Flor

Algo ocurre. Sales a la calle y sientes temor. Ves como las miradas se degeneran alrededor de ti en muecas de dolor, de rabia o de odio. No sabría describirlo con mayor precisión. Vuelves en tu dulce hogar a oler el rubor de los vientos de cambio. Huele al perfume de la madera vieja, de los muebles quebradizos, y listos para ser reemplazados. Y finalmente, el último examen recae sobre uno mismo, una mirada dende el interior escrutando toda esa suerte de razones que esconden el secreto de este cúmulo de sensaciones incómodas.

Parece que hay una semilla que ha germinado, elevado su tallo y florecido enseñando preciosos pétalos. El agua cristalina de los manantiales crea milagros, pero esos milagros pueden volverse subversivos y desafiantes. Esa flor atenta contra mi mundo tal como lo conozco y he querido. Digo así, a la sazón de que no se qué quiero. Quizás esté loco, ya no sé lo que quiero. Lo desconozco. Sin embargo, esta cubierta de incomodidades son fruto del florecer de algo que llama a sus puertas y aun no he atendido. No, aun no. Igual es que, después de todo, veo tan complicado resolver este dilema y mi calculadora científica me indica que tan pocas probabilidades de solución hay, que dejo rabiar a mi ambigua incomodidad.

Vuelve a mi mente esa palabra tan poco querida salvo jugando al póker con los amigos con fichas falsas. El riesgo. Es un verdadero desastre. Porque haga lo que haga ahora, deje marchitar la flor, haga caso a llamada, habrá inexorablemente riesgo ¡Y no me puedo arriesgar a poner en entredicho las leyes del universo! Ahora no deseo riesgo… Pero mi razón dicta sentencia de aceptarlo. Anticipando el resultado puede ser positivo o negativo, ni las dos cosas a la vez, ni ninguna de las dos. Solo consta de dos formas: ganar o perder. Sé que es difícil. Muy difícil de asumir ¿Merece un acto de soberbia voluntad?

Hago introspección. Hundo la cabeza en el agua y los oídos suenan con nieve, tal como los televisores antiguos cuando no captaban bien la señal. Entonces puede dirigir mi pensamiento o, mejor, dejarlo marchar a su azar. Me dijo de hacer nuevos planes. Que existe la oportunidad, y así proféticamente, y así en singular lo dijo: existe la oportunidad. No es coger, dejar todo, nada ha existido, y ya nada posee ningún valor. No. Es encaminar una serie de acciones concatenadas como los movimientos del mejor de los relojes suizos. Minuciosamente resolver las ecuaciones de un mundo que he conocido poco. Sí, eso es. Las cosas son rápidas, casi siempre más de lo que se piensa pero también reposan más que lo que nuestros nervios nos informan. Es la fina línea donde se asienta el equilibrio que busco entre mi percepción alocada y ávida de sueños imposibles y en el instante de un rayo en tormenta y el refinamiento de ver las cosas como son. Contemplar el esplendor de lo que se tiene delante de las pupilas e interiorizarlo sin matices. Constatar el tiempo como una variable que ni juega en contra ni a favor, porque sencillamente no juega. Y tampoco Dios juega a los dados.

Quiero ir a ese otro sitio. Conocer un entorno nuevo donde desarrollar la cima de esa flor. Conocerla, quererla. Pero no la copia dentro de mi, no. El ejemplar real. La de verdad verdadera. El kinder bueno. Nada de plagios de los chinos. No. Esa copia es la que me informa, me guía y me sienta consejo acerca de mis actos step by step. Por eso también sirve como el resguardo de algún documento que ama algún burócrata que otro. Ese documento que sirve previo a tener el original que siempre, siempre, se dilata en el tiempo hasta su llegada. Esa es la naturaleza de la flor de mi interior, ulterior a la semilla germinada que algún día sin saber cuándo ni dónde quedó inoculada.

Oigo risas, supongo imaginarias. Son aquellas que aparecen turbias cuando pienso en un final feliz y duradero. No del momento ni un derretirse en verano para congelarse en invierno. Es una estabilidad sin estacionalidad ninguna. Como un mar inalterado por las ventiscas ni por el poder de la Luna y su gravedad ¡¿Cómo va a suceder todo eso cabeza alcornoque?! Ilusiones ingenuas sin remisión ni solución de continuidad. Mal a la tête. Sueña y deja soñar ¿no? No, esta vez no. Hemos quedado en algo. Sí, recuérdalo. Esto no iba a quedar en un final neutral, ni era situación esquivable, ni la incomodidad es soslayable ni menos extinguible. Tan solo fuerza a mirarse al espejo y responder a la cruda pregunta de si estás ahora, justo ahora, contento contigo mismo así ¿no, verdad? Entonces la baraja de cartas se ha acabado, las cuarenta se han depositado en el otro lado y el jugador no puede robar ninguna más. Queda jugar con las cartas sobre la mesa, nunca mejor dicho, nunca mejor… ¿o peor?… Mi flor.

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