Pidiendo más poder para el poderoso

Es clamoroso ver el sufrimiento de miles de personas y creo acertar que el conteo es más que optimista, ya son millones de españoles y extranjeros residentes en España. El descrédito en todas las instituciones en las que hemos depositado la confianza desde la grandiosa transición se ha desplomado en las década de los 2000 y, en especial, en el presente decenio recién comenzada su andadura. No nos sorprende ver a gente rebuscando en los contenedores, llevando carros de chatarra para sacer unos cuantos euros. Vemos aflorar las inmundicias, casi siempre que se han podido, apartadas de la sociedad, de la pobreza. Reluciente miseria nueva.

Ante los temores de acabar ahí cuando se ven de cerca las dificultades, evidentes, de casi todos. Ante la empatía que nos impele a querer hacer algo nos encerramos en el cascarón del egoísmo y enmudecemos ante cómo, la ingrata desconfianza ante el mundo cruel, nos consume. La cerrazón es perentoria y el desengaño tan patente como ciegos muchos de nosotros en querer reconocer que todo era un sueño y que de la historia, efectivamente, no se aprende en contra del dicho popular. La cabezonería nos ha propulsado a preocuparnos de cuestiones insulsas, inconsustanciales, superficiales… Y, rebajar la presión de visualizar la realidad de por qué en el mundo no van bien las cosas y, cómo, delante de nuestra casa, empiezan a concurrir los mismos síntomas bañados en fétido perfume.

El sueño de todos es, ahora, darle a razón a los que pedían más solidaridad que controlen el desboque de la endiablada libertad de las personas, usada en indigno beneficio egoista, y contra todo bien social, destruye las vidas de todas esas personas. Y advertimos indignados la sangre fría de la desigualdad entre nuestras carnes. Se localiza al pudiente como el culpable y se arremete con la furia hacia él, para que suele prenda, que contribuya su parte a que este edificio no corone el peor de los escenarios posibles: contemplar su propia autodestrucción. Radicada en la impropia cualidad de un pueblo incapaz de salir por su propio píe de casa, de ser autónomo y no depender de nadie más que de sí mismo. El acomodo en la casa de nuestros padres ha sido tal que cuando estos han perdido su empleo, vemos como una fuente de grata ayuda se convertía en una pedigüeña pesadilla. El que antes daba, ahora quita.

Recuerdo a Platón, filósofo al que tanto critico como tan merecedor de elogios es. La alegoría de la caverna sigue vigente en nuestros días. No hemos salido de la caverna hacia ese mundo del conocimiento. Y, como tal, nos conformamos con la zanahoria que nos ponen, cual burro, delante de nuestras narices. Triste aceptación de la realidad cuando el movimiento más aversivo contra este injusto sistema reclama potenciar el mismo sistema y rompe aleatoriamente las reglas del juego. Rompe el tesoro que une a los humanos en una sociedad: sus cosas. Cuando se birla algo por un bien mayor, menospreciamos la dignidad de una persona, le concedemos el temor de no estar seguro sobre lo que él ha ganado con el tiempo, siendo buen ciudadano y respetando la ley. Pasa el tiempo y más triste aun. El engendro moderno del siglo XXI no ha sido derrumbado y se le concede el beneficio de la duda. Él es bueno por naturaleza como diría Rousseau. Somos condescendientes con ese ser energizado en el siglo anterior y convertido en santidad en este: el político. Amigos, él es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe. Luchamos contra su permisividad y su falta de inocencia y reclamamos para él más de nuestro sudor y esfuerzo ¿No es acaso contradictorio?

Nos damos una vuelta por el estadio del equipo de fútbol de nuestra ciudad, recientemente remodelado, bien acomodado a los estándares de la época de los sibaritas. Leemos en un cartel extraviado “municipal”. Recalamos poco después en cuánto se nos ha obligado de pagar para la fantástica remodelación de este estadio. Recalamos un pelín más tarde en el sonrojo que nos produce el saqueo de los contenedores por necesidad y la atroz visión de un mundo cruel. Reflexionamos si el estadio ha merecido la pena de los forofos tan ilusionados como para dejar sin comer o sin cobijo a los vagabundos. Despertamos de un mal sueño, con un poco de resaca y ponzoñosa expresión impresa en la cara. La pompa se ha pinchado. Nosotros confiábamos en que el político fuera el superhombre que siempre supiera que hacer en todo momento. Nosotros aspirábamos a ver hechos realidad sueños a través de la entelequia de la buena política.

Nosotros, hombres y mujeres, hemos rendido ante toda evidencia la esencia de nuestra civilización. El esfuerzo de todos los días de unos y otros pero, no al caso chino, cuán escasa recompensa y sudor inextinguible, sino con la dosis de libertad como viento que nos alienta a poder, en su día, poder disfrutar de las raíces de nuestro trabajo. Pensemos bien, el problema no es que don Juan Sonsoles Carrillo posea su mansión tasada en más de un millón de euros en la Costa del Sol. El problema es que desde el vecino cuarentón de la segunda planta hasta el hijo mayor del amigo de mi compañera Pili en la oficina están parados. No producen. No comparten sus esfuerzos con la sociedad. Y alguien no les deja… Que es lo más gravoso del asunto. Inaudita situación bendice una vuelta de tuerca en la manera de encarar la tibia realidad. Nuestro estadio dignifica a un equipo de fútbol, tan respetable profesión y deporte como cualquier otra dedicación ¿pero, acaso, requería de una mejora, o era prioritaria? Los colegas del club podían no sentirse tan orgullosos de haber construido su nidito entre algodones sin poner un duro de su bolsillo, porque los duros, o blandos, han salido de todos los bolsillos. Más aplaudible era no cargar al resto de los mortales con los deseos de los demás y haber contribuido con su propio dinero, esfuerzo, en finalizar su obra de estadio. Alguien y no don Juan Sonsoles Carrillo es el culpable de la decisión de decir qué hacer con el diezmo de todos.

Creo que hemos desplumado al superhombre. Porque en realidad es de carne y hueso como todos los presentes, lector y escritor de este humilde blog, y porque es cede ante las tentaciones que todos compartimos. No es más tenaz que el acero ni más ductil que el oro, ni más valioso, es el hombre de siempre pero con una particularidad: tiene el poder de imponer lo que él decide sobre los hombros de los demás. Don Juan Sonsoles Carrillo es un hombre curtido en buena familia y esquisita educación privada, empresario y poseedor de unas fincas y mansión. Es un hombre influyente pero no tiene el poder de imponer orden. Ahora, su amigo, el tío feo bigotudo que a veces sale en la tele contando rollos en el pleno del ayuntamiento sí. No cuenta mucho, tiene unos emolumentos menos onerosos y, sin embargo, goza del éxtasis de un poder más elevado. Lo que él dicta se impone y su único enemigo son sus compañeros de partido. Idílico. Así que el feo se rinde al malo porque se presenta como el bueno y hace cumplir el imperio de la fortuna entre los mortales. No obstante, el responsable de política tan ególatra e inmoral actuación no es don Juan Sonsoles Carrillo que tan solo sugirió, porque este señor pensaba que hacía bien en apoyar la construcción de este estadio: miren todos los socios alegres y vitoriando a su benefactor. Era el pelma del ayuntamiento el responsable de saber qué ladrillo poner en cada momento y conjugar si los deseos de su contacto, el rico, eran plausibles en el momento o, constaba por contra de otros menesteres más prioritarios.

Y a la mañana siguiente de descubrir tan importante noticia veo en la calle a la gente pidiendo que nos socorran aquellos superhombres. Que cambien esos superhombres y sepan de los deseos de su pueblo ¿A nadie se le ocurrió pedir que somos mayores de edad y queremos administrar el fruto de nuestro trabajo? En vez de confiar en los superhombres, confiemos en nuestras manos para cumplir nuestros deseos o ayudar al prójimo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Pidiendo más poder para el poderoso

  1. Salvador dijo:

    Muy buen escrito, me ha hecho mucha ilusión encontrar a un austrolibertario de mi tierra natal, Almería.

    • David Donaire dijo:

      Oh, a mi también. Por cierto, si quieres seguir mi blog sobre política y economía: conmocion-social.blogspot.com 😉

      Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s