Cómplice de la hipocresía

“No hablar nunca de uno mismo es la forma distinguida de ser hipocrita.”

No, no se podía quedar allí mirando. Pasmado. Mirando a los ojos firmes de su adversario. Él le correspondía con la misma mirada, férrea y sin fisura alguna. Debía abandonar. Fue entonces cuando desvió la mirada allá sostenida como una blanca en un pentagrama musical. Cogió unos papeles, los colocó acto seguido y sin mostrar el más leve signo de duda, en una carpeta también sobre el escritorio y se las colocó a un lado cubriéndolas con el brazo derecho. Irguió su postura y dirigió la última mirada a su adversario, su examigo. Se iba. Marchaba.

Llegaba a casa con mirada trasnochada, ida y un poco confusa. No es posible esconder tal sentimiento de tirria, de frustración, o una especie de cansancio existencial. No era propicia para nada agradable, ni siquiera lo más simple como ver el programa de humor de la noche en la televisión recostado, a la par que cenando. Nada. Si no es posible, no es posible. Se acercó vacilante Raquel por la puerta. Le vio estupefacto indagando en la nada sentado a la perfección, como si estuviera en la oficina, en la pared de enfrente. Se saludó débilmente entre susurros de circunstancias y se le acercó abrazándole. No respondió apenas. Casi inmutable permanecía en la misma posición. Después accedió con dificultad incluida. Intercambió unas livianas palabras explicativas y unos cariñosos gestos.

Jorge eligió romper una alianza con todas sus letras. Había estado minando una amistad de acero, pero por desgracia no protegida contra la corrosión, que oxidó hasta dejarla en un fino hilo conductor de una ira contenida. Empezaron hace unos años con un proyecto en mente que emprendieron a materializar. Un flamante edificio, una fundación, ayudas a los necesitados. Pero es el ánimo, la ética, y las actitudes las únicas cosas, que torcidas, podían hacer derruido las esperanzas de unos amigos con un proyecto tan humanitario como bien visto, apreciado, alabado incluso. Rompió cuando fue pillado con dinero de más, que no le correspondía, que le sobrepasaba, que era de otros y para otros fines. Diego advirtió esos extraños movimientos de su socio pero, siendo justos, los toleró, aunque al menos no le copió. Quiso mantenerse al margen, todo alboroto zanjaría en un plis-plas el solidario proyecto. Más aun, reconoció algo de complacencia, o una extraña sensación de “igual haría lo mismo”: el beneficio de la duda. Aquel que teme ser chivato pero oculta un halo hipócrita, el que deja hacer porque se siente cómplice.

Hacer un edificio de mentiras es una suerte de realidad que se encomienda aquel incapaz de denunciar, de ser él mismo, el que no sabe posicionarse e imita sin preguntarse a los demás; aquel que no está seguro y ruega no haber visto nada cuando no mira hacia otro lado como si nada ocurriera. Es ese el que no puede aceptar después cobijo en un abrazo de sus seres queridos porque conoce la fuerte y desagradable verdad sobre él mismo. La que no se atreve a expresar presa de un singular pánico estático ante el rechazo de sus semejantes. Ese mirar hacia el otro lado se cronifica, se hace habitual con el paso del tiempo, y el aguante ante la presencia de lo repudiable se consume en una tolerancia inusitada e impropia. Ya no se sensible al mal ajeno, se tolera también los pensamientos indeseables porque empieza a contemplarse, tal panorama, como el normal, como inevitable. Es retorcido, pero no es nuevo. Es casi la norma pero no cumple en ser la regla, suerte para nosotros, aquellos que no hemos caído.

Es un hilo de voz el que desentona en la agria canción de un tétrico ambiente. Del fin de una amistad cuando el soporte se hace tan exiguo que las diferencias se agigantan tanto hasta el punto de hacerse insalvables. Ya no se puede convivir con el ingenio falaz de aquella persona en la depositaste la confianza. Él no puede convivir con el cómplice que no le dio su apoyo sino guardó un ambiguo silencio. Aquel valiente que se echó atrás cuando la tempestad apretaba, pero ni fue capaz de capear el temporal ni tampoco de saber retirarse a tiempo; se quedó en un limbo entre dos tierras, o en tierra de nadie. En total, un completo e indiferente desastre entre aguas revueltas que no dudarían en absorber en medio de un torbellino los cuerpos de ambos, inertes seres, despojos de la verdad. Son los inspiradores de los malos de la películas o de aquellos acomplejados que convierten esos temores infantiles o esos traumas en motivos vengativos, oscuros y en un agravio de por vida.

Cuando quiso volver en sí, sabía que debía romper su vida entera. En medio de la mentira, proyectada en una causa con buen alba pero mal anochecer; encerrado en el cajón de “dejemos así las cosas y no metamos más cizaña”, finalmente, es la cizaña la que suelta todo el pudor hipócrita al convertirse en un peso del que es imposible tirar.

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