Reencuentro o eterno retorno

Si la expresión “tienen sus más y sus menos” le viene al dedo a estos dos. Así es, en bastante tiempo han demostrado haber pasado por todos los estadios de la amistad, el amor, la rabia, la ira y, sin ser más melodramático, de un sinfín de experiencias y estados desde la más perturbadora hasta la más enriquecedora. Y todo juntos. Unidos en la distancia y hastío de un “no te hablaré más” y unidos en la risa de un encuentro feliz, cotidiano, para pasar el tiempo. Todo eso de la mano supone un peso insoslayable, urdido con el tiempo y perpretado desde la más totalitaria de las ignorancias. Nadie sabía que iban a pasar tantas cosas, menos aun previsibles las malas. A pesar de todo, ese bagaje supone una inviariable garantía de unidad, por tiempo y tiempo, a malas y a las peores. Pero, mejor todavía, es comprobar cómo, de modo idéntico al florecimiento de una flor en primavera, el nacimiento de cada uno de los pétalos, desplegados, es ver cómo los dos no han parado de cambiar en todo el tiempo. Siempre a espensas el uno del otro. Siempre con clara intención de perfeccionamiento y logrado no caer en el mismo error, caer en otro nuevo para precipitar otra aureola de cambios.

De toda batalla nacen dos rivales que el tiempo convierte en dos compañeros. De toda disputa se insinua una unidad extraña. Ni el prestidigitador más laureado concibe el truco final de cómo rebotar una unión cuando yace la amenzada cercana de la separación. La única fórmula que una vez me dio un mago, o un sabio -quién sabe- fue tan simple como intuitiva: la voluntad de los dos. Esas batallas, magos y trucos no son comparables. En realidad es más trascendente. Creo que la impresión de estar viviendo algo único e irrepetible imprime un valor incalculable. Llego a la optimista conclusión que el tiempo pone a todos en su sitio, como si repartiera justicia guiñándonos un ojo. Pero sé de antemano que eso era una ilusión. No se disponen las cosas como queremos, ni menos como deben de ser porque, de primeras, no deben de ser de ninguna manera más que el fiel reflejo de nuestros deseos. Ahora, coinciden todos ellos con lo que veo y conjeturo encontrarme en mi futuro cercano. Navegar con las aguas bravas en calma en la mejor compañía es el sueño del viajero de la vida…

El curso de las aguas es inagotable. El día termina con el principio de la noche. La flor muere en la tierra que le da vida.

Todas esas dimensiones, opuestas, siempre en constante e irremediable contradicción, pero siempre tan evocadoras e inspiradoras. Esas realidades irrealizables procedentes de encantados sueños. Todas aquellas, todas, tienen su explicación, su pequeña pero existente raíz en lo tangible y un agradable tacto en la mente. El agua nos desboca en nuestra idea de eternidad, de interminable, de buscar el “para siempre jamás”. El día y la noche nos muestran las dos caras de la máscara de los griegos, la sonrisa y la tristeza; asemejando un ser bipolar. La flor explica la belleza nacida en la huera e inerte tierra pero, a la vez, yacida en el mismo lugar de nacimiento. La extinción es el final de todo ser, pero el nacimiento de otro. Así, la astrología de todos nuestros conceptos románticos arguyen el rumor de las aguas sin vislumbrar el fin, conocen el tedio de las dos caras de la moneda y no poder alumbrar todo en un color, sino siempre el blanco con el negro como inseparable pareja. Visualiza la flor del desierto como un milagro condenado a la desgracia de caer pero es optimista al, así, hacer más valiosa su esplendorosa belleza hasta enseñarse como una gema refinada que embrutecera.

Así es vivir en un sueño cuando tienes la certeza de tener una mano que te mantenga en píe cuando te dejes caer hacia atrás. Casi uno siente compasión por los torbellinos alrededor que deshilan y desbrozan todas las finas ataduras y nudos de las personas mientras, ambos, los dos, permanecen intactos con cada día más fuerza que el anterior. No es aceptable conocer la envidia que suscita cuando imaginan que es la suerte, cuando ha sido una premeditada voluntad compartida. El esfuerzo siempre ha estado ahí, las ganas aun más, siempre presentes y nada es entendible sin ellas. Compadecer un poco a los que desconocen la posibilidad de hacer una maravilla de posibilidad en una realidad allende de los malos augurios y los gritos de “imposible, imposible”.

Ahora entiendo:

– Los días que pasamos mal han sido la mejor ayuda para, hoy, mirarte y decir que algo que no esperas.

– ¿Qué? – Dijo casi en un susurro interesada.

– Que repetiría todo y cada cosa para volver a encontrarme contigo ahora, y no me cansaría. No puedo decir que haya valido la pena porque no hay pena. Hay un inmenso orgullo.

(Los dos sonrieron en sincronía y no cruzaron más palabras del tema ese día).

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