En una palabra, libertad

En los sueños uno ha experimentado volar por todos los sitios, seguro, alguna vez, aunque fuera hace mucho tiempo. Sin obstáculos, porque ellos son para los terrestres, pero inmunes son, los seres oníricos. Ese sexto sentido desarrollado en condiciones donde toda barrera es reducida a un mero chiste crece en el interior, haciendo del simple estar en el mundo un éxtasis.

Quien en nombre de la libertad renuncia a ser el que tiene que ser, es un suicida en pie. La libertad, como la vida, sólo la merece quien sabe conquistarla todos los días.

Entonces te despiertas y ves todo de otro color. Porque sientes la presión del tiempo, de la obligación, este ancla que se cierne sobre el suelo de los mares e impide todo movimiento del barco por la corriente. Existe un cielo nublado al ver a través de la ventana. Existe una retahíla de cosas por hacer y cuya demora sería consecuencia de incólume castigo, nada atenuado por sollozo alguno. Y mientras pienso, ese reloj de arena va perdiendo un continuo de granillos hacia la parte de abajo señalando un ritmo cual metrónomo, saliéndose del mismo, rompiendo el ritmo, descoordinado, en una encrucijada me encontraría.

Me parece que los sueños son sueños y lo real es real. Tal obviedad no escapa de las más profundas preguntas existencias que, en reiteradas veces, se ha hecho uno alguna vez. Consta de un comienzo casi siempre idéntico y predecible: ¿Para qué todo esto? Todas sus variantes son válidas pero el sentido del mismo camino, de la misma fuerza que coacciona a actuar al alba con el chirriante timbre del reloj. La carrera, por la pista, con poco espacio a los lados, un carril, rojo. El corredor que sale disparado como un cohete hacia delante sin tener el mínimo espacio de dispersión. Las líneas blancas adláteres le rodean y le confinan a una fina existencia en medio de ellas.

¿Por qué el corredor sale todos los días con el cronómetro en marcha en su tiempo libre y trota hacia ningún lugar y regresa igualmente? Un ejemplo de constancia desaliñada de todo objetivo. Laudable es la estrecha planificación, cumplir con templanza la exigencia del cronómetro y no dejarse apabullar por la fatiga un momento, y otro también ¿no se debería sentir, así, encerrado entre un marcapasos y una soga psicológica?

Pero detrás de todo sinsentido hay siempre una explicación. Dicen que hay un castillo donde, allí, todo se revela tal como es. Una realidad, la cual, uno debe buscar. Algunos decían, de hecho, en testarudos ensayos, cómo encontrarse así mismo. Pero aun así igual no existe ninguna razón para extraer fuerzas a ese propósito. Quizás no. Quizás sí. No sé si me quiero a mi mismo. O lo que no quiero es al mundo con el que me ha tocado convivir. Todo soplo de sabiduría, en este momento, es bienvenido. Desde luego. No tendría nostalgía de nada salvo de aquellos días de rebeldía infantil de lustros atrás. No amaría nada más allá de… No lo sé. Es complicado sacar a relucir qué es lo mejor, el máximo valor sobre esta Tierra de muchedumbres desconocidas y de lugares ignotos, tañidos de no cierto morbo. Es ponr la televisión en marcha y, una de dos, publicidad atontadora vespertina o bien, el cotilleo del tres al cuarto, con la suerte de, al menos, relatar las vidas ajenas, como espejo opaco de la mía misma.

Tengo claro que en la experiencia, en las cosas que vivo, no concibo el leit motiv de esta peregrina vida de escarnio sin final predecible ni asequible lucha. Si me pongo a buscar, en mis adentros, tampoco creo que los encuentro ¿o sí? Quizás sea, en un intermedio de los dos mundos. El interno, el externo. El odioso intermedio donde ni se está en uno, ni en el otro, se está en los dos simultáneamente como un fantasma vivo; como un vivo en el cielo. Es un tiempo donde la claridad señala que no son los obstáculos, los que día a día minan la voluntad, si no que ha sido tu voluntad la que ha encontrado esos obstáculos. Ha sido, también, la voluntad de las miles de personas que nos rodean la que ha perpertrado este monstruo que llamamos sociedad. Un pozo de los deseos abocados al fracaso para algunos; un escenario donde lucirse otros. No es racional luchar contra la superviviencia, señalar aquello que hacemos por vivir como un ruido en el país de las maravillas donde las alas de la libertad nos permiten ir a todos los sitios es absurdo porque, si no es así ¿cómo tendríamos todo lo que poseemos en este momento? Uno se impone, pero con su libertad, sus metas. La libertad, paradójicamente, está para limitarla. La cuestión más transcendente no es si soy o no libre, porque lo somos a la par que nos birlamos la libertad en cada decisión que, con ella, dejamos de poder tomar otra ¡maldito el tiempo! La cuestión más incandescente es quién nos roba nuestra libertad, si es nuestra conciencia con el cálculo de nuestro porvenir mediante el guante blanco de nuestra determinación; o bien son los de fuera quienes nos toman por marionetas de su circo. Yo he decidido quién es el ladrón de mi libertad: yo ¿y tú?

Sobre los sueños. No nos vamos a poner románticos, ni vamos a cruzar el Atlántico ¿sabéis a lo que me refiero? No, nada de eso. Tan solo vive amando la huella de su acción porque es el fruto predilecto de tu presencia en este mundo. Estos pensamientos, no escritos, no es que se los llevara el viento por ligeros, ¡porque si eso! No son materiales. Ahora sí. En este especio oscuro donde narro aventuras o reflexiones de los más extravagante añado esta mota de polvo, de unos mil caracteres, no gratuitamente, no. Con esto me he deshecho de unos treinta minutos de mi vida, pero los he elegido yo. Me he birlado la libertad de haber escogido otro objetivo donde invertir el tiempo pero siento que el tiempo no ha pasado en balde sin la experiencia irrepetible de contar una combinación de letras, consonantes y vocales que jamás se repetirá. Que gustará más o menos, que significará más o menos pero inmanente queda mientras esto permanezca en el aire…

En una palabra, libertad.

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