Ciudades mosaico del alma

“Hay más cosas que nos unen que nos diferencian”, o eso dicen porque a veces difícil comprenderlo en la vida cotidiana cuando se ve lo que se ve y hay que ver lo que hay que ver. Y seguía sin entenderlo aun cuando visitaba por la calle una barriada de la periferia de la ciudad con vetustas calles, cerradas y cuánto menos estrechas. Desechaba una escrutinadora mirada a todo, ávido de curiosidad de reconocer el terreno como diría un explorador. Pero por la calle no había un alma y eso que la hora por la cual paseaba era, en otro lugar, de especial tránsito. Sin embargo y pese a la extrañeza, lo pulcro de los edificios era digno de nombrar, tampoco desmerecían los detalles ornamentales por encima y abajo de los tramos donde las calles se convierten en callejones y las luces unidas transversalmente de lado a lado de la calle brillaban en la ausencia del aire, dando aires de misticismo real a la estancia, aun al aire libre, con el trato a favor de la caída de la calle para beneplácito de la belleza del ambiente. Otros detalles de esos, de los quedé obnubilado, fueron los soportales, conforme avanzaba y me adentraba en el interior del anejo a modo de ciudadela de fantasía, enriquecían la arquitectura con columnas al estilo dórico y, al mismo tiempo, detalles de corte neoclásico, sobrios pero a la vez atrevidos desdibujándose en ocasiones y sin mantener uniformidad ninguna alguna figura tallada entre las exangües cornisas debajo de los ventanales. El resto quedaba a la intemperie, a las inclemencias del tiempo y cuando no, ¡del espacio incluso!

La sorpresa era no encontrar a nadie. También de decir que, aparte de nunca haber estado por ahí, tampoco había oído hablar de este lugar y, por eso, mis ansias exploratorias se magnificaban. Por suerte no es un lugar donde tu madre, tu padre o, ¡quién sabe como estarán las cosas en casa! saldrá tu perro a decirte que “no has de andar por ahí, que es peligroso”. Sin esos impertinentes mensajes ante cualquier cosa que se atisbe como atrevida o divertida sin más, la sensación de libertad era plena y casi de ficción. No obstante, recuerdo, la frase en mente que tenía ese día. Por algún extraño motivo -y seguro que sería descubierto en breve- rondaba las inmediaciones de mi conciencia: “Hay más cosas que nos unen que nos diferencian”. Un poco incoherente cuando uno se encuentra en un lugar que, de todo, lo menos puede señalar son sus similitudes con la vieja ciudad o ¿nueva? de donde venía, donde todo era igual, aburrido, sin frescor y una tenue niebla encubría. Casi hacía ir con los ojos a ciegas y menos ganas de dar una vuelta daban porque la rutina oscurece a la belleza más despampanante ¡Y hablo de ciudades! Las diferencias entre lo nuevo y lo antiguo se hacían indistinguibles porque el tiempo se había paralizado en una parte del mundo, justo donde residía. Mala suerte. La experiencia de los “nuevo” dejaba boquiabierto y arribaba a la curiosidad.

Al final llegué, por fin, a un lugar donde sentarme porque todo el trayecto anterior había pasado entre los carriles de la fantasía pero en real, en un camino sinfín, a modo de calle y tal como describí antes. La plaza que alcancé luchaba por el puesto a lo más parvo en decoración cuánto esperaba ver, sino la simplicidad inundaba la redonda de su forma y contrastaba con el exterior de edificios de igual altura compitiendo por los más altos decoros, bellos soportales y sin iguales sensaciones de prestancia y novedad. Pero no había nadie. Estaba solo.

***

Divisaba la miseria de las gentes tirada en la calle, a modo de los mendigos que con esos aires de resignación. Esta vez andaba en completa compañía. Una compañía no deseada sinceramente pero de hecho, no podía decir que andaba en un solar desolado, valga la redundancia. Cuidaba mis pensamientos para rehuir tanto dolor y sufrimiento que, al principio, me había armado inmune a todo aquello pero la vista de minutos y horas en ese ambiente y desentonando tanto llegó a producirme una sensación de culpabilidad sin sentido alguno pero, al igual que la compañía, también se unió a mi fiel comparsa de acompañantes no deseados. De sol a sol la moribunda ciudad sucumbía a la par de sus gentes. Las casas, por cierto, rezumaban miseria y, aunque con sorpresa bien hechas, si eran austeras hasta el tejado y parcas en todo adorno posible. Puertas derruidas, muchas, a la faz de los días y días, posibles robos, vientos fuertes de la zona y una depurada, irónica, vía para atraer la ignominia. Fuentes paradas y llenas de desechos inmundos. Plazas de solemne, pobre riqueza de alma. Al fin del mundo había ido a parar, o eso parece. Me contenía las palabras y mis emociones acudían al rescate de mi mente, forzándola a salir de aquel ambiente como fuera, saltaban como pulsiones innatas de saber donde no debía estar.

***

¿Es que los espacios bellos son vacíos? ¿Por qué no hallé a nadie en los espléndidos rincones de la ciudadela pero todo lleno en los suburbios del mundo? Porque todo es tan trágico, en un lado, la soledad y en el otro la tragedia.

– Vivir en el mundo de los ideales tiene su precio.

– ¿Qué quieres decir?

– Las cosas son como son, casi nunca, por no decir nunca coinciden tal como lo pensamos.

– Pero todo es tan horrible, prefiero, a veces mi refugio. Es mejor.

– Seguro que no dices eso si hay te guardas durante una temporada. Sé que pensabas. Todos somos más igual que diferentes en vagas palabras. Todos tenemos lo que queremos dentro, por unos instantes. Es un autoengaño, pero también todos deseamos de estar con todos. También todos deseamos, en el fondo, compartir esa desilusión por las cosas que no son como desearíamos. Todos, también, luchamos con alegría por convertir la desolación en una fantasía de cuentos de hadas: en otras palabras, ser felices.

– Eso está muy bien, lo noté.

– ¿Y?

– Creo que sé porque se incluye dentro de los siete pecados capitales la pereza.

– No hacer nada es morir. No hacer nada conduce a los cuentos de las maravillas internas que actúan como analgésicos hasta que nos acostumbramos, entonces, todo se ve igual, igual de aburrido, pesado, gris. 

Querer, moverse, desear, saltar es destapar al cielo de las nubes y permitir al sol alumbrar con radiante alegría.

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