Una vez más con los pobres

Nota: había dejado por diversos problemas de publicar en el blog que ya se resiente de su falta de actualización pero, mejor tarde que nunca, y como no quise dejarlo en ningún momento, ahora lo retomo. Espero que el lector haya aguardado este tiempo y siga con ganas de leer algunas de las reflexiones, historias y varios temas los cuales expreso en este rincón poco conocido de la inmensidad de internet.

***

Hay dos tipos de pobreza, la privación material y la pobreza de espíritu. Se dan todas las condiciones posibles en la plural realidad que nos embadurna con sutiles diferencias, a saber: pobres privados materialmente pero nobles de espíritu, pobres de espíritu pero sin escaseces, pobres de los dos tipos al mismo tiempo. Se cumple, al mismo tiempo, un matiz transversal común a los tres tipos, que son tres situaciones indeseables a nadie, y en las que nunca querremos salvo que, o bien seamos psicópatas orgullosos o ascetas. Del mismo modo, en todos ellos tienen su desarrollo, sus casas próximas como últimas, y un componente visible que facilita localizar un caso de estos. A mi, personalmente, el que más me llama la atención es el pobre de espíritu, independiente de su riqueza acumulada. En parte porque se suele retratar solo en el caso de los pobres de espíritu a los ricachones, o las clases ociosas de Veblen, irredentas máquinas de hacer dinero y más vacías que la hucha del pobre del otro tipo. Yo me revelo contra el estereotipo y pienso cabalmente que coexisten en todos los estratos sociales y en todas las clases sin distinción. Es como dice la Constitución: sin discriminación.

¿Como definiría a un tipo así, de los poéticamente concibo como pobre de espíritu? Me pregunto. Creo que lo esencial sería plantearse para qué estamos aquí o cuáles son los objetivos de la vida. La respuesta para algunos pocos de los que me lean posiblemente resida en algún inescrutable ser eterno, perfecto y omnipotente. Para la gran mayoría me temo que escapara de toda comprensión y de toda ciencia lo que se nos acusará de un relativismo poco sano pero real. No la podemos responder a la forma que la física expresa matemática la aceleración necesaria para llevar a un cuerpo a determinada velocidad en un determinado espacio. Si concedemos que es subjetivo y que, si no todo, el monto más grueso corresponde a la propia persona de definir, el pobre de espíritu constituye aquel agujero mental cuyo abismo, que recrea, carece de fondo, y de contenido. Es decir, seré más llano, aquel sin objetivos ni planes, sin aspiraciones personales ni intereses por nada en especial, por todo en general.

Se desprende de mis palabras que todo el nihilista es en el fondo un emisario de la nulidad espiritual. Yo, a eso, creo en sacar de la chistera valores ex-nihilo. Si no tenemos nada, pues creamos, que es gratis, como el aire. El a dónde irán dirigimos en cosa suya, es usted el supervisor y CEO de su empresa personal. A mi no me meta. Pero mira, reconozco sentir algo de especial admiración común con la gente que dedica su tiempo a actividades que me gusten más o menos confieren un sentido a lo largo del tiempo a la existencia. Condeno pues humildemente, casi con la rapacidad de un Voltaire irónico: ¡declaro la libertad de pensamiento y muera quien no piense como yo! O valores o patatas, básicamente.

Finalmente queda ver qué podemos reconocer como algo honrable. Bueno, todo depende de las actitudes, de las capacidades y de la situación de cada cual. No me vale el que escudado en sus dificultades hace de ellas un modo de vida, parasitario por cierto, ni tampoco el que encuentra relajación existencial en las piscinas de billetes de quinientos. Por eso anunciaba que era más igualitario de lo que se pensaba. Listo, pues. Con esto lanzo una misiva a aquellos que se den por aludidos…

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