Previsible

El capitán batía su furia enconada contra nosotros. O se había levantado con el píe izquierdo o, realmente, no estaba en sus cabales. En cualquier caso, airadamente y con el ceño fruncido nos espetaba las órdenes del mando. No existía ni una mota de noción de eso de “motivar a la tropa”. Nada. El capitán Rayhan soltaba sin piedad cuando aun estábamos en el campamento y nosotros, firmes, aguatábamos el tifón sabiendo, después, lo que nos deparaba el campo de batalla. Tenía bemoles la misión. Debíamos realizar con éxito una incursión a lo más hondo de las profundidades de las cuevas donde se guarnecía el enemigo. Bajar con sigilo una montaña hallando una escueta entrada más o menos en las alturas y adentrándonos en lo desconocido con poco más que una austera comunicación entre nosotros. Con eso, desviar las miradas, no ser descubiertos a ningún precio ¡ya no porque muramos si nos descubren! sino porque, en ningún caso, bajo ningún concepto, hemos de ser descubiertos. Todo se iría al traste.

Nos cercioramos de tener disponibles y cargadas unas armas pequeñas para no armar demasiado bulto ni ralentizar nuestra misión por el peso. El riesgo, pues, era mayor comparado con otros agentes mejor armados pero no quedaba otra. Para eso somos la unidad especial ¿no? Quede constancia. Dirigí una suave mirada al resto de mis compañeros y ellos me la devolvieron. Iba a partir el primero y eso significaba que era muy posible que no volviésemos a vernos. Sin embargo, por el hecho de espantar a todos los malos ánimos y los malos augurios debíamos actuar como si, en verdad, la cosa no fuera para tanto. Y, por supuesto, como si al cien por cien fuese a regresar. Así, pues, no hay motivo para nada más que armarse de valor y dar una patada al frente.

El terreno era levemente pedregoso y poco practicable. Los pocos sitios donde esconderse en la travesía eran incómodos y, básicamente, uno estaba desnudo a las armas de nuestros contrincantes. Avencé rápido dirigiéndome de la base a la montaña por la parte de atrás a donde se insinuaba la entrada en las cavernas. Tuve que hacer unos esfuerzos de más para saltar unos obtáculos en forma de escarpados caminos, rotos y discontinuos, en los que improvisaba a tientas. Me agarré a una roca estable a primera vista por encima de mi. A unos dos metros y medio y me elevé traccionando con mis brazos para subir y coger el camino de arriba. Me puse de inmediato de lado pegado a las faldas de la montaña y anduve de lado lo más rápido que mi cuerpo permitía hasta vislumbrar la entrada y el camino más amigable al otro lado, el supuesto que usaban los otros.

No había nadie. Seguramente la suerte de lograr la máxima seguridad era ocultándose lo más posible hasta el hecho de no vigilar con efectivos la entrada a su guarida. No me paré a pensar. Tomé la linterna de mi escasa mochila y dispuse iluminación en un lúgubre túnel. Bastante poco acogedor. No esperaba otra cosa. El camino contaba con salientes de roca por los lados, de izquierda a derecha, con formas punzantes y trozos de, quizás cuarzos, incrustados. No se veía muy allá como si de una niebla se tratara. De repente escuché un ruido. Un crujido. Me detuve de inmediato. Mire a mi alrededor y empuñé mi pistola. El silencio persistió unos minutos más en los cuales mantuve la posición como si de una estatua me tratara. Decidí continuar.

Cuando di los primeros pasos recibí un golpe en la cabeza que casi me tira. Instintivamente disparé como pude pero no sirvió. Se me había caído la linterna y me enzarzaba mano a mano con un hombre que apenas podía distinguir en la casi absoluta oscuridad.  Se tiró encima. Intenté quitármelo como podía. Le agarré del pelo y tiré mientras arremetía a golpes con el brazo más diestro. Se separó y pude levantarme. Pero cuando me di cuenta había perdido el arma. La sentí en un segundo en mi sién. Un escalofrío de adrenalina me recorría el cuerpo y temía de su futilidad.

– ¿Quién eres? -Inquiría una voz grave.

– Eso tú ya lo sabes. – Respondí friamente sin denotar mi estado de cuasi-parálisis.

Se pensó las siguientes palabras mientras con desespero buscaba la forma de salir y dar la vuelta a la escena. Sin éxito. Pude ver los ojos. No eran humanos. Enseñaba unas brillantes pupilas de gato, un iris profundamente ámbar. Me agarró del cuello con fuerza.

– Te he hecho una pregunta y aun no me has contestado.- Me dijo a continuación intimidando. – No vais a conseguir aquello que buscáis porque no existe. Quiero saber cuántos sois. ¿Vienen más como tú?

– No… – No sonó convincente -repliqué ahogado.

Perdí el conocimiento. Me desperté con un sonoro dolor de cabeza, muy fuerte. Creo que me golpeó con la pistola. No disparó. No sé si es suerte o quiere decir algo. Estaba en el mismo sitio donde me dejó. Sin arma y sin luz. Todavía daba vueltas todo. Empecé a respirar hondo cuando escuché de nuevo otro ruido.

– No te voy a matar. Quiero que nos sirvas algo. Debes matar a los tuyos que se atrevan a venir por aquí. Piénsalo como un pequeño trabajo para nosotros. Si lo haces eres libre. Indicarás  a tus superiores que no hay nada que hacer aquí y debéis marcharos. Esto no es lugar para humanos.

Me negué con un gesto.

Un estruendo retumbó la cueva. No sé cuán lejos se pudo escuchar. Bastante. Ardía. Se desfiguraba mi vista. Apenas podía moverme. Miré abajo y contemplé mi mano ensangrentaba. Mi cabeza se fue hacia atrás y descansó sobre la roca donde reposaba.

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