponen los barrotes de las imposibilidades físicas, así, cosas como los costes, las renuncias y el dolor, sobre todo el último. Algunos dicen en sus escritos que es sólo en los sueños donde somos libres. No quiero que pensar aun que no. Quizás sea en este aspecto un romántico sin remedio; o porque concibo la libertad de manera distinta. Pero no le hago feos a dejar volar la imaginación como parte más de la vida, hondo túnel de la salvación y del abismo, donde el tiempo corre a otra velocidad, y sin embargo, permanezco impasible, en quietud extrema, en calma en la superficie. Cuando la mente despega su mayor virtud es que es indetectable. No deja huellas como los aviones en el cielo a su veloz paso.

Sin embargo, lo más curioso es que el pensamiento con todo su vigor también tiene sus límites: en lo mismo que hemos vivido. No podríamos imaginar algo que no forma parte de otras cosas vistas o experimentadas anteriormente. Produce compulsivamente recombinaciones de ellas, las veces más creativas y sorprendentes, incluso hasta para elevarse a condición suficiente para velar por la autoestima. Llega hasta los límites del autoengaño cuando se desea con fuerza o se descuida la memoria fiel a la realidad, pero no se propaga en el vacío. Ese es el punto ciego. Sus límites son tan mundanos como nuestra experiencia haya sido de rica y eso supone el contrapunto final que corrompe toda pretensión de libertad en los adentros como de cárcel en el exterior ¡Me rebelo contra eso! ¿Cómo va a ser la realidad una prisión de alta seguridad cuando es la que genera el resto de los sueños?

No conozco los métodos para ampliar los horizontes. Siempre lo veo al fondo, inalcanzable, dividiendo majestuosamente el mar del cielo tal como una línea perfectamente trazada. Marcando el final y hasta donde no podemos llegar. Como el sueño de atraparlo en las manos y preguntarse como un niño pequeño si es eso posible y que pasaría si llegásemos a tocarlo. Me recuerda a una pesadilla cinéfila del calibre de Origen, palabra mística mil veces repetida y que recurrente en la historia del pensamiento. Obedece a la máxima de todo tiene un principio, y un final, claro. Como el decurso de la vida misma. Sobre ese camino del origen se trata de enmendar los errores del pasado, sembrar el bien, siempre a destiempo y conversar con uno mismo sobre la historia de vagabundismo intelectual en todas las decisiones que hemos tomado. Esto y la máquina del tiempo constituyen la misma ficción.

Ahora dime que no lucharás por vengar tus errores en una suerte de épica sobre el horizonte de lo impredecible.

Ahora dime no tratarás de encontrar, cuando sabes de antemano del fracaso, de la causa última de las cosas, ni los fines últimos de los aquí presentes empezando por ti.
Ahora dime que no eres libre para hacer lo que te digo o no hacerlo.

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