El fenómeno de la consciencia

Lamento de uno de los conceptos más trascendentales para el pensamiento humano. Una de las cosas que más inquietudes suscita, que curiosidades y mil motivos artísticos ha propiciado nacer lo deje en un lugar tan oscuro, o más bien, lo trate con un exceso de sobriedad. Me ha llevado a escribir sobre esto dos apuntes, uno de Max Stirner y otro sobre Henri Bergson. Estos dos filófosos inmersos en el estudio de la consciencia, del ego y de la individualidad y su libertad. Han basado su filosofía en tales conceptos como otros tantos. Y, sin embargo, después de mucho divagar uno concluye que es uno de los temas menos interesantes de los que se puede tratar por muy aureo y numinoso que pueda ser.

La consciencia no existe físicamente, es un fenómeno, algo que percibimos nosotros en nuestro interior subjetivo. Preguntarse sobre la consciencia es como preguntarse sobre por qué vemos el color que denominamos “azul”, azul. Podríamos llamar “rojo” a lo que llamamos “azul” y seguir percibiendo, no obstante, el mismo color realmente. Es más, no podemos saber si el resto de las personas ven los colores que llamamos iguales exactamente igual a nosotros. Seguramente sí, pero si fuera que no tampoco ocurriría nada del otro mundo, ni nos daríamos cuenta. Nosotros podemos reconocer a los daltónicos porque ven varios colores como uno, pero si, simplemente, vieran esos varios colores como distintos unos de otros aunque con percepciones diferentes a las nuestras no nos percataríamos de esa diferencia. Esto como el caso del azul que se ve rojo, y el rojo visto azul.

Luego está la manía -debo de llamarlo así- de buscar la base física y científica de la consciencia. Vamos a ver, que me digas que recae en el área parietoccipital izquierda sigue sin decirme nada. Con ese hallazgo tan sólo me indicas que si alguien tiene daños en esa área no podrá ser consciente de sí mismo, a lo sumo; o no podrá ejecutar las facultades lingüísticas. Pero no nos indica nada sobre el fenómeno, o sea, cómo sentimos la consciencia y cómo es formada, alterada, construida, modificada a cada suceso de nuestra existencia. Nada de eso. Un caso interesante: los sucesos del sistema inmune y digestivo influyen en los estados mentales. Esto significa que el cerebro no está aislado, es más, que su funcionamiento no deja de estar emparejado con el cuerpo y no deja de ser, en parte, efecto del cuerpo. Así pues, e igual, con los sucesos de fuera, de nuestro exterior, que nos influyen en lo que pensamos y en cómo nos autopercibimos, nos lleva a pensar que el fenómeno de la consciencia se codetermina como causa efecto de tres factores simúltaneos como son el estado del cuerpo, nuestro exterior y nuestra experiencia.

¿Nos hace especiales la consciencia? Quizás, per se, no. Una percepción más no creo que signifique algo como la señal de un destino, un ente metafísico o un especimen cósmico. Nos puede hacer sentir especiales personalmente, nos puede encaminar a percibir felicidad cuando actuamos en consciencia y un sinfin de cosas. Es un mundo fértil y llamativo aun sin dejar su condición de subjetivo. Pero, en tanto esa condición en verdadera y lo ficticio, pues, de todo, cabe preguntarse que cualquier concepción útil de la consciencia es válida. Si alguien reflexiona y cree que la consciencia forma parte de un ánima, tal como objeto místico, si viene de algo del más allá, nos vale. Mientras que eso nos ayude, nos vale. Mientras nos haga sentir mejor y colabore en hacer de la existencia algo más placentero y llevadero, nos vale. También valida a quién piense que somos como máquinas y eso sea una ilusión del universo. Bueno, si eso, aunque no constituya una literatura muy bonita ni emotiva, nos vale.

Demás elucubraciones quedan fuera de lugar a mi juicio.

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