La inhumanidad

Dice así el lema del Miniver -Ministerio de la Verdad, en la neolengua-:

La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza.

Es como una basta pirámide ubicada en mitad de la ciudad. Algunos carteles alrededor, acechantes, indicando los caminos a donde no hay que ir. El mundo tiene las cosas claras. El paisaje es medianamente homogeneo. No existen sobresaltos y la estampa es primaveral, dulce, tranquila, horizontal, solo rota por el tosco edificio piramidal. Parece un contrapeso necesario, insurrecto ante la calma reinante y dominante. Las gentes saben qué hacer, es lo mejor, incluso un diseño más perfeccionado que los relojes clásicos, esos de agujitas y segundero con tic-tac. Más que ver a aquel hombre, embuido en su traje, aunque un poco informal, solo llevaba la clásica parte de arriba de etiqueta. Abajo completaba la vestimenta unos vaqueros normales y, eso sí, unos zapatos negros de punta, relucientes al brillo del sol. Portaba una maleta y se movía diligentemente. Un ejemplo de la pulcritud, la perfecta armonía y una mezcla claro-oscura, una formalidad informal. No sé a dónde se dirige exactamente.

La plaza del centro, coronada por un espacio de cesped limpio y cuidado, circundada por enormes vías de tráfico sereno todo el día. Un trasiego de personas bien ataviadas de un lado hacia otro. Caso omiso casi a los mensajes de los carteles, simple propaganda. Todo el mundo con la certeza de saber qué hacer.

– Dejar cero espacio a las dudas es la clave, amigo.- Dijo con amabilidad uno de mis acompañantes. – El tiempo es oro. Eso lo sabemos hasta con los hombres de gris de Momo. Debemos emplearlo bien. Aquí todo el mundo lo hace – Terminó con orgullo y una sonrisa.

– Ya veo. -dije vagamente sin despegar la vista de observar el panorama.

– Quizás sea deslumbrante. No lo es. Hemos aprendido desde chicos a saber qué hacer. Somos eficientes.

Mi respuesta quedó en un tímido asentir a sus palabras. Me estaba percatando de algo. No sé de qué. Pero algo. Él mientras continuó:

– Entiendo la sorpresa. Creo que puedo adivinar qué piensas. Sí, tenemos una de las mejores educaciones, desde chicos, forma parte de las labores del ministerio del edificio en forma de pirámide. Es curioso, suelen usarse diseños atrevidos de arquitectos atrevidos, así destacan.

– Comprendo. -respondí lacónicamente.

Después de eso nos movimos. Debíamos ver una de las fábricas, mas tarde comeríamos y tendríamos libre un tiempo para preguntar y ser atendidos en nuestras inquietudes.

La fábrica funcionaba justo tal como imaginaba. La imagen era perfecta. El fordismo aplicado a la perfección, con un control del tiempo tan exacto que embriagaba. Una función tan perfecta y una demostración tal de disciplina que, lo más, despertaba cierta envidia del buen hacer. El encaje de todos los técnicos en sus puestos, algunos obreros fabriles montando y desmontando. Si no me equivoco se trataba de la parte inicial de futuros motores. No sé de si coche o de vehículos más grandes.

Una hora más tarde estábamos en una especie de taberna. Un edificio espacioso, cuco hasta cierto punto, por fuera relativamente bajo para su extensión a lo largo. Cumple con las formas horizontales de las ciudades de aquí. Una serena sensación siempre despiden. El interior no desmerecía. Cuidaban los detalles, aunque no debo obviar la austeridad, utilidad de casi todas las cosas, medidas y estudiadas seguro que a consciencia. Unas mesas funcionales, modernas, con solo dos patas dobles, cada una en un lado. Adheridas firmemente al suelo. Este último, liso y límpido, sin más decoro y sin dar píe a resbalones. Por lo menos…

– ¿Cuál es la vida normal en la ciudad? Siento curiosidad. He visto mucho de lo meticulosos que sois con el tiempo. Me pregunto muchas cosas.

Una risa sórdida y respondió con pausa – Las gentes tienen todo lo que pueden cabalmente desear. Los fines de semana siempre es típico salir, y hay varias opciones, muchas en realidad. Tenemos discotecas como ustedes las llaman. Tenemos tabernas y restaurantes. Las justas, a cada cuál de conciernen una serie de servicios de ocio a su disposición. Igual, también, algunos recreativos están disponibles por zonas. En verano se puede ir en las zonas de la costa a la playa, aunque a los que no viven en tales zonas tienen más complicado el acceso. Los espectáculos deportivos, teatro o cine son habituales, de vez en cuando se celebran festivales.

– Tienen de todo. -dije ocultando la sorpresa y confirmando, a la vez, lo que este bien hombre me decía.

– Desde luego. Es tal como se ha configurado, bajo el tiempo es oro, una sociedad asentada en el aprovechamiento de los recursos y que sabe disfrutar.

– Me ha dicho que es complicado viajar de una zona a otra. No sé si lo comprendí mal.

Sonrió de nuevo. – No, en absoluto, no lo comprendió mal. Así es. Tenga en cuenta que los viajes incurren en algo que perturba mucho a los planificadores. Si se cambia el sitio donde se usar los recursos, habrá zonas en las que se producirá alguna escasez y en otras una ligera abundancia. Esto peligraría el modelo, tanto que la gente podría desear groseramente ir a vivir a otro lado, donde no están asignados. Queremos mantener todo estable, esa es la mejor de las virtudes.

– Entiendo. Pero, mire, le pongo por caso, hacía unos treinta años en mi tierra era fácil ver a los niños jugar en las calles, con un balón improvisado o correteando. Ahora, tres décadas después, se suele jugar más en las casas con videojuegos y ordenador, o a través de internet. Se reservan espacios deportivos y se juega. Ya no en la calle. – me interrumpió de pronto.

– ¿Quiere llegar a…? – Me dijo algo descuadrado, como si no supiera a dónde iba.

– Quiero llegar a que se ha cambiado. No sé si es mejor o peor. Pero se ha cambiado. Las cosas cambian por la acción de unas personas, que después las siguen otras, y así. No sabemos si es mejor, de hecho, habrá quién piense que sí y otros que no. Yo solo afirmo el cambio.

– Nosotros, a diferencia de ustedes, no relativizamos. Debemos estar seguros de que un cambio no altere los ecosistemas humanos para implementarlo. Lo hacemos con seguridad. En este caso no puedo declarar mi país como aventurero. Por eso lo deñimos todo al crecimiento cero, pérdida cero. Ni más ni menos. Lo que hay, lo que debe ser, lo que será. Tiene encanto velar por el equilibrio.

– ¿Rutinario?

– Es posible. Pero piense por un momento. Usted no tuvo experiencia de lo que hizo su padre, ni su abuelo, mucho menos antes. Aunque si suponemos que vivieron e hicieron lo mismo. A usted eso no le aburre ahora porque no lo vivió en primera persona. A eso le llamamos casi solidaridad experiencial entre generaciones. Nos espanta eso de “cada generación tiene sus cosas”. Creemos que tenemos el derecho de poder vivir lo mismo que nuestros antepasados. Somos iguales, también dentro de la dimensión del tiempo.

– Es cierto parte de lo que dice, pero, también, cada uno quiere ser original a su manera. Casi es innato.

– Eso depende de la educación. No lo vemos bien. Usted tenga en cuenta que la orginalidad atenta con los planes de provisión de bienes y servicios y crea desigualdad. Es inmoral la orginalidad. Aquí todos obtienen sus titulaciones, hasta las universitarias, y todo el que ve por la calle es licenciado ¿sería orginal no serlo? – dijo entreviendo mis reacciones con sospecha- ¡Es rebeldía!

– Perdone si importuno pero ¿para que quiere que todos seas licenciados si después no pueden ejecutar, servirse de sus conocimientos y hacerlos útiles a la sociedad? Entiende… Puede haber gente que prefiera dedicar el tiempo a otras cosas y ser más feliz pese a no saber tanto.

– Eso es un disparate. Nosotros queremos a todos mejores. Nos enorgullecemos de eso.

– Entiendo.

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