Piano

Sonaba el piano en una oscura habitación. Un hombre pulsaba con celeridad y extrema precisión las teclas del piano, creando una armonía difícilmente descriptible, menos aun imitable. Reconocía en mí cierta atracción por la melodía imparable que iba anhelando conforme sonaba una nota la siguiente, concentrado al poco tiempo en ella, y repitiendo en mis adentros todo el pentagrama. Estaba sentado admirando la estancia no con la vista sino con las sensaciones que me repercutía e insuflaba. Imagina un cuarto a media luz, iluminado con suficiente timidez para no encandilar a las pupilas más sensibles pero tampoco para forzar a una vista de gato. Las velas en candelabros proporcionaban el ambiente perfecto. El piano con su capitán delante el deleite de los oídos.

***

Pensaba evadirme, huir hacia los rincones más ocultos y lejanos pero, por otro lado, en mi división interna, soñar en la realidad que no existían fronteras. Manejaba con sutileza la crítica dicotomía entre los sueños y lo tangible, dejándome llevar lo justo para evitar la contrapartida de una suerte de droga mental extasiante. En sus efectos embriagadores encontré el pasaporte hacia un recital de gracia: me hallaba en una competición, en la carrera por cumplir con uno de los proyectos más importantes como imponentes a los que me había plantado cara, vis a vis con el peligro y el riesgo de perecer la metáfora. La tensión de todo el cuerpo ascendiendo por una dura pendiente anclando las manos como garfios en las puntiagudas y abrasivas rocas de la montaña y posando los pies paso a paso sobre terreno en aguda pendiente. El cuaderno del viaje se recorría entre los rayajos y las líneas interminables de anécdotas por narrar. En ese tiempo, terminaba de subir la cuesta, iluminaba el final de la pendiente y expiraban los esfuerzos para inspirar el nuevo porvenir.

 

Casi como el agua desgasta olas mediante las costas por muy escarpadas que estas fueran, el firme paso de mis manos y pies se comportaban como un todoterreno total, útil, fuerte y fiable. Porque todo movimiento conlleva el coste de no haber realizado otro en su lugar, un sacrificio a veces de consecuencias inverosímiles hasta el hastío del arrepentimiento. Inunda la mente la visión de aquella roca de apariencia segura que al agarrarla, como si tuviera un asa de la cual tirar, se desgarraba de su sostén dejando, vendido, a la suerte de la caída al intrépido aventurero. Ese es el sabor del costo posible. Quizás de un coste en el fondo inenarrable. Ojalá incumpla las predicciones de mis visiones y logre…

***

Pero allí me tornaba junto a mi amigo, sentado y escuchando aun la melodía con suma atención. Envuelta en florituras de un pretísimo y suavizada de cuando en cuando con un adagio apaciguador. Son los momentos típicos en los que prefieres mirar sino a tu reto personal más complicado a la cara, al menos a la línea del horizonte, a la espera, no se sabe de qué. Como una especie de redención de tiempo inestimable, con la vista perdida en los rojos, pálidos, ante el azul incipiente y eminente de salir y gobernar el cielos con permiso de las nubes blancas. Sí, es la belleza de los sentidos la que ennoblece esta tiranía de sentidos, que nos desplazan a lo más amargo pero indemnizan con estos impagables momentos. Además, siempre asociados en sus últimas causas con la integridad de alguien que está en el mundo. Alguien que vive en el presente y de vez en cuando escapa por el balcón dejando las cortinas echadas y fluir al leve viento. Cuadra con una balada de piano, eterna e infinita.

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