La caverna

What a shame, what a shame,
To judge a life that you can’t change
The choir sings, the church bells ring
So, won’t you give this man his wings?
What a shame to have to beg you to
See we’re not all the same
What a shame

Ahí estaba sentado, impasible, casi con mirada entre compasiva o hasta el delirio concentrada en algo que ni imaginaba. El sonido de la brisa no es suficiente, y creo en el momento, ni un huracán sinceramente podía reducir lo más mínimo su mirada de aquel objeto perdido en el horizonte. Se encontraba en el ojo del tornado…

Un diálogo interior, privado e íntimo. Rebosaba de inconsistencia. Las dudas surgían, manaban como la sangre de una herida abierta, pero mental. Se trataba de un escape, una fuga en la prisión más segura jamás construida y aun infértil a las necesidades de una persona que simplemente quiere conseguir decidirse.  Toda una complicación interna injustificaba incluso llegaba a pensar; algo sobre la órbita de los planetas me sugirió en voz baja que a mi alrededor carecía de fuerza de gravedad. No atraía a nadie y nadie me atraía ¿no es apático? No estaba girando en torno a nada, y con una órbita imperfecta, combada en abruptas irregularidades me hubiera bastado. Buscaba evidentemente algo, que se amotinaba en mi mente, pero de tal suerte me cerraba los orificios por donde vislumbrar el exterior, calmo, pero en movimiento, siguiendo la máxima de sin prisa pero sin pausa. Yo, en cambio, era plenamente consciente de la pérdida de tiempo como si un reloj de arena derramara sus granillos de arena fina lentamente pero con la sensación de dolor a la caída de cada uno.

Es la victoria de los impulsos la que anima,

es la dictadura de mi sobre mi prisión.

Para vivir en un mundo que me intimida,

pienso en la forma de reivindicar mi secesión.

En realidad tampoco buscaba una angustía de ayuda. Sabía que el único en salir del atolladero sería yo. Seguramente ese paso adelante acarrería consecuencias que ni yo pudiera en tanto tiempo de reflexión pudiera preveer. Temía de las mismas pero en mi contradicción interna las anhelaba, el correr peligro, conocer que tan limitado es el mundo y que tan poco limitado era yo. De la nieve de verano surge el sol del invierno. Un impulso providencial impulsaría a pasar la neblina interna y desafiar a la nieve o al sol, sin importar el rival a derribar.

Y atado en la silla de las torturas mentales me encontraba sin remedio…

El reloj de arena logró amontonar todo su contenido en su parte baja. El tiempo expiró. Acabo como acaban todas las cosas pero encima con una carga que ni yo alcanzaba a imaginar con nitidez; ni borrosa siquiera. En medio de la introversión incontrolable que me asolaba guarnecía la esperanza de una luz, un faro brillante con su foco centrado en mi, alumbrando el camino entre el oleaje para birlar a la mar el título de su bravura y colocármelo yo por mérito propio. Una luz que al mismo tiempo no deseaba que apareciera ni como santa divinidad.

Y atado en la silla de las torturas mentales me encontraba sin remedio…

Los dos polos que se atraen mutuamente me habían traicionado y ahora con rebeldía forcegeaban contra mi para no unirse. La contradicción nunca había sido tan lapidaria e inevitable. Fuerte, de piedra, pálida pero con una pizca emocional oculta. Auscultaba las entrañas del remolino donde había enterrado mi coherencia, mi rectitud y mi razón. Expedición harto difícil, harto compleja, sin el instrumento maestro de mi propia razón, ahora inútil por el sonido del fluir del río de mis pensamientos ¿irrecuparable? Lo dudo, dudo que lo dudo.

Y atado en la silla de las torturas mentales me encontraba sin remedio…

Dejé de mirar al frente platónicamente. Todo se desvaneció. Las amarras en el puerto de los tsunamis se rompieron con la seguridad del ancla arañando el fondo del mar. La órbitas de todos los elementos alrededor de mi vida, allende de ella también, regresé a verlos con claridad y hasta con meridiana clarividencia. Era mirar un cristal translúcido convertido hasta la más inadvertida de las trasparencias, de lo borroso a lo nítido e incontrovertible. Perfecto. Recobraba las alas y dejaba ¿atrás? mi contradicción con la condena de convivir con ella, en mi interior, cuando regresara allí, en meditación profunda. Un suave veneno, tan embriagador como asesino en su esencia. El reloj de arena vuelve a ponerse en píe. La nieve vuelve al invierno y el sol al verano. Todo en su sitio, y la seguridad en mi como mi mejor guardaespaldas. Adelante…

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