Aquello que puede cambiar el mundo, y no lo hizo

Corría un año de tensiones monstruosas. Dos superpotencias mundiales se enzarzaban en lo que podría convertirse en el preámbulo de una siniestra y genocida guerra. Cada cual más pedante de sus logros, amante feroz de su propia existencia hasta el punto de no respetar nada más sobre la faz de la Tierra. Antagonistas de las armas, pueblos enemigos pero, cada uno, con pueblos cuyas gentes más compartían que les diferenciaba.

León era el comandante encargado de llevar una base de control de detección de lanzamientos remotos de cualquier proyectil desde el otro lado del océano. Controlaba junto con sus hombres los movimientos por rádar de sus enemigos en lo que incursiones por el cielo se refiere. La zona de control se materializaba en una torre moderna, parca de decoración como corresponde a su función, nada ornamental y plagada de tecnología moderna. Un orgullo tal que toda la técnica de la nación haya servido para construir una maravillosa defensa ante los rufianes de los enemigos. Arriba, en la torre, León aguardaba su turno como siempre expectante, rápido de reflejos y ávido de servir a su país con eficacia como correspondía.Sus hombres le respetaban ya no como superior suyo sino como persona cauta, noble y de innato encanto personal.

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Alex y Catalina paseaban por un paseo al borde del mar observando sobre sus cabezas el fin de aquella tarde, de aquel día, por primera vez. Se conocieron hacía poco y había algo que los unía, difícil de describir pero ahí estaba. Tanto que los condujo por fuerza allí, justo en ese momento. Alex retrataba a un soñador dispuesto a sorprender a su pareja del día e ilusionado como se podía observar en su rostro, por mucho que quisiera esconderlo o no aparentarlo. Ella, por contra, resumía en sus carnes el pragmatismo, no sin dotes de dejarse llevar por brotes románticos pero siempre sobre la tierra, pisando en firme. La vuelta se tornaba amena al calor de una resulta conversación, unas risas y algunos acercamientos. No parecía que en aquel día fuera a pasar nada más importante que lo que ellos vieran, o lo que ellos sintieran.

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El Sol ya empezaba a ponerse y caían los primeros rayos de la noche. O sea, un crepúsculo digno de verse, el mismo al cual León no podía prestar su tiempo ni su visión. Uno de los radares empezó a mostrar algo curioso y, a la vez, perturbador. El soldado espectador de la señal, en confusión, acudió presto a su comandante León para indicarle que viera cuanto antes lo que acontecía por si las moscas. Con clásica reverencia a los superiores y nombramiento de señor, León, se deshizo casi de los formalismos, no se sabe bien por qué para ir aprisa corriendo a la pantalla que mostraba el objeto no identificado. Lo que nadie en la sala conocía salvo el comandante, conocedor de información privilegiada, eran la supuesta amenaza nuclear que respaldaban los enemigos. Cosas que arriba se cuecen y no se cuentan por no propagar el pánico lógico ante tal noticia. Ni quiere nadie heroicidades, solo cumplir. No queremos errar y morir en el intento; solo acertar y vivir. Millones de vidas dependen de alguien quién cuya única la labor es la de vigilar a un equipo y otorgar si se tercia atención a alguna de las pantallitas e informes; como mucho ordenar cualquier cosa puntual. Nada más.

León vio claro de qué podía tratarse y comunicó a su tropa de las intenciones manifiestas de los enemigos. Todos conservaron la calma sudando por otro lado. Se les había entrenado para desterrar el miedo y para el ejercicio del frío cálculo en las situaciones límite. Pero el que tenía la palabra era León. Ya, más claro, tres objetos no identificados se aproximaban… En su mano y deber dar la voz de alarma para realizar un contraataque o esperar el desastre.

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Contrajo la mirada y la picó con unas palabras para adentrarse en la playa, saltando un murito. El Sol, en estado terminal, enseñaba las nubes rojas con la insidia de la Luna mostrándose por detrás. Los dos astros compitiendo. Tímidamente extendió Alex uno de sus brazos en dirección a Catalina, la cual, percatándose, repitió lo mismo y ambos se cogieron de la mano con suavidad. Era bonito el espectáculo de la naturaleza plasmado en la pantalla del cielo e irradiando a los dos con los mejores deseos, casi incitando, medio anhelante.

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La tensión vibraba en los cuerpos de todos los militares de la sala pero el comandante mantenía una mierda ahora ecuánime hacia los monitores. No se sabe que le pasaba por la cabeza. No se sabe si estaba calculando el posible desastre o se estaba mentalizando sobre su último día. No se sabe si el terror, al más apto, pero sensible como todos al miedo, había dejado fuera de juego. Todos compadecieron con mirada comprensiva que pasaba de los monitores a la tez del comandante impávido. La fría mirada nublaba y conmocionaba a todos pero, al mismo tiempo, comenzaban a nacer los sentimientos fatalistas, esos que marcan el fin de la historia.

De repente, León se levanta y anuncia en voz alta:

Señores, nada de qué preocuparse, es una falsa alarma.

Las miradas se quedaron pasmadas. Congeladas por el shock ¿iba el comandante a desobedecer su juramento? Aquel que había firmado con la patria, la cual había prometido defender. Por otro lado, ¿insumisión? Alguien ha de dar la alarma, estábamos en la antesala inminente de la guerra más devastadora de… la historia ¿Es él un traidor?

Los segundos hacía horas en las mentes de todos los presentes hasta que, de súbito, los objetos no identificados y presuntamente misiles, desaparecieron tal como habían aparecido, de la nada.

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Los dos se giraron mirando el uno al otro. El Sol apagaba la última vela y lentamente los dos juntaban sus labios y se fundían en un beso de película. Quién sospecharía lo que estaría en ese momento en todo el mundo. Nada les importaba.

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A la mañana siguiente, León, el que tuve en sus manos comunicar el ataque supuesto y dar luz verde, en consecuencia, a la guerra, y contuvo fríamente la rectitud fue destituido. Lo echaron por desafiar la fiabilidad de los equipos informáticos. Algo que, cuyo fallo, en verdad, la falsa señal causada por un fenómeno metereológico anómalo, no debía conocerse con tal de no poner en un aprieto la confianza en la tecnología de la nación, y con ello, a la nación misma…

La vida, con sus virtudes y contradicciones continúa vigilante después de aquel ocaso…

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