Nacidos para la confrontación

Se sentaron solemnemente cuatro hombres en el lado izquierdo de la mesa. Todos bien vestidos, rozando en lo impecable pero remarcando con muecas y señas por qué estaban allí. En su mismo aspecto se atisbaba el tono no pacífico de la reunión. No así en el decoro de seguir a píe juntillas el protocolo o sostener un trato de los elevados modales, sino en esa reseña a las malas intenciones y que, cualquiera, avispado, vería como precedente de actos a mala fe. La parte derecha no estaba desprovista de astucia. Otro cuarteto formado por dos hombres y dos mujeres, elegantes todos y de mirada concentrada estudiaba el curioso negocio entre manos. Todo con la minuciosidad de un manitas de las chapuzas caseras, el sonido de una estridente orquesta agudizando los violines y subiendo sin parar las notas. Un ambiente famélico de empatía e indispuesto a la más mínima cesión o al toque de humor más triste y efímero.

El tema sobre la mesa era, hasta entonces, lo menos relevante y, siquiera pertinente conocerlo. La entrada, o la puesta de escena de todos los actores, era ya una entrada en el arco del triunfo o una derrota en flash black. Porque ese mito sobre las primeras impresiones es cierto. Sin embargo en la batalla dialéctica, los turnos se fueron sucediendo sin ningún contratiempo ni accidente y se fueron sucediendo conforme a la dinámica de un intenso debate, fuerte de palabras pero pulcro en su realización, excesivamente pulcro. Cabía, no obstante, preguntarse, visto desde fuera, si era necesario todo ese despliegue de discursos enfrentados y se cara a cara grupal. Si no fuera que todo fuera un monumento, al final, a la futilidad de cumplir con el papel pero haciendo un flaco favor al paso del tiempo. Tan solo sellar en el acta y punto y aparte en la historia de una reunión poco menos que intrascendente.

Vamos a la lucha hasta el final

Vamos a terminar con el honor no poseído

Una fuerte embestida de fuerza adrenal

Una fuerte embestida sobrevenida

No cabe indagar razones. Quizás porque el mismo término del que se debaten denodadamente ha sido, de alguna forma, preescrito con anticipación. Y el paripé en que se convierte el formalismo banal de convenir una recia reunión es, lo dicho, un lance de carrera, o cages del oficio, de todos los participantes. Los grupos son excluyentes y anhelan la sangre de los demás en busca de las diferencias que erradican todo encuentro posible. Ningunean el diálogo hasta hacerlo comparsa de una débil melodía errática y poco afinanda donde el peso de la fuerza predomina hasta límites insospechados.

Lance era y es uno de los hombres de la derecha. Pero constaba de la diferencia capital de deshuir de todo aparato colectivo. Un soplo de la ligereza de un aire libre sobrevolaba siempre su alrededor. Un tormento concluir en el enclaustramiento de la opinión de una masa tonta o funcionar a rigor del interés de un grupo necio surgido del desacuerdo y para el desacuerdo. Una brisa de tristeza allana los terrenos de un mundo, para él,  incomprensible donde estás con nosotros o contra nosotros resulta la elección más importante, que perfecciona al individuo y lo sitúa en sociedad. La sordidez de la desconfianza, también, mellada, en el rostro. Porque el grupo busca como sea la confianza a base de elevarse como lo mejor, lo único, o la gran verdad.  No es más, pensaba, que al desconfianza en creer que todos, de por sí, se debían unos a otros y trabajarían codo con codo. Una duda existencia pringada de un fétido miedo a que el desenlace de la película no sea el feliz esperado.

Sobre la base de la sinrazón, los hombres, al final, pactaron el contrato de conciliación en el cual cada uno seguiría un camino divergente de aquel. No recalan, sin embargo, en la no carente ironía de la llamada “conciliación”, que no es más que el desencuentro no violento, pero al cabo, desencuentro de dos filas de incapaces de firmar una paz y secuestrar un arrebato de amistad al diablo que insta a la fatalidad. Pródigos de la aturdida emoción que clama “amigo” al prójimo, se tiraron al vacío por el precipicio de la ruptura sin remordimientos. Más grave, como fruto de una extensa discusión a lo que no se le puede alegar falta de tiempo para pensar o de parlamento en la sala. Pero así ha de andar alguno, tullido de la capacidad de enemistarse y se convertirse en borrego de día para otro. Lance condenado a fingir un brecha tan estúpida o superior a su sentido que ni comprenderá jamás ni aspira, siquiera, a ello.

Pero es como las manos, la izquierda y la derecha, que nunca van a ser igual de diestras en tal o cual tarea ni igual de zurdas. No pensarán en verse iguales y siempre los pulgares tienden a señalar la dirección contraria de su oponente. Y sorpresa que en el espejo descubren que su reflejo es su enemigo más acérrimo…

Nacidos para la confrontación.

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