De lo importante a lo satírico, de lo satírico a lo tonto

No está de más tomarse las cosas como un chiste cuando van mal. Se echa de menos una pícara sonrisa producto de algún arrebato de humor inteligente pero, aunque no despeje del mal que asola, por lo menos logra despejar la mente durante un tiempo. Puede ser el momento, poco después, de enlazar, paso por paso, cada suceso desagradable que se ha aguantado y convertirlo en una ristra cómica y satírica de un personajillo novelesco del tres al cuarto. Esto es igual, si lo vemos tres veces por telediario, las frustraciones de la crisis, pues más de lo mismo. Se puede entender como un cuento de no acabar, del jueguecito de los pintorescos tipos, que posan bien en las fotos pero sus palabras anuncian mal tiempo. Al fin y al cabo, y si no hacemos tremendismo de la verbena de estos, te das cuenta que son tan don nadie como todos los demás. Tampoco es que destaquen por ser cerebros brillantes ni genios de la retórica y, en evidencia quedan, con la suerte de nimieces que siquieran son capaces de sortear, o torpemente lo hacen.

Pero eso son los telediarios. También tenemos el culebrón constante del futbolero de turno. Si tal o cual jugador estará lesionado, volverá a los terrenos de juego o está en, como se dice, en mala racha. Preocupaciones importantes sin duda. Casi, por seriedad ganaba lo anterior, aunque tampoco va muy allá visto más de una vez o dos. Y… si he mencionado fútbol, ¿por qué no corazón? Que son hermanos. Son los juegos que apaciguan los ánimos en una conversación trivial que, de no ser por esos profusos contenidos, caerían en un silencio harto incómodo. Es como el hombre del saco secuestrando niños, claro, en la oscuridad de la noche y sobre todo, a aquellos malos ¡Son idénticos! Sin estos tumultuosos temas, folklóricos por cotidianos, y carentes de todo interés racional, el secuestro de las palabras daría paso, de nuevo, al silencio incómodo y a preguntarse con aspereza y prisa ¿qué decimos interesante?

Yo resumiría tranquilamente que el problema es siempre hablar de las fábulas clásicas, sustituidos los animales de protagonistas, por políticos y futbolistas como famosillos del bote; que, tal para cual funcionan. Pocas veces se edifica algo nuevo y cuando se hace, ¡claro! se reclama de un poco más de atención. Si es que queremos canturrear como quién tararea con tanta imprecisión que el único al que le suena mínimamente la melodía es a él mismo. Quizás conste este arte olvidado de un poco más de maña que de fuerza, o mejor dicho, de un poco más de reflexión que de saliva gastada. Y, al mismo tiempo ¿por qué tal silencio ha de interpretarse como incómodo? Si, es más, descansa los oídos de las sandeces que se profieren por doquier. Deja asimilar la pizca de sabor de los intercambios con los demás y colabora en obviar lo prescindible.

¡No tenemos tiempo para lo superfluo! Pues nada ¿respeto? Ninguno. Es que recuerdo, y esto lo sigo, de vez en cuando un estudio psicológico sobre si es mejor para, supuestamente, la felicidad, prodigarse en profundas conversaciones o salpicar de flor en flor palabras necias. Pues vale, lo necio son los estudios porque cada cual, y hay para gustos, dan conclusiones contrarias. Es que el pecado original se encontraba inserto en el comienzo: nadie me definió qué consideraban cómo conversación profunda y cuál era tachada de trivial. El siglo del incordio… perdón, de la información, convierte al sujeto en una máquina receptiva tal que asume contradicciones y sinsentidos como nunca en la historia, terminando, sabiendo menos que antes pero poseyendo un inmenso arsenal, más que nunca, de historietas conque hacerse el interesante y suscitar un barriobajero interés intelectual.

Lo más honesto después de esta retahíla poco constructiva como denunciaba previamente es decir apaga y vámonos. Porque no tiene fin la montaña de improperios que se acumula en los foros, comentarios varios y nimieces varias encontradas en internet. Porque no tiene fin, a la vista, el aburrimiento que acosa y hostiga seriamente las mentes de muchos, que les hacen despreciar el tiempo con tanta seguridad que los convierten en santos del nihilismo. Y esta espiral no tiene fin. Culmina con los bonitos carteles facebookianos con mensajes sacados de cuentos de Disney, y todos buenos y comieron perdices, pero sin el musical de turno ni la animación pertinente. Solo un cartel como los del oeste salvaje de wanted. Pues eso, apaga y vámonos.

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