Ese tiempo tan nuestro (porque lo hicimos nuestro)

Narro esto desde la experiencia de haber temblado cuando las cosas por motivos que uno no consigue alcanzar a comprender cambian radicalmente. Todo lo hecho se deshace. Da igual lo que sea, porque la corrosión a la que nos somete el tiempo es inespugnable. Del óxido de una relación, de un tiempo de paz o una huída a enterrarse en repensar todo surge, brota, emana, de Dios sabe dónde, la chispa de que vuelca todo, todo a destruir creativamente tu vida. Manuel refulgía en llamas de arrogancia, yacía cual piedra inmutable, pero quejoso por el cambio, por la rapidez por la cual se deslizan los hechos y pagan los errores. Uno busca lo más y cuando la conformidad te impulsa a la mediocridad, significa… Seguro que significa que el cambio acecha al instante menos esperado como un giro del destino urdido desde arriba.

El azar existe. Nuestra acción también. La emoción también. Fue en la bella Italia, en el más inocente de los viajes, o mejor dicho: en el más candente y frío de los viajes, bajo la fricción de caer en la relación de su vida cuando los tres elementos antes nombrados hicieron acto de presencia con sutil dulzura y con sumo arte en el uso de un armamento seductor. Una imagen, Luis, de un compañero de viaje, desconocido hasta entonces, sentaba la primera piedra de la cascada de piezas de dominó que iban a caer en los próximos días en aquel viaje. Unos pocos encuentros, unas cortas palabras sazonadas de cortesía pero con vernáculas intenciones por dentro. Un destello de impresión fuera. Tener la certeza de querer estar junto a esa persona, no saber por qué, saber que, incluso, es más, es incorrecto. Aun así, todo el Universo se iba a poner de acuerdo para zanjar el asunto de la forma en que ella más quería y anhelaba, pero a la vez, de la más inconsecuente forma. Si tenía que pensar, iba a sustituir eso por sentir.

El sugerente interés de Luís por Ana en el viaje dicho y hecho por meros rodeos atraían a esta, queriendo no ser la víctima. Una escapada con la locura de la adolescencia en plena madurez, huir de lo programado, hacer lo que sencillamente viene en gana. Una excusa simplista autojustificaba eso y otra más a los guías del viaje: mi mujer es que estaba indispuesta y nos quedamos en el hotel. Robo de mano seductora acaparando la atención compadeciéndose de la situación del otro. Una preocupación vestida de luto cuando un baño en la piscina abría paso a otro tipo de sentimientos más materiales, más carnales. Y casi todo eso hubiera bastado pero siempre sucede algo que desengaña de la ilusoria realidad, o nos la complican, para que todo no sea tan fácil.

Un día, Luis dijo tajante que debía marcharse a tenor de una llamada corta. Sin más pretexto de la llamada, apremiaba a romper con todo este artefacto creado en esos pocos días. Sin consuelo. Un golpe. Ana bramaba contra él, pensó en la casi perfecta manipulación de la que había sido víctima. No concedió confianza ninguna. Si algo no se puede contar, es que ni existe confianza, ni existe algo más allá de un engaño. Ana investigó sagazmente en las cosas de Luís para llevarse aun si cabe la sorpresa del siglo de contemplar su nombre en su carnet de identidad como Fabio, no Luís. Este no existía, como tampoco nada de lo sucedido. Ella fue ella, se dejo; fue ella, y sus circunstancias.

La marcha fue inevitable y la decepción bochornosa. En el aeropuerto de vuelta hubo un tiroteo. Unos bandidos atacaban a un policía cuando este intentaba arrestarles. Sabían que era el narcotráfico. Los estaban persiguiendo. Un hombre herido, el policía, caído al suelo con heridas, por suerte sin poner en peligro su vida. Resultó ser Fabio. Resultó que el médico más cercano y rápido en acudir fue Ana. Resultó una enmienda a un error en un ángulo de ciento ochenta grados. Se entendía todo, aunque por la urgencia de la situación al principio ni se piensa, solo se actúa. En el hospital reposó y se recuperó de lo más grave. Ahora, el único camino de los dos, libres de desengaño era la romántica velada que esperaba al caer la noche. Ahora la preocupación se cernía en un mañana donde el problema radical de siempre de los amantes, la distancia, iba a hacer de abogado del diablo. El placer de la noche anterior se esmeraba en enterrar la tirria impotencia de la distancia pero, aun así, incapaz, ambos tuvieron que plantar cara a la realidad.

El regreso de Ana truncó, como no podía ser de otro modo, la moribunda, ahora rematada, relación con Manuel. La chispa de cambio se había transformado en un giro en los engranajes de las emociones de ella y la experiencia del viaje en algo más que, lo que dice la palabra viaje. Las decisiones se encadenan en una dirección y cómo empezar de cero pese a la carga que somete.

Impulsos ¿no? Diría alguien. Cómo llevar al traste una familia sería otra de las lecturas. No. Todo en la vida tiene valor, pero nunca lo podemos medir en dinero ni en esfuerzos. En otro caso, igual el desenlace hubiera sido más de rigor antiguo, de categórico no, y de poner por encima lo hecho a lo por hacer. Pero no es garantía de acierto. La búsqueda de la felicidad, de ese duende tan escurridizo, duerme en los sitios más insospechados; y huye a la velocidad del viento cuando piensas que lo has atrapado. Y la moraleja de todo es que el duende vive en nuestra imaginación, dándole sentido a todo, cuando la realidad solo refleja cada uno de nuestros pasos chochando y cruzándose con los pasos de los otros. Solo sabemos que no sabemos nada.

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Una respuesta a Ese tiempo tan nuestro (porque lo hicimos nuestro)

  1. Bea dijo:

    Ahora mismo no me salen palabras…te perdono por haberme “robado” la historia porque te ha quedado precioso este resumen analítico, gracias por haber creado algo desde mi inspiración (L)

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