Raro

Veía a las personas hablando abstraídas en risas y comentarios jocosos. Yo solamente tenía una imagen áspera, distante como una película en el cine, que, si bien me envolvía, reconocía ajena a mi. Estaba en una función con actores de carne y hueso, al tiempo que casi podría decir que yo mismo era un actor, pero uno de los malos. A los que deben regañar como atontado los directores y así, ponerse a grabar otra toma relamiendo los desperfectos. Tenía asumido que el papel era complicado, el guión sumía en una serie continuada de movimientos que, con toda naturalidad, se sucedían irreflexivamente, al margen del contenido de las palabras. Se escapaban como pompas de jabón en el aire donde el mayor logro posible es explotarlas. Nada más, el resto sugería una incomodidad poco asumible por mucho más tiempo. La presión del director, y los aspavientos del productor, rozaban en provocar que tirara los papeles y espetara alguna grosería y me marchara.

Se pasó el tiempo aislado en unos auriculares envolventes, de gran calidad de sonido y filtro acústico perfecto de los ruidos habituales de las ciudades. Al tiempo tiempo escribía algo con sentido, aunque a su manera, delante de un ordenador que hacía que se le pasaran las horas rápido como si no hubiera mañana, y tan solo así, concebía vivir el momento. Como una danza en que todos los movimientos de la coreografía han sido ensayados a las mil maravillas y cuya ejecución es automática. El ritmo de la música condiciona al sistema motor y obliga a realizar unos movimientos casi por impulso con total sincronía con el escrito delante, sencillamente maravilloso. El resto de las cosas son complicadas.

Insumiso a las tempestades de allá fuera, y de las que estaba rodeado, culminada los puntos de las íes en su escrito. En ese tiempo, satisfecho, buscaba otra ocupación. Y así… Cuando se topaba con la nihil realidad. Compleja en sus entrañas de mil cosas inentendibles y a las cuales sopesaba su tiempo y espacio para adentrarse en ellas huía, sin más.

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