Una idea trascendente

Pese a mi posición innegociable de ateo como base, paradójicamente, no ando exento de ciertas tensiones que, pudiera decirse, son de naturaleza espiritual. A algunos reconocer la inexistencia y, aun más, negarla como imposible, de Dios acaba con toda pretensión de vida espiritual, sin embargo, otros conciben que existen otras concepciones con que rellenar el vacío. De igual modo, subsisten las afirmaciones de la no necesidad de llenar ese vacío existencial y, a la vez, la que no puede vivir con sentido sin una sustancia ocupando ese huero vacío. No sé si, por cualquier razón particular, o porque es algo consustancial e inherente al género humano, yo me atengo a la segunda y preciso de un relleno.

Sin duda podrá pensar el lector que debe ser un tanto curiosa la creencia trascendental de un ateo radical pero animo a proseguir y comprobar que no es nada que no haya sido formulado previamente. Mi idea se aproxima a la de Baruch Spinoza. De esta manera haré memoria sobre sus proposiciones sobre el mundo. El filósofo holandés concibe al mundo como una materia divina infinita cuyo atributo es la extensión [1]. Es divina porque piensa en la materia como Dios y como Naturaleza al mismo tiempo. En otras palabras, la materia tiene dos caras, aunque equivalentes: la Naturaleza es Dios. Spinoza es determinista, no cree en el libre albedrío, se lo impide su pensamiento: si todo es materia entonces ¿de dónde se supone que se pueden escapar de las leyes que rigen la materia de la cual también estamos construidos? Su noción de libertad es confusa, porque también deja una puerta abierta a ella a través del entendimiento. Yo esto, lo reinterpretaré. Por último, supone que los valores morales son arbitrarios, creaciones nuestras sin preexistencia previa y absoluta. Efectivamente.

Con ese repaso breve repongo todo con mi visión sobre la base spinozana. Todo es materia, de distintos tipos o “modos” como llama Spinoza, aunque no de Dios, en este caso más próxima es la definición de Aristóteles de psyché o alma como una especie de cuerpo-mente-contexto; donde ninguno de los tres se separa de los otros. Desligándonos de nosotros mismos, las cosas, materia, en sí, conocen dos “modos”, el natural como objetos materiales ni más ni menos, en el cual podemos indagar su composición fisico-química y examinar científicamente y el “divino” que, en vez de esto, es subjetivo, valorativo o fenomelógico. Es decir, el otro “modo” de la materia es cómo la percibimos, lo que nos sugiere, lo que nos despierta, el valor que le concedemos. Esa es, para mi, la visión “espiritual” del universo, la que, en otras palabras, percibo, y lo diferencia de la percepción de los demás. Yo puedo ver algo tan simple como un libro pero que para mi significa mucho, le añado un valor por encima del simple hecho material que puede que el resto de personas no le conceda. Claramente, existen tantos “mundos espirituales” como personas en el mundo o seres capaces de percibir conscientemente. Yo solo puedo conocer el mío.

Sobre el libre albedrío, en efecto, no existe ni puede lógicamente existir. Lo real es una indeterminación epistémica por la cual nos encontramos indefensos ante encontrar nuestro futuro, que sabemos, existirá de una forma inmutable, pero no nos es cognoscible. Así, puedo hablar de determinismo a un nivel cósmico o físico pero humanamente es una simple indeterminación: un no conocer lo que sucederá. No creo que podamos superar este escalón entre ser unos seres más y ser unos seres omnipotentes capaces de recetar o leer un destino o algo similar. Lo que la ciencia avanza también estaría ya determinado, lo que perdemos el tiempo hablando e investigando en esto también está determinado. Ahora, la verdad radical es que lo desconocemos pero sabemos, y yo lo afirmo, que lo que pase no podría haber sido de otro modo. Igual aplicamos esto a algo tan prosaico como este breve escrito: no podía sino haberlo escrito. Pero mientras conecto las palabras y pulso las teclas no sé cuál será a ciencia cierta la palabra siguiente ni el resultado final, pero eso es para mi, internamente, en privado.

Termino con los valores morales. Lo dejé relativamente claro en “Personas y cosas” [2]. Son creaciones elaboradas para justificar, convivir, entender, interaccionar con el medio y todo cuánto hacemos. Son de una naturaleza eminentemente útil y se han de desarrollar, o es bueno que así lo se haga, con razón práctica en ver cómo y cuál es la mejor forma de sentirnos bien con nosotros y en sociedad. Pero nada más allá de esa realidad, y nada trascendente es. La dignidad, el honor, la honradez, el bien, el mal, lo creamos, subjetivamente, lo percibimos y sentimos y existen dentro de cada cual en forma y modo diferente. Si hay algo valioso en este mundo por sí mismo es la propia indeterminación rectora. Nos aturde con la indefinición y nos obliga a actuar en busca de algo que, por raro que parezca, creamos a su vez nosotros mismos.

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[1]: Recordemos las sustancias de Descartes: pensamiento, Dios y materia extensa.

[2]: https://daviddonaireblog.wordpress.com/2013/03/22/personas-y-cosas/

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