Animus y poder

La ciudad se convulsionaba entre llamaradas y llantos inflamables. La riada de guerreros que entraba hacía prácticamente imposible anotar un sólo y sano superviviente. Si hubiera alguno ya habría escapado. La extrema brutalidad no conocía de la piedad y se regodea en la luz del fuego como si del sol de los buenos días de tratara. Mientras tanto, los altos mandos vigilaban, eternamente, desde las alturas de una colina estratégicamente situada al este de la ciudad. Las vistas desde allí deslumbraban, sí, ahora, por el fuego; y llenaban de cenizas por el intenso estupor del humo espolvoreando el aire fresco del día. Un hombre de mirada impasible contemplaba embelesado el tórrido espectáculo sin mover ni un ápice el gesto. Sostenía su píe sobre una piedra y su cuerpo estaba ligeramente flexionado hacia delante, con la rodilla de la pierna sobre la piedra a la altura de la cadera. Típica imagen de conquistador dirán.

Para regocijo de los generalísimos el plan salió a la perfección y en el saqueo se ansiaba obtener magnas riquezas con casi petética facilidad. No tardo mucho. Una ciudad brillante, próspera pero endeble a los vientos, a las tempestades y a las inclemencias de la guerra. Esa ciudad, sí, fue destruida y desposeída de sus frutos en este reinado de la incertidumbre global. Pasados ya, por fin, como unos cuarenta minutos, y con un leve declinar del sol al cubrirse por una espuria nube, el hombre cejó de mantener su posición y se volvió hacia el resto de sus compañeros, todo en las alturas de la batalla. Reclamaba unos breves comentarios. Al fin y al cabo, él era el responsable número uno de este desfalco y triunfo. Todo fue propiciado por una inusitada concentración de gentes ricas, de buen vivir y de mucha envidia. Él, mirando con escépticos aires los alrededores no soportaba que una ciudad cercana supusiera una trémula mácula en el honor y valía de este hombre. Tuvo de averiguar con cierta perspicacia las malas artes que provocaban la huída de sus gentes y alimentaban su descrédito. Finalmente, con sagaz valentía provocó extenderse un falso rumor, y por supuesto, a ojos avispados, no es sorprendente: ellos nos robaban. Ellos eran los enemigos.

Unos voraces enemigos de los peores posibles. Eran descritos como poseedores de una avara existencia, embebida en la codicia más insana y con una esperpéntica presuntuosidad. Enamorados de la buena vida, allanaban la moralidad y constituían un tremendo peligro para el transcuros de la feliz vida, aunque sencilla, de toda la vida, valga la redundancia. Tuvo, no obstante, oposición. Porque uno de sus amigos de desmarcó señalando el error, él empezó a culpar a este hombre, a sabiendas de la pérdida inmediata de su amistad. Sus motivos pasaban por demasiado parecidos con los de la ciudad vecina en sus ánimos perversos ¿no es así? Efectivamente, un sector mayoritario lo entendió de tal modo y no retrocedió en sus premisas ni las repensó. La culpa debía ser del vecino, como si fuera, ahora, en un bloque de viviendas, aquel que siempre pone la música atronando al resto a la hora de la siesta.

A pesar de todo, todas las pretensiones se reducían a perseguir el mismo estilo de vida y estrechar las diferencias con los incomprendidos vecinos. Y todo distintivo equivalía a un pecaminoso hacer. Así las cosas.

Los resultados de las votaciones no siempre vienen a ser agradables al gusto particular y la pérdida de apoyos de este opositor fue invertida en forma de profunda rabia. Una irracional ira que no iba a estallar, esta vez, en una clásica venganza con arma blanca y dando muerte a su enemigo sobrevenido. No. Esta vez, valiendo el dicho que vale más maña que fuerza, se iba a colar en las profundidades de las élites de su ciudad. Reunir fondos y obtener riquezas con sumo desdén y cómo poseído por algún demonio. Ese rabioso comportamiento se iba a traduciendo en una suerte de acumulación de poder llenando su tesoro y con despiada mirada atrapando todo entre sus manos. Al tiempo de años, años del fin de la guerra y de vislumbrar a unos pocos kilómetros paseando el bucólico camino hacia la que aparecía como la meca de la prosperidad, había conformado un tumor intestino dentro de la ciudad donde residía. Donde su examigo se llevaba los laureles, él se llevaba el cotarro; pero provocaba una estertórea esclavitud, malestar, al acabar con todas las propiedades de muchos de los conciudadanos modestos. Después de todo eso aprovechando los nuevos y recién esclavizados, antiguos ciudadanos, los usaba para sus fines y proseguir. Ahogaba el corazón de la pervivencia pacífica y acechaba en el horizonte una sacudida de épicas proporciones. Eso sí, el hambre no iba a ser el tema pues todos los súbditos de este amargo avaro comían con seguridad. Cuidó su caballerosidad con la raza humana para evitar la rebelión.

Un día cualquiera de la semana unos soldados guardianes entraban en los aposentos del líder y lo asesinaban a sangre fría. Nadie esperaría ese suceso. Las tensiones se volvieron violentas e incontrolables dentro de la gobernanza. En realidad, nada más lejos de la realidad, todo pertenecía, casi, al nuevo Rockefeller de este mundo. Él arrambló las dudas y las tumbó hasta el punto de emerger como nuevo e indiscutible rey de todo. El fin.

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