Choca con la misma piedra… al buscarla

Mantuve una breve conversación con el guardia de la entrada antes de adentrarme en las ruinas antiguas. Entre por una abertura, pues no se le podía denominar como puerta, hacia un laberinto, el cual ya estaba prevenido, de túneles subterráneos conduciendo, al final, se supone que a una estancia sagrada. Los textos eran claros, recogidos en unos edificios aledaños, con que el tesoro se encontraba al final del laberinto, siempre y cuando, claro está, se resuelva. Por ahora, el resto de la modesta expedición con la que contamos se ha mostrado renuente a entrar así como así porque la verdad que la entrecruzada de túneles no es moco de pavo. Y desde luego, por las condiciones tan inhumanas de los túneles-caverna no se podía permanecer mucho tiempo. El hedor era particularmente mórbido aunque su procedencia se contenía ignota ante nuestra ingenuidad sobre el origen de las ruinas.

Los cierto es que su descubrimiento no estuvo libre de controversia y fue hace tiempo. No es cosa nueva pero a decir verdad no conocemos a nadie que se haya internado en ellas a más de dos palmos de la entrada se entiende. Quizás la repugnancia de los túneles hayan sido suficiente como para desalentar las disquisiciones de los científicos allí presentes y, por supuesto, la falta de pistas sobre qué es eso al fin y al cabo, imprescindible para hacer algo y no dar palos de ciego. Poco a poco, sin pausa pero sin prisa y más de una vez conteniendo la respiración, fuimos “deslizándonos” por los pasadizos mientras escuchábamos el crepitar de las gotas caídas a la base, con las formas de las estalagmitas y estalagtitas típicas de todas las cuevas. El misterio, no obstante, de la formación clásica de las cuevas calizas en este terreno ahondaba en sumar más misterios al asunto porque, por otro lado, estábamos en un edificio y, por tanto, debía haber sido construido por ¿humanos? y no por la naturaleza, no hay indicios de una antigua montaña o, por lo menos, montículo de tierra. En los laterales de los pasadizos se avistaban unos decorados curiosos, casi como unos protectores de bloques de piedra en la base de los pasillos continuada, por arriba, por otro tipo de roca, más hundida y más lisa, menos bruta que la base en color pálido mientras los bloques abruptos sonaban grises, amedrentados por el curso del agua, visto en huellas y cicatrices entre la redondez básica de las rocas.

Mi compañero alzó el candil para poder ver mejor a uno de los lados, donde el pasadizo se ensanchaba por primera vez sin haber bifurcaciones. Continuábamos una línea recta dibujando y apuntado todos los recovecos útiles con tal de describir los túneles y, con el tiempo, pudieran ser explorados al completo. Así pues, en el grueso del canal, nos encontramos con una azarosa amplitud del pasillo sin más detalle, ni símbolo ni enigma por resolver. Fue bueno porque el hedor característico al que nos estábamos, y no sé cómo, acostumbrándonos cesó por momentos, nos dio una pequeña tregua. Nos detuvimos los tres a descansar después de unas agotadoras caminatas por ese lugar tan lúgubre como enigmático y, recuerdo, no precisamente inodoro. Uno de mis compañeros se apoyó en la pared al tiempo que mi otro compañero y yo nos sentamos en el yermo suelo de la estancia. Al poco, nos percatamos de un insignificante detalle. Al parecer el camino de regreso o, por donde habíamos alcanzado aquel lugar había cambiado de dirección inexplicablemente. Es decir, teníamos la convicción de haber llegado por un lado pero ese lado ya no estaba allí sino que había virado, conducía a otra dirección a juicio de todos.

La percepción no cayó en vano porque no veía normal la equivocación de todos en un tema de orientación cuando, además, no habíamos pasados por bifurcación ninguna y, por tanto, no se comprenden los rasgos de confusión tan, simple y llanamente, estúpidos. Pero la anécdota se cobró la cordura de los tres al poco tiempo porque con la dirección cambiada no cuadraban las cosas. En ese momento cogimos las cosas, nos levantamos y nos dispusimos a regresar por donde pensábamos haber llegado. Resolver la equivocación era prioridad para calmar los ánimos y ver que había sido un desmadre común o una ilusión un poco desagradable, supongo, por la frivolidad manifiesta de los pasillos y su repulsiva amargura en el aire. Empezamos a andar y como todos los pasillos son iguales, en realidad, nos complicaba el hecho de discernir si de verdad era el camino correcto o no de regreso. Por intuición debía de ser pero nadie nadaba tan seguro, algo olía mal y no el túnel precisamente, había sido superado en ese aspecto.

Consultando el mapa trazado hasta la llegada con los apuntes debidos sobre los cruces en el camino coincidimos todos o, que era más largo de lo parecido o que no coincidían sin más y caminábamos sobre lo desconocido. Seguimos antes de dar gritos de alarma pero, con el tiempo, la búsqueda pasó de ominosa hasta ser un lastre tan insoportable como la impasible verdad de no saber dónde nos encontrábamos, imbuidos en unos túneles antiquísimos de orígenes perdidos en tiempos pretéritos. Rápido el pánico tomó el protagonismo y la chica del grupo estalló en llantos mientras nosotros dos no sabíamos si acompañarla o consolarla, aunque, esa tarea era imposible. Consideramos, no obstante, volver a retroceder por si, en el lugar de descanso hubiéramos sufrido en efecto aquella alucinación, ilusión o ¡vete tú a saber! que nos confundió hasta lo más profundo y nos cegó, seguro, del cabal camino antes recorrido, por donde nos adentramos. Pero en el viaje de regreso nos topamos con la misma suerte de no poder regresar al punto de partida. El laberinto no necesitaba de muchos cruces, bifurcaciones, lugares tan semejantes y casi idénticos para confundir, etc. porque con la trampa y el engaño de simples túneles, a priori, describiendo líneas rectas conseguía despertar el estupor de no soportar si aquello suponía el final perdidos en la nada o todo era irreal. Por lo pronto, lamentaba descartar la segunda opción porque los tres, en el mismo barco, no admitía duda. Las muecas de miedo y temor se sucedieron y recorrieron nuestros rostros impunes ante la mirada atónita a cada paso, con la inseguridad tan insegura de no poder volver.

Pasaron horas, no lo sé, quizás más hasta que, de agotamiento nos volvimos a parar y aun no habíamos regresado al punto de partida. A ese condenado ensanchamiento del camino… Derrotados, intentamos conservar la calma y las fuerzas comiendo algo que guardábamos en las mochilas con recelo por el apestoso ambiente. Pero el hambre apremia y los estómagos no entendían de conversaciones profundas.

***
– ¿Y sabes lo mejor?
– No. Dime.
– Que esa es su última cena.
– Patético.
– Si supieran que los pasadizos rotan lentamente con el tiempo y que, en verdad, sí iban en línea recta hasta que ellos con su confusión rehusaron de seguir la lógica.
– Otros que perecerán en la prueba.
– Una lástima desde luego pero es lo que hay. Chocamos de bruces con la misma piedra y no nos percatamos de que la única razón de ello es que la hemos perseguido para chocarnos. Nada más paradójico.
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