Sin tierra, sin dueño, sin dignidad

El escritor siempre está idealizando, aun sin querer, sus personajes y su prosa deslumbra por señalar su propia ceguera ante la realidad. Unos endiosados personajes, ávidos de pasiones exaltadas, que, depende, suenan a fantasías en medio de complejos ambientes, duros con frecuencia o, sin embargo, escrutinan la vida desde la introspección. Esos estilos rara vez se entralazan o hacen buenas migas compartiendo la misma narrativa. De igual modo, no se puede distinguir tampoco un estilo mejor que otro y depende de la historia a contar. Por eso quiero narrar dentro de los errores que sé que puedo tener, esta historia:

Los diarios son la recogida más fiable de la historia de uno. Eso, si escribe uno. Cuando no es así y son, sin embargo, pequeños párrafos dispersos que salpican la explicación de la historia de uno, corres el riesgo de perderte en un pasado imposible de interpretar. Por eso él había mantenido un diario regularmente. No con los detalles típicos de las historias románticas donde la chica escribe todo lo acontecido al término del día. Más bien, un recopilatorio dedicado a sacar conclusiones útiles y para ¿quién sabe? curiosear en el futuro sobre qué hizo en tal momento cuando la memoria comienza a conspirar y confabular con las ideas que uno tiene, idealizado, de ese pasado. En lo bueno y en lo malo. Arremetía con versos sutiles alguna noche aburrida antes de irse a dormir a escribir sus batallitas. Atesoraba el diario con recelo en un cajón de la mesita de noche. Un lugar, aunque habitual en estas cosas, pero que, al visitante poco interés le da. Así, despejaba los temores de perderlo y a la vez lo mantenía cerca cuando lo quería ojear o incluir algo nuevo en él.

En una tórrida tarde estaba enfermo. Con el frío de la época del año era normal caer en este desdeñoso resfriado que mucha gente pilla, o este le pilla a ellos. Al calor de la manta, resguadado contra el frío inapelable del exterior, extrajo el diario del cajón y se irguió a un poco de su recostada posición a leerlo. Traducía en la imaginación los pasajes. Reproducía las escenas pero intentando no recurrir a sus propios recuerdos sino como si fuera una novela y el un lector cualquiera. Daba cuenta de cosas fantásticas. Tan profundas que siquiera hubiera pensado él haberlas vivido así pero la inercia de las palabras era superior interpretada por un renovada imaginación. Esos personajes que, evidentemente conocía, eran unos astutos personajes de novela negra dignos de sospecha. Otros enseñaban un egoísmo elevado al cuadrado. Y otros aventajaban como dioses al resto de los mortales con su mortificante e increíble en comparación habilidad para desenvolverse en la vida, aquella realidad donde él mismo se desenvolvió.

No recordaba impresiones tan fuertes pero el hecho de su lectura con perversidad quería rizar los recuerdos y torcerlos para coincidir con el escrito. Es todo un dilema ¿Quién es el exagerado? ¿Quién es el que menosprecia a ‘yo’ del pasado, o el del pasado era muy elocuente? Da igual, casi siempre uno va a terminar pensando que el del presente es el más razonable y que en el pasado pecaba de cierta ingenuidad o inmadurez que ha subsanado. Si es eminentemente normal y deseable pretender ser mejor persona cada año. Uno de esos propósitos abstractos de año nuevo. También natural esconderse de responder si de verdad lo ha conseguido o no. Y es fácil escamotear la respuesta pues tan subjetivo es el mundo que uno percibe como largo es el año para desperdigar las memorias. Así, ese diario, pensaba «No lo entiendo. Relaciono las cosas y me acuerdo bien, o eso me parece, pero no las siento del mismo modo. Es como, en ese momento de escribir, haber plasmado sentimientos en caliente, espontáneos y edulcorados por el instante y la emoción. Después veo que son quijotescas metáforas de una vida bonita sobre el vehículo de la prosa e insulsa en los recuerdos frágiles que poseo».

En su tiempo de trabajo, la gente hablaba con la cara sonriente de la máscara de la tragedia griega. En su familia yacía una más temperamental visión de las cosas. En general, todo más empapado de sensatez que no de una persecución infinita de los FBI a los cacos. También convivía con la sensación de estar en el punto álgido de su vida donde sus objetivos se cumplían aunque reconocía haber estallado de semejante emoción en otros momentos y, poco después, ver deshilacharse aquella apagando todo el calor de la motivación. Otras veces la sensación que se cruzaba en su mente destilaba un destino inverso, tenue de primeras, resfriado como en el momento de estar enfrascado en la lectura y sus ensoñaciones, y rutinario o insulso al perecer en la memoria. Esos desenvueltos personajes no atisbaban la pericia del genio en temas amorosos, ni en el deporte engrosaban carreras de éxito, tampoco en el trabajo o en los estudios, por media, conseguían pasar de la norma o mediocridad más pálida. Pero constaban de momentos lúcidos y también uno de instantes de revelada debilidad como para comparecer delante del papel con historias grandilocuentes. Narrativas sobre las pulsiones humanas, desde las más elevadas a las pusilánimes vistas de un decadente impresionismo. Un abyecto terror dibujado en las páginas de un diario. Con suma facilidad impregnaba la fantasía del lector en la gravedad de la alegría y de la tristeza. Motivo de plenitud temperamental.

El apunte de ese día fue el más encandilante. El apunte de ese día fue el más oscuro, sentimental, exagerado, temperamental pero contagiaba al lector sin la osadía del verso gracioso la cruda realidad «Somos seres sin tierra, sin dueños, sin dignidad. La realidad es una pura fantasía del día a día. Que nosotros inventamos, interpretamos, creemos en ella y nos engañamos en algún sentido para transmitir esa motivación por continuar. El reto, o el desafío, son ilusiones mentales. La desilusión como el dolor son el desengaño de la mala predicción, de las malas expectativas frustradas o el sonido de un golpe duro ¿Cómo iba a pensar que tendríamos algo divino, elevado, especial o algo así, siendo todo tan horriblemente subjetivo? Todo tan egoísta porque hasta las ganas y la satisfacción de ayudar a alguien emanan de uno mismo, y no del hecho de comportarse de un modo altruista. No sé si es liberador esto o no lo es. No sé si es correcto este desengaño o es, paradójicamente, un encontronazo de nuevo con lo subjetivo de mi percepción en este momento. En cualquier caso, el dictado de mi razón se ha unido al velo de la ignorancia, y quiere seguir y creer que no hay nada más irracional que racionalizar la vida…»

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