Un plan oculto

Los barcos ya viajaban con rapidez hacia la ciudad transportando su preciada carga. En su mansión, el señor de la Ciudad, cuyo nombre no ha de ser revelado, aguardaba con la impaciencia que siempre le ha caracterizado. El reloj cuyas agujas señalaban justo en la misma dirección apuntaba a las doce del medio día. En diez minutos todo debía ser descargado y almacenado posteriormente sin demora alguna. Aun así, el Señor ya mandó a uno de sus ‘mandaos’ a emitir su siguiente voluntad. Se trataba de iniciar la construcción de una pirámide en las afueras de la Ciudad. Una enorme pirámide, monumental, a estrecha imitación de las originarias del antiguo Egipto pero aun mejor, sello de la casa. Con el tono iridiscente que irradiaba el arquitecto de la Ciudad en cada una de sus órdenes, todos obedecían tal como autómatas. Expedía su presencia una fragancia de terror innato embadurnado de una aura de poderío.

Un gran movimiento en la Ciudad. La gente se movía por las calles por todos los sitios y se arremolinaba algo a las afueras donde reparaba su destino. Allí, emplazamiento perfecto de la obra magna del Señor. Al mismo tiempo, con el sudor resbalando por la frente, acudían los obreros y otros trabajadores de la obra ya transportando todo lo necesario. Igual que en el puerto, montando cargas y descargas iban. Todo se mueve como el reloj, ese tan maravillosamente construido, instruido en oro de veinticuatro quilates, vacilante de obstentación pero preciso como el cuarzo. Ya sus manecillas marcaban las dos de la tarde. Todo proseguía sin más obstrucción ni desliz en los planes tratazos con meticulosas manos. Solo una inteligencia tal sería capaz de mover toda una Ciudad como si se tratara de un niño manejando los movimientos de unos muñecos de paja.

Solo algo así iba a promover el entusiasmo en la gente. El estrépito producido por un monumento a la grandeza de la Ciudad, un presente de los más oneroso del Señor, se justificaba en la veneración de estos a él, el guardían de ese palacio terrenal. Un barullo recorre siempre las calles con la llegada de las novedades provenientes de la casa de donde todo nace, y muere. Porque las horas mueren con el cambio de posición de las agujas y vuelven a nacer, de nuevo, y siempre, a las siguientes doce horas. Aunque siempre son doce horas distintas en cada uno de los ciclos. Es como quién se levanta por la mañana. No es el mismo que el que se levantó la mañana anterior, incluso en el mismo lugar. No es posible. Siempre hay una mínima evolución, sobre todo la verificamos mirando con perspectiva.

El Señor se acercaba al solar de las obras por la mañana para congraciarse de los esfuerzos de sus gentes para dotar de prestigio y tranquilidad a toda la Ciudad. El gesto fue bien recibido. Con sumo respeto y reverencia. La tenaz mirada ese día del Señor, habitual como impertubable, dañada a la luz del público con una rúbrica de dolor. Un rayo que cruzó fugazmente la mente de esta alma incandescente, a la vez fría, helada por el orden, la disciplina y el mando sin fisuras, dejó huecos a algo más. Fueron días después, varias semanas incluso. El caso que fue tiempo. La pirámide enseñaba su esplandor al canto de los gallos en la Ciudad. Con esa estampa de suma belleza, con los rayos del Sol enrojeciendo el cielo y haciendo de la pirámide, de un amarillo anaranjado, oscurecido al contraluz. Pálidos reflejos. Una mirada imposible hacia delante, la huella, el píe, parecen que doblegaban a todo el presente en ese momento.

Uno de los servidores más cercanos del Señor llamó a sus aposentos. No hubo respuesta a pesar de la insistencia contenida del sirviente por temor. Pasaron horas. Y no había nadie con el rostro de turbio y firme con el reloj en la mano. La incógnita no se iba a despejar. Ya advirtió de urgencia la búsqueda del Señor. No andaba por ningún lado. Nadie le vio. Y si una de sus virtudes era no ser invisible, también lo era ser calculador y dar la sensación de esconder siempre unos planes, que si Dios siquiera pudiera hallar ni conocer. Un rastro de siniestro misterio.

– ¿Qué desea usted?

– Aquel carro.

Se retuvo algo. Y espetó -perdone la indiscreción ¿sabe que se parece mucho al Señor?

Se río levemente, y casi con oculto sarcasmo.

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