El duende de la felicidad

Narraciones, poemas, pinturas, esculturas, filosofías… Hay tantas cosas donde verter la imaginación. A veces es como un pozo sin fondo o un agujero negro de fin ignoto, turbio por su inconmensurabilidad, pero digno de merecer el atrevimiento de dar un paso adelante. Alguna vez se piensa en por qué estamos aquí, y para qué, y cuando se plantea el silencio corroe siempre el ambiente tal como el agua sedimenta las rocas con el paso de los años. Aparentemente no hay significado tal que mereciera siquiera el beneficio de la duda de concederle el tiempo que atesoramos como diamantes cristalinos. Sin embargo, ese mismo tiempo huye o se desliza como en un reloj de arena hacia la parte baja, quedándose ahí, inerme, ante un platónico observador. En otras palabras, el tiempo perdido nunca se recupera. No pide socorro ni grita por su buena ocupación. No se queja, solo se sucede, se agota a la mente pensante, y fatiga después de los años el vigor del cuerpo.

Este es el dilema que todo el mundo debiera de algún modo, aun siendo místico y esotérico, resolver. No para los demás porque es, como así decirlo, un tema privado, pero sí para uno mismo. La pronta solución del eterno enigma tiene por desembocadura el mar de la serenidad existencial. Curiosa sensación, esta, la cual se experimenta todo como si todo estuviera cubierto de sentido. La explicación personal notablemente embellece el tenso transcurrir de los hechos, de las acciones y de las reacciones. Nubla la fina línea de la indecisión transmitiendo una seguridad envidiable hasta un punto indecible. Empero este milagro, o esta luz, cierra sus puertas a la participación de la mayoría de los mortales. Se refugia en lo complejo y rebuscado. Ahuyenta al capricho y a la inmediatez de los resultados, pero inspira, al mismo tiempo si cabe, a los objetivos más elevados, nobles y últimos residentes en el corazón de las personas.

Toda esta expresividad se plasma, únivocamente, en el momento en el cual en una serie de dibujos animados aparecería un bocadillo, cual comic, al lado de la cabeza de nuestro protagonista, con la silueta de una reluciente bombilla. Una infantil, quizás, metáfora que ilumina este concepto, advierte de una creatividad genuina dentro de cada cual y consuela en que siempre podemos soñar… Pero, aun más, hacer nuestros sueños realidad. No, no nos escurramos en el idealismo romántico de que nuestra mente hace la realidad posible, sino que, por contra, esos sueños deben ir dirigidos a la más inminente realidad presente: pregúntate qué haces ahora y contéstate a ti mismo si vale la pena. ¿Lo has hecho? Actúa en consecuencia.

Como alguien dijo una vez, la felicidad es un duende que hay que atrapar. Al tiempo, todo el mundo lo buscaba para encerrarlo. Alguno lo consiguió y satisfecho de la captura se sintió lleno, pleno y feliz. Sin embargo, al poco, descubrió que se trataba de una sensación pasajera. Desaparecía al igual que llegó. He ahí el punto crucial, el engaño de este sabio, donde demostró que era una motivación, chispa o como deseemos llamarlo lo que despertó esa llama interna. No es nada objetivo, ni menos inmanente o eterno. Precisamente su brillo se desluce en su carácter rebelde, que siempre escapa, y rehuye de nuestros denodados esfuerzos por pillar esa sensación. Por eso, siempre se ha advertido también, que este camino es un camino sin fin o, caminante, no hay camino, se hace el camino al andar.

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